Crítica de ‘Solo nos queda bailar’: Bailando con las encrucijadas vitales

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Solo nos queda bailar
 
Llega a las salas comerciales el tercer largometraje del director sueco de ascendencia georgiana Levan Akin, tras su debut en 2011 con Certain People y su más reciente El círculo (2015). Para esta tercera película, Solo nos queda bailar, ha decidido viajar al país de sus antepasados para contarnos una historia centrada en una de las más ancestrales tradiciones del país, la danza georgiana, de ortodoxa escuela tanto en sus formas artísticas como en los comportamientos que se exigen a sus bailarines.
 
En este contexto, Akin ha situado a Merab (excepcional trabajo del bailarín profesional pero debutante en el cine Levan Gelbakhiani), un joven bailarín de la Compañía Nacional de Danza de Georgia, que vive en un contexto familiar complicado (padres separados, abuela que ejerce de matriarca, madre abandonada a sí misma, su hermano David, un tipo conflictivo con tendencia a complicarse la vida y facturas impagadas que un día sí y otro también amenazan el corte de la luz en el hogar). Además de bailar, Merab que es presentado como un chico cabal y responsable, trabaja como camarero para ayudar a la economía familiar y poder invitar a batidos a Mary (Ana Javakishvili) esa especie de novia que ha sido su pareja de baile desde la niñez.
 
Solo nos queda bailar está continuamente narrada desde el absoluto protagonismo de Merab por quien pasan casi todas las secuencias. A través de sus ojos vemos su sufrimiento cuando su profesor le menosprecia por su depurado estilo como bailarín, poco propicio a los masculinos pasos de las danzas tradicionales georgianas de marcada exigencia física y poco dadas a las florituras corporales. También es su mirada, a través de los quizá un poco reiterativos planos de Levan Akin, la que nos hará saber de su homosexualidad encapsulada, latente y presta a despertarse ante el primer amor que aparece en su vida en forma de compañero/rival en la compañía, Irakli (Bachi Valishvili), un joven provinciano cuyo personaje está bastante menos perfilado por la pluma del guionista y la cámara del director, que son la misma persona.
 
Levan Akin demuestra buen gusto en el movimiento de la cámara, habilidad para filmar la danza, y sensibilidad para mostrar las emociones del joven Merab en el rostro de un actor al que la cámara adora y que, como escribí unas líneas más arriba, resulta difícil de creer que no tuviera experiencia actoral previa. El resto del reparto, muchos de ellos interpretes no profesionales, resulta lo suficientemente funcional como para dar vida a un guion con el que Akin, además de contar una historia, ejerce una soterrada crítica a la iglesia ortodoxa de su país y pinta un retrato de una sociedad anclada en la brecha generacional entre el apego a las costumbres y el aperturismo a occidente de una juventud que busca sus referentes en la música pop, los ídolos del futbol mundial o iconos del cine de animación japonés.
 
A pesar de alguna que otra trampa argumental (el primer encuentro de Irakli llegando a casa borracho junto al hermano de Merab resulta muy difícil de creer) y de algún recurso facilón como el empleo arbitrario de la música no diegética para calzar un videoclip a mitad de película y hacer avanzar la narración, Levan Akin consigue una película sólida en lo argumental y potente en lo emocional. A medida que avanza el metraje, la realización se apoya en el personaje de David (Giorgi Tsereteli) para resolver algunos nudos argumentales que podrían atascar el discurso, y será precisamente David, el aparentemente menos cabal de los personajes, el que demuestre más clarividencia y aconseje a Merab la única salida factible a su encrucijada vital y profesional.

Resulta casi inevitable caer en la tentación de la comparación con 
Billy Elliot pues la referencia es demasiado potente, pero los parecidos son muy tangenciales, en el caso de Merab nadie se opone a que baile y es su orientación sexual el detonante de todos sus problemas incluido su difícil encaje en el baile georgiano. Encontrar paralelismos entre la Inglaterra del thatcherismo y la Georgia postsoviética me parece una tarea propia de historiadores o politólogos y no me veo yo con fuerzas ni con preparación para ello.

¿Qué te ha parecido la película?

7.5

Puntuación

7.5/10

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