Crítica de ‘Roma’: Pura vida, puro cine

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Roma
 
Hay muchos directores de cine, especialmente aquellos que empiezan dentro del llamado cine de autor, que en su primera película hacen su obra más personal, más íntima, es la película que llevan haciendo toda la vida en su cabeza (o en su corazón) desde el momento en que empezaron a soñar con hacer películas. Luego, si tienen éxito y hay una segunda película, una tercera, una cuarta y más, pueden seguir una línea más o menos coherente y constituir una filmografía más o menos homogénea. Cada uno entenderá el éxito de una manera diferente y ninguna vía tiene porqué resultar necesariamente equivocada, unos apostarán por el éxito y la notoriedad que proporciona hacer un cine más mayoritario (odio referirme a este cine como “comercial” y me dan cierto repelús los que utilizan esa palabra para referirse a determinadas películas en tono despectivo); otros podrán mantener una línea autoral con películas más o menos personales pero la película de su vida, la que llevaban gestando en sus entrañas la hicieron con su ópera prima.

Por eso resulta curioso el caso de Alfonso Cuarón, un director que tras una película en México que no era precisamente personal (Solo con tu pareja) y su salto a la industria donde ha dirigido desde adaptaciones literarias de Charles Dickens (Grandes esperanzas) o de novelas distópicas (Hijos de los hombres) hasta películas pertenecientes a sagas de éxito (Harry Potter y el prisionero de Azkabán) y éxitos de Hollywood que le granjearon el Óscar a mejor director (Gravity), de repente salga con una película absoluta e incuestionablemente personal, parida desde sus entrañas, que (palabras literales suyas) nació de sus recuerdos para hacer una película que resulte a la vez íntima y universal.

Roma es el viaje emocional de Alfonso Cuarón a sus memorias más íntimas recreando la existencia de una familia burguesa en el México D.F. de comienzos de los años 70 en la que muy pronto irá orientando el protagonismo hacia la figura de Cleo (Yalitza Aparicio), la sirvienta del hogar y cuidadora de los cuatro niños de la familia. A través de sus ojos, de sus escuetas palabras y elocuentes silencios irá construyendo un relato en el que desde el inicio cobra absoluto protagonismo el estilo con el que su director quiere contárnoslo.

Un estilo constituido por un dispositivo fílmico que se sustenta fundamentalmente en dos principios: la horizontalidad de los planos que se sitúan siempre a la altura de los ojos del espectador y la absoluta ausencia de cualquier elemento de sonido no diegético. Estos dos recursos que más que estilísticos podrían calificarse de filosóficos rigen tanto los movimientos de la cámara en casi permanente barrido horizontal con algunos virtuosos travellings y planos secuencia de 360º como la banda sonora constantemente gobernada por los ruidos de la calle, los sonidos de la cotidianidad y la música que sale de los tocadiscos de la familia en los que tan pronto suena “La nave del olvido” del cantante mexicano José José como el musical Jesucristo Superstar de Andrew Lloyd Webber y Tim Rice. Ambos, junto a un póster del Mundial de fútbol México 70 en uno de los dormitorios infantiles servirán para situar cronológicamente al espectador en el momento histórico que la portentosa dirección de fotografía en blanco y negro del propio Cuarón retrata con una belleza descarnada.

Una familia: cuatro niños, una abuela, una madre, un padre ausente prófugo del hogar y dos empleadas de hogar, una de las cuales, la citada Cleo, ejerce desde su timidez y su introversión de auténtico catalizador de la vida cotidiana y de los impulsos vitales de una madre devastada por el abandono y unos niños que viven su despreocupada infancia de juegos y travesuras ajenos (inicialmente) a la pérdida referencial del padre.

Alfonso Cuarón derrocha en su narración la misma sutileza dirigiendo que sus intérpretes dando vida a su propuesta cinematográfica. En el rostro de Yalitza Aparicio se dibujan con la misma autenticidad y economía de gestos, la tibieza de sus sonrisas, la turbación a la hora de hablar sobre su iniciación a la vida sexual y su vacío ante la ambivalencia de un dolor que ella misma no es capaz de entender. Cleo es al mismo tiempo narradora y testigo de cuanto acontece, pero su función de narradora la ejerce desde su mirada, no desde una elocuencia explícita o una voz en off que atentaría contra los principios narrativos y estéticos del film.

Marina de Tavira, que da vida a Doña Sofía, la señora de la casa, encarna el otro eje alrededor del cual giran personajes y relato. Su caída al pozo de la soledad y su reflotamiento a la superficie de la vida son tan veraces como aleccionadores. Suyas son las frases más significativas y los gestos más sobrecogedoramente humanos expresados mediante dos abrazos, uno lleno de dolor a su marido sabiéndose abandonada y otro preñado de sobrecogimiento en la inmortal secuencia de la playa que acompaña de un “gracias” en el que no cabe mayor expresión de agradecimiento.

Estas dos mujeres y el resto de los personajes son los que gobiernan la narración, y precisamente por el planteamiento estético de Cuarón, no es la cámara la que dirige los movimientos de los actores sino estos los que someten a la cámara a desplazarse siguiéndolos en lo que sin duda es un prodigio de puesta en escena. Son los actores-personajes los que determinan la velocidad a la que se desplaza la cámara o cuando se cambia de plano en cuanto ellos cambian de trayectoria.

El resto son recuerdos, los discos, los libros, el Scalextric, las tradiciones navideñas, la música de la calle, los contrastes entre el México burgués y los barrios chabolistas donde el barro se te cuela en el alma, las protestas estudiantiles ante una situación política sobre la que Cuarón pasa de puntillas. Tampoco faltan autorreferencias, es imposible no advertir la alusión a Gravity en las imágenes de Perdidos en el espacio.

Roma es en definitiva la suma de todo lo que hay y de lo que no hay. No hay grandilocuentes movimientos de cámara más allá de la citada horizontalidad, no hay bandas sonoras que acentúen las emociones, no hay voces en off que expliquen nada porque nada necesita explicación, Roma es la vida, una vida contada en imágenes y sonidos de un tiempo y de un lugar, los de la infancia de Alfonso Cuarón. Y una vida contada en imágenes y sonidos no es ni más ni menos que cine, puro cine.


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