Crítica de ‘El reino’: ¿Por qué entrasteis en política?

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
El reino
 

No suelo dedicar demasiado tiempo a pensar en la política de un modo abstracto, como la ciencia social que es (o debería ser) ajena a ideologías, partidismos y sectarismos. El caso es que me resisto a creer que la política sea en sí perversa, no puedo admitir que cuando alguien con dieciocho años decide estudiar ciencias políticas en una facultad como podría haber elegido estudiar medicina, arquitectura o historia del arte, lo haga con la premeditada intención de corromperse y enriquecerse apropiándose de lo que no es suyo o utilizar el poco o mucho poder que llegue a alcanzar para medrar y hacer medrar a los suyos.

La realidad es que aunque no dudo de la existencia de políticos honrados, lo que trasciende es la sensación generalizada de corrupción, más o menos impune, con la que políticos de uno y otro signo se dedican a administrar el dinero de todos y a tomar decisiones sobre el presunto bien común. Debe ser por tanto la condición humana la que no soporta (generalmente) la combinación con el poder y ha convertido a la política en una ciénaga habitada por bandidos usurpadores de lo ajeno que han ido relajando la moral y anestesiando la ética para convencerse a sí mismos de que no hacen nada malo al perpetuar un sistema que ellos no han creado y que está presente tanto en las grandes esferas de poder como en las pequeñas administraciones. La diferencia está en los ceros de las cantidades. Ellos están de paso, pero el sistema les precedió y les sobrevivirá. O como dice el subtítulo de El reino: “Los reyes caen, los reinos continúan”.

Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña han escrito un guion vibrante, minucioso en detalles y quizá un tanto farragoso en algunos momentos sobre la clase media de la política, nos sitúan en un rango de administración regional que acertadamente evita señalar ninguna localización determinada ni a ningún partido concreto. Reconocemos, eso sí, comportamientos, maneras y sucesos que han saltado a las noticias durante las últimas décadas en nuestro país y que servirán para que cada espectador tenga la opción, según sus preferencias, de señalar a unos u otros. Como nunca he vivido en la cómoda convicción de que unos son los buenos y otros los malos no me entretengo en distinciones entre la masa informe de mamarrachos que se trasiegan raciones de marisco a mi costa o se regalan relojes carísimos practicando una amistad de frases hechas y puñaladas traperas mientras hacen el hortera en la cubierta de un yate presumiendo de lo que no son.

No salen mucho mejor parados los medios de comunicación que, salvo raras excepciones, se han abandonado al más recalcitrante sectarismo ideológico olvidando que en la independencia reside (o debería residir) la razón de ser de la prensa. El periodista soplón que adelanta al político de turno lo que su periódico va a publicar al día siguiente o la presentadora de televisión ambiciosa que juega con la ambigüedad para sobresalir por encima de la información están presentes en El reino, ya sea como bufones o como validos del rey.  

Sorogoyen y Peña plantean a lo largo del libreto una serie de preguntas como la que titula esta crítica que deliberadamente dejan sin responder y que añade un ribete filosófico a un thriller político en el que Sorogoyen, con una extraordinaria dirección, se doctora cum laude tras su sobresaliente Que Dios nos perdone (2016). Algunas secuencias, claramente de director, están magistralmente filmadas. Todo lo que ocurre en Andorra en el tramo final del film es sencillamente hipnótico incluyendo una muy inquietante persecución nocturna con la que es evidente que Sorogoyen ha disfrutado como un enano creando ambiente y estirando el suspense.

En cuanto al reparto, Antonio de la Torre vuelve a apoderarse de un film como tantas veces ha hecho en los últimos años, el único problema es que ya le hemos visto tantas veces haciendo interpretaciones brutales en personajes límite que se ha puesto muy difícil a sí mismo la capacidad de sorprender. Está brutal como casi siempre. También brilla el gran Josep Maria Pou como una especie de padrino crepuscular del partido al que nadie se atreve a chistar. Nacho Fresneda, Mónica López, Ana Wagener y un Luis Zahera que huele a nominación al Goya al actor de reparto destacan en un elenco en el que Bárbara Lennie no parece acabar de sentirse cómoda en un papel al que no beneficia la ambigüedad con la que está escrito en el guion ni una fallida secuencia final en la que Sorogoyen y Peña parecen querer lanzar un alegato final que no está a la altura del lúcido discurso que lo precede.


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