Crítica de ‘Un gesto estúpido e inútil’: El padre de la comedia irreverente

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: Un gesto estúpido e inútil

Robin Williams dijo una vez que «las personas más desgraciadas son siempre las que con más ganas intentan hacer feliz a la gente». Esa frase bien podría a aplicarse a Douglas Kenney, un personaje desconocido por la mayoría, pero que cambió el rumbo del humor norteamericano. Un gesto estúpido e inútil es una producción de Netflix que sirve de peculiar biografía del hombre al que le debemos el descubrimiento de cómicos como Chevy Chase, John Belushi o Bill Murray.

David Wain, guionista y director de películas como Wet Hot American Summer o Mal ejemplo, dirige esta cinta sobre guion de John Aboud y Michael Colton. La biografía de Douglas Kenney, publicada por el escritor y productor Josh Karp, les da la base para empezar a trabajar en una historia que juega entre la comedia y el drama. Para intentar desmarcarse del género biográfico clásico, en Un gesto estúpido e inútil es el propio Douglas Kenney setentón (interpretado por Martin Mull) quien nos narra su vida, por lo que el espectador se sitúa en la perspectiva subjetiva del héroe de la historia, al tiempo que los personajes secundarios desfilan como marionetas del genio de Kenney. No obstante, el guion se las ingenia para que, a pesar de estar escuchando la historia de boca del propio protagonista, este no sea en ningún momento mitificado.

La historia de Douglas Kenney despega tras su estancia en Harvard. Allí, y junto a su mejor amigo Henry Beard, fundan The Harvard Lampoon, una revista satírica donde colaboran varios alumnos. Pero a Kenney se le queda pequeña la audiencia, y pronto decide que Beard y él deberían dar el salto a una publicación de tirada nacional. Así, en abril de 1970, llega a los quioscos del país National Lampoon. La revista, enfrentándose a la censura, se burla con acidez del American Way of Life, respondiendo al conservadurismo de la era Nixon con chistes sobre, entre otras muchas cosas, la sexualidad de los norteamericanos.

Con el éxito y crecimiento de la revista, que ramifica hacia la radio y el cine, van naciendo nuevos nombres que se convertirán en clásicos de la comedia como Bill Murray, Gilda Radner o Harold Ramis. El clímax en la biografía de Kenney llega el día en que decide convertirse en productor de una película que sentará las bases de la comedia gamberra. Animal House, titulada en España Desmadre a la americana, se convirtió en un clásico de inmediato y, aunque la crítica estuvo polarizada, la taquilla respondió y las fiestas toga se convirtieron en una tradición en las hermandades universitarias.

La película comienza centrándose en la relación entre Douglas Kenney y Henry Beard, en el nacimiento de la revista y en la evolución de ésta hasta convertirse en un éxito de ventas. Pero en seguida va cerrando el plano sobre Kenney, porque según crece su éxito, su vida se precipita hacia un desastre de drogas y alcohol.

Es esa bajada a los infiernos la que más encadena la película a lo siempre visto del género biográfico. Sin embargo, es la historia de un personaje tan desconocido como esencial en la cultura pop de los setenta lo que da valor a la película. Eso y su reparto.

El elenco de actores de Un gesto estúpido e inútil está compuesto por caras conocidas que vienen y van. Ed Helms como el periodista conservador Tom Snyder, Joel McHale como Chevy Chase (con quien, además, trabajó en Community) o Natasha Lyonne como la guionista del Saturday Night Life, Anne Beatts. Son estos y las referencias temporales, los que dibujan la década de excesos que es los 70.

Pero tres actores destacan en ese desfile y no solo por su peso en el argumento. El actor irlandés Domhnall Gleeson se aleja de la torpeza del protagonista de About Time, de la frialdad marcial de su personaje en Star Wars o de la melancolía que muestra en Brooklyn y se mete en la piel de Henry Beard, con una psicología reflexiva que supone el contrapeso perfecto a la impulsividad de Douglas Kenney. La otra ancla a la realidad es Kathryn Walker, segunda mujer de Kenney y quien es interpretada por Emmy Rossum, posiblemente el personaje con más carga dramática, porque es la encargada de tirar de un genio devorado por la adicción y la depresión.

Pero es Will Forte quien, con el papel de Kenney, se lleva toda la atención del espectador. Forte, que ha cosechado nominaciones año tras año por su papel en El último hombre en la tierra y a quien la crítica alabó por su interpretación en Nebraska, hace aquí uno de los mejores trabajos de su carrera, manejando un genio neurótico con una inevitable atracción hacia el caos.

La película no logra deshacerse de las faltas inherentes a la biografía. Por más que David Wain intente detonarlas, no ofrece novedades con respecto a otros títulos. No obstante, Wain sabe relatar la historia siendo fiel al personaje, rebozándola en tal vez no la suficiente irreverencia, pero sabiendo despertar el interés del espectador. Puede que dentro del género resulte un gesto estúpido e inútil, pero es un gesto agradable al fin y al cabo.


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6.0/10

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