Crítica de ‘Normandía al desnudo’: Costumbrista y divertida

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: Normandía al desnudo

En Francia, como en España e imagino que en la mayoría de los países del (mal llamado) primer mundo, existe todavía un medio rural que languidece al ritmo de sus actividades tradicionales, agricultura y ganadería, sometidas a estrictas regulaciones de la unión europea y a los vaivenes de los mercados que hacen bajar los precios que se pagan a los proveedores con la misma saña con que se suben los precios finales que paga el consumidor para llevarse a su casa un litro de leche o un kilo de carne.

En este medio rural en el que conviven los lugareños ancestrales con los urbanitas que tratan de convencerse a sí mismos de las bondades de la vida en el campo a pesar de ser alérgicos a casi todo, sitúa el director francés Philippe Le Guay (Moliere en bicicleta) esta Normandía al desnudo, un film que comienza como un retrato romántico y de tono cuasi documental sobre la vida cotidiana en la pequeña localidad normanda de Le Mêle-sur-Sarthe y que, apenas sobrepasado el primer cuarto de hora, deviene en una comedia costumbrista que, salvando las diferencias de estilo, podría haber filmado el mismísimo Berlanga en algún pueblo español de los que todavía mantienen la ganadería como principal actividad económica.  

A pesar de que podría hablarse de cierto protagonismo de François Cluzet (Intocable, Un doctor en la campiña), Normandía al desnudo es en realidad una película coral con una amplísima galería de variopintos personajes que componen un entrañable y, a ratos, divertido fresco de esta vida campestre en choque con la aplastante modernidad: los diferentes agricultores y ganaderos, las jóvenes que trabajan en la central lechera, el joven hijo del fotógrafo del pueblo, el rijoso farmacéutico, el carnicero celoso o su mujer, una antigua miss entrada en carnes, viven bajo el amparo de su carismático regidor  Balbuzard (François Cluzet), uno de esos alcaldes de los que ya (casi) no quedan a los que los pueblos elegían y reelegían una y otra vez sin importar (o ni siquiera saber) si eran de derechas o de izquierdas, sencillamente porque se sentían representados por él y sabían que, por encima de todo, se preocupaba por el bien del pueblo y de sus gentes.

Cuando esta pintoresca localidad, sumida en la preocupación por la crisis de sus fuentes de riqueza, recibe la visita del célebre fotógrafo estadounidense Blake Newman (Toby Jones), un trasunto de Spencer Tunick, famoso por sus fotografías de multitudes humanas desnudas en lugares emblemáticos de diferentes países, el alcalde Balbuzard ve la posibilidad de que el pueblo reciba de los medios de comunicación la atención que no consiguen cortando carreteras con los tractores. Para ello habrá de convencer a sus convecinos de que posen desnudos para el fotógrafo, que resulta ser un artista caprichoso e infantiloide, enamorado del Campo Chollet, una fotogénica finca cuya propiedad mantiene enfrentados desde niños a dos agricultores vecinos interpretados por Patrick d´Assumçao y el peculiar Philippe Rebbot.

Ya se pueden imaginar que de esta idea de desnudar a todo el pueblo es de donde guionistas y director extraen todo el sustrato sobre la cual apoyar el discurrir de un film que es, por encima de todo, amable. Todos los posibles momentos escabrosos son, o bien evitados, o bien suavizados con una agradecible comicidad que hace de Normandía al desnudo una película entretenida y disfrutable al mismo tiempo que desaprovecha la carga de profundidad que había en el material de partida y que, a pesar de sus primeros quince minutos, se diluye con el paso del metraje. Es evidente que Philippe Le Guy no quiere hacer ni un documental, ni una película de denuncia política ni un largometraje de realismo social, pretende hacer una comedia amena y divertida y lo consigue a pesar de que un guion más mordaz y menos complaciente podrían haber conseguido un resultado mejor.  

En la brillantez del reparto encuentra Le Guay su mayor activo, especialmente en un excepcional Cluzet que con una naturalidad pasmosa parece que hubiera vivido toda su vida entre vacas. Muy divertido pero desaprovechado está François-Xavier Demaison, el parisino que (presuntamente) harto de la ciudad ha buscado en el campo una especie de huida hacia la apacible vida campestre junto a su mujer y su hija que ejerce ocasionalmente de narradora. La fotografía de Jean-Claude Larrieu aprovecha (sin abusar) la belleza natural de la región y la preciosa partitura de Bruno Colais acompaña la historia e incrementa el agrado con el que se ve esta bonita e intrascendente película.


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