Crítica de ‘La muerte de Stalin’: La sátira noquea al Kremlin

Crítica de ‘La muerte de Stalin’: La sátira noquea al Kremlin
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Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: La muerte de Stalin

Juvenal, uno de los padres de la sátira, dijo una vez de ella que, a la vista de la corrupción, era muy difícil no escribirla. Parece ser que Armando Iannucci opina de manera semejante, porque ha dedicado su carrera a este género. Las series británicas Gash o The thick of it, la película In the Loop o la premiadísima comedia Veep, han nacido de su ingenio. Iannucci es, posiblemente, el crítico más incisivo a la hora de retratar la podredumbre de los gobiernos y La muerte de Stalin no es sino otro brillante título en su obra. La película no ha gustado nada al gobierno ruso, pero ya sabemos por nuestro sabio refranero que quien se pica, ajos come.

Marzo de 1953, las purgas y acusaciones de traición a la patria son el pan nuestro de cada día en Moscú. Joseph Stalin pasa su tiempo entre condenas de muerte, envíos a gulags y películas del oeste. Sus ministros y hombres de confianza aletean a su alrededor como avispas en una paella, hasta que una noche el líder sufre una hemorragia cerebral que lo lleva a la muerte. Es entonces cuando las avispas sacan sus aguijones y comienza una lucha por hacerse con el poder.

La muerte de Stalin está basada en la novela gráfica homónima de Fabien Nury y Thierry Robin, que ya ofrecía con humor una visión grotesca e irreverente de los días posteriores a la muerte del dictador. Iannucci se une a su cómplice en The Thick of It o Veep, Ian Martin, y al actor y guionista David Schneider, para pulir la historia y adaptarla a la pantalla. El resultado es una obra de humor inteligente y cínico que ofrece, además, un retrato brillante de la confabulación política. Si Chaplin aun guardó ternura para El gran dictador, Iannucci parece perder toda esperanza en el ser humano cuando roza el poder, pero se niega a hacer de ese desaliento un drama y en su lugar golpea a las altas esferas donde más les duele, en su ego. Y es que La muerte de Stalin es un episodio histórico, pero que puede extrapolarse a cualquier país y a cualquier fecha.

A la base que ofrece la novela gráfica se suman los diálogos inteligentes y rápidos a los que nos tiene acostumbrados Iannucci que se acercan a la teatralidad, y a las situaciones que no rozan, sino que sobrepasan el absurdo de la estupidez humana. El humor negro se desborda cuando se trata de tocar el tema de las torturas o las ejecuciones sumarias, una comicidad que podría parecer cruel al espectador si no fuera porque con ella se ridiculiza a un gobierno corrupto.

Resulta difícil hablar del reparto cuando este es tan coral como en esta ocasión, donde los personajes con menos peso argumental brillan tanto como los que lideran la historia. Jason Isaac como Zhukov, Andrea Riseborough y Rupert Friend como Svetlana y Vasily Stalin u Olga Kurylenko como María Yudina, exprimen al máximo una seria vis cómica que consigue que no se difuminen a pesar de sus papeles secundarios. Pero las carcajadas más sonoras corren a cargo de Steve Buscemi como Nikita Khrushchev, el Monty Python, Michael Palin, como Molotov, Jeffrey Tambor como Malenkov y Simon Russell Beale como Lavrentiy Beria. Los cinco hombres de confianza de Stalin, que pasaban ya de largo la cincuentena, fueron los responsables de mantener el país a flote durante este periodo de inestabilidad. Khrushchev quiere abrir Rusia al mundo, Beria no quiere que la historia lo recuerde como un asesino, Molotov solo quiere permanecer con vida y Malenkov, sucesor de Stalin, está demasiado ocupado en que no se le note la faja y el peluquín. Lo esperpéntico de estos personajes resultaría hasta tierno si no fuese por la ferocidad con la que se agarran a su estatus de poder, y entre risa y risa se va creando una tela de araña que acabará con uno de ellos. Esa es la gran inteligencia de la obra de Iannucci; crear una despiadada intriga política en una atmósfera tan absurda.

Desde un punto de vista técnico, la película tampoco se descuida y hace un retrato fiel del momento. El vestuario marca la tremenda desigualdad social con los vestidos de ensueño que luce Olga Kurylenko o los refinados uniformes de los hombres del gobierno, frente al ceniciento vestuario del pueblo. Pero es su banda sonora, compuesta por Christopher Willis, el mejor complemento a la historia. Una percusión y cuerda solemne convierte el tema «Moscú 1953» en casi un himno imperial, y la alegría de la cuerda y el viento es un tema deliciosamente burlesco para titularse «Regreso al Gulag». La banda sonora de La muerte de Stalin es toda una sorpresa nacida del talento de un compositor que hasta el momento solo ha trabajado para series de televisión.

Armando Iannucci logra hacer del cinismo, la codicia y la crueldad herramientas para la carcajada en una historia que defiende que en los gobiernos no se conoce la justicia, el derecho o el bien ajeno. Y el espectador se convence de que así es, pero no sufre, porque las risas lubrican la cruel realidad.

9

Puntuación

9.0 /10

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