SITGES 2017. Crítica de ‘Matar a Dios’: Cinco personajes, una casa rural y unos diálogos brillantes

Las críticas de Agustín Olivares en Sitges 2017: Matar a Dios

Matar a Dios es una de las comedias españolas más descacharrantes de los últimos años. Muy modesta en su presupuesto, aunque con una estética de producción pudiente, explota al máximo sus puntos fuertes para contar la historia de cuatro familiares que, en la noche de nochevieja, reciben una visita inesperada que cambiará el rumbo de sus vidas.

Caye Casas y Albert Pintó firman y dirigen esta exquisita sorpresa. La historia es sencilla aunque muy original, y se nota que se han tomado su tiempo caracterizando a los personajes y descubriendo sus particularidades más luminosas y más oscuras, que tienen mucho peso en el desarrollo de la película. Itziar Castro, Eduardo Antuña, Boris Ruiz, David Pareja y Emilio Gavira son los encargados de encarnar y defender dichos personajes, donde todos y cada uno lo hacen de forma espectacular. Están divertidísimos pero comedidos, haciendo comedia a partir de la verdad y sin buscar la risa fácil. Hay una dirección de actores muy fina, y un ejercicio de generosidad entre ellos que les permite brillar individualmente.

No obstante, aunque Matar a Dios te arranque muchas carcajadas tiene una historia detrás que, a medida que avanza la acción, coge peso y se apodera de la situación, lo cual es de agradecer, ya que aguantar 90 minutos de comedia desbocada puede llegar a cargar. Durante los primeros 40 minutos nos descoyuntamos, pero poco a poco el drama se apodera de la situación (sin perder nunca los toques cómicos) hasta que llegamos a un final inesperado que, personalmente, me ha encantado. Sin spoilearos, tan solo puedo decir que me encanta que haya gente que se arriesgue y se vaya por la tangente.

La fotografía es sensacional, dando una atmósfera hogareña pero tétrica a la casa, y el trabajo del equipo de arte es perfecto. Ese barroquismo rural llevado al extremo dota de una entidad propia al inmueble, convirtiéndolo en el sexto personaje de la historia.

Matar a Dios se merece ser un exitazo allá donde vaya. Es divertida, irreverente, fresca y chispeante, con unos personajes divertidísimos, muy trabajados y tremendamente imperfectos en su humanidad, y con un tema central profundo que hará que el espectador se enfrente a sus propias miserias.

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