Crítica de ‘Rehenes’: Atravesando el telón de acero

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Rehenes
 
Los años ochenta supusieron en nuestro país el comienzo de la apertura al mundo gracias a una democracia recién estrenada, fue aquella una época de grandes y rápidos cambios tras cuarenta años de dictadura y aislamiento, mayor en algunos aspectos que en otros. Y mientras España celebraba un Mundial de Fútbol, comenzaba a hacer los trámites para entrar en la Comunidad Económica Europea (que así se llamaba entonces) e inauguraba su propia edad de oro de la música pop, al otro extremo de Europa seguía existiendo un gran bloque formado por catorce repúblicas que vivían bajo el yugo de otra dictadura de signo político contrario pero igualmente restrictiva en materia de libertades.
 
En una de esas catorce repúblicas, Georgia, país independiente en la actualidad, se desarrolla precisamente a comienzos de los ochenta la historia que el director georgiano Rezo Gigineishvili traslada a la pantalla en su película Rehenes, coproducción entre Georgia, Rusia y Polonia, de próximo estreno en la cartelera española. A pesar de estar basada en un episodio real, Gigineishvili no se empeña tanto en realizar un relato pormenorizado y exhaustivo de los hechos como en retratar la situación de un país en el que la sociedad vivía bajo el control de la famosa KGB y la desconfianza era el principal ingrediente de los vínculos que se establecían entre unos ciudadanos que vivían asfixiados por el ambiente opresor y represor de sus autoridades.
 
La atención se sitúa en un grupo de jóvenes a los que, con todos los matices que se quieran poner al término, podríamos llamar privilegiados. Son hijos de profesionales de diferentes ámbitos, pertenecen a una clase media acomodada y tienen sus necesidades básicas más que cubiertas. Pero tras satisfacer las necesidades básicas surgen las secundarias y el ansia de libertad y de poder viajar al extranjero hace que estos jóvenes presentados como mimados por el sistema comunista en el prólogo del film, decidan secuestrar un avión con destino a Tiflis para desviarlo en pleno vuelo y aterrizar en Turquía al otro lado del telón de acero.
 
Claramente desarrollada en los tres actos clásicos de la estructura narrativa dramática, en el primero de ellos, el más tedioso en mi opinión, Gigineishvili se esfuerza sin demasiado acierto en presentar a los personajes y plantar el escenario sociopolítico en el que se va a desarrollar la historia. Lejos de la brillantez con que una situación similar era presentada en la magistral La vida de los otros (Florian Henckel von Donnersmarck, 2006) Gigineishvili naufraga en el dibujo de unos personajes que no terminan de traspasar la pantalla. Sabemos que quieren huir de su país pero no acaba de quedar claro si es una necesidad vital o el capricho pasajero de unos jóvenes que, a pesar de su evidente ansia de libertad, ejercen un activismo político de baratillo. Hay demasiados estereotipos en la narración de Rehenes, nada sabemos de cómo era la vida de las clases desfavorecidas y la rebeldía se manifiesta con cuentagotas en un país en el que tener una Biblia es un acto subversivo y los discos de The Beatles son objeto de deseo de la clase pudiente que solo los puede conseguir clandestinamente.
 
Mucho más potente, mejor narrado y filmado con talento es el segundo acto, el del secuestro en sí. Gigineishvili consigue, aquí sí, transmitir la verdadera tensión de una acción que pronto se rebela como poco planificada y los personajes adquieren la forma y la textura que durante toda la primera parte apenas había quedado esbozada. Hábil con la planificación de las secuencias y con un notable sentido del ritmo, hay auténticos momentos de buen cine en todas los planos que se desarrollan en el interior del avión y Rehenes toma el impulso que le llevará a un último tercio que se completa con un interesante y emotivo desenlace para dejar mucha mejor impresión de la que sus primeros cuarenta minutos hacían presagiar.
 
Buen trabajo de un elenco de actores desconocidos más allá de sus fronteras y elegante dirección de fotografía de Vladislav Opelyants que pinta de grises y azules las ganas de libertad de este grupo de jóvenes enardecidos por la promesa de que en occidente se vivía mejor. Hoy, treinta y cuatro años después de aquel 1983 en el que un grupo de jóvenes secuestró un avión para conocer mundo, Georgia es una república democrática con carácter de estado asociado a la Unión Europea y que aspira a convertirse en miembro de pleno derecho de la Unión y de la OTAN. Los tiempos han cambiado. En nuestro país también.

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