Crítica de ‘Amarás sobre todas las cosas’: Cine radical para una historia de amor

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: Amarás sobre todas las cosas

En un simplista afán por clasificar, muy acorde con esta sociedad que pretende darlo todo masticadito, últimamente ha cobrado mucha notoriedad la distinción entre cine comercial y cine de autor como si no pudieran establecerse innumerables subclasificaciones en ambos tipos de cine o como si no existieran películas de difícil encaje en alguna de estas dos grandes categorías. Existe, como mínimo, un tercer cine mucho más marginal que el cine de autor, un cine radical, fronterizo con formas poéticas de expresión visual que, a menudo, encuentran en museos de arte contemporáneo un alojamiento más confortable que el de las salas de cine.

No suelo empatizar demasiado con ese tipo de cine pues suele parecerme demasiado clavado en cuestiones formales o estéticas y yo, en mi enorme simpleza, cuando voy al cine necesito que me cuenten algo. Lo puramente contemplativo, que por cierto suelo disfrutar mucho, me emociona más en otras formas de expresión artística como la pintura o la escultura, en el cine me carga. El mérito de Amarás sobre todas las cosas es que consigue situarse en esa línea del cine como experimentación visual, coqueteando incluso con la abstracción en algunos momentos, sin despreciar el relato. Es decir, Chema de la Peña nos cuenta algo a pesar de que, más que una película, dirija un turbador poema filmado en el que hace suyo el aforismo que su protagonista pronuncia apenas comenzado el film: “hay que saltarse las convenciones para no saber qué va a pasar dentro de cinco minutos”.

Efectivamente, el relato de Amarás sobre todas las cosas prescinde de justificaciones convencionales para avanzar ante la mirada del espectador, los saltos temporales o espaciales se suceden sin que se pretenda explicar nada más allá que el paso del tiempo o el traslado de unos personajes, Teo y Anita, que viven su apasionada historia de amor y desamor, encuentros y desencuentros sin que importe demasiado si están en pleno centro de Madrid, un bosque inhóspito en plena naturaleza, nadando desnudos en un lago solitario o tomando un café en la Plaza Mayor de Salamanca.

Este juego con los entornos urbanos y naturales y cierto ensimismamiento paisajístico suponen el armazón visual en el que De la Peña sitúa una historia que alcanza su mayor valor en el derroche de autenticidad de una pareja protagonista que entra a tumba abierta en la propuesta de su director y no se ponen límites en ningún momento. Israel Elejalde, de larga y brillantísima carrera teatral pero exigua filmografía hasta el momento, da vida, con una naturalidad apabullante a Teo, un pintor en horas bajas, aplastado por la larga sombra de su padre, también pintor, que parece tener mucho que ver en su vulnerable estabilidad mental. Teo, incapaz de confrontar su soledad, se pierde en la noche de Madrid donde conoce a Ana (Lidia Navarro) que resulta ser otra alma perdida, herida por la temprana separación de sus padres, y dispuesta a encontrar en otros brazos el amor que no parecer vivir con su pareja. Navarro, que, como Elejalde, también tiene mayor trayectoria en el teatro que en el cine, compensa una menor naturalidad interpretando con una mayor asunción de riesgos de los que sale más que airosa.

A partir de este encuentro entre Teo y Anita, De la Peña establece la experimentación y la improvisación como premisas para desarrollar una historia de amor que, como dictaba la máxima citada tres párrafos más arriba, evita todas las convenciones del género romántico para transitar por caminos nuevos o, como poco, raramente visitados por el cine. La propuesta de Amarás sobre todas las cosas es descaradamente radical y de difícil digestión para el espectador medio, las tribulaciones de Teo y Anita, sin duda lo mejor de la película, son suspendidas por un amplio repertorio de planos contemplativos con los que Chema de la Peña juega con las texturas de la naturaleza (el agua, la nieve, los seccionados troncos de los árboles) para completar un hermoso y críptico discurso poético que discurre paralelo al relato. Otro cine es posible, y además es posible contar historias a través de él. He aquí un brillante ejemplo.

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