Crítica de ‘El lado bueno de las cosas’: Excelsior

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: El lado bueno de las cosas

La locura es una fuente de inspiración que tanto puede alimentar la comedia como el drama. El juego de malabares que ha hecho con una y con otro David O Russell dan como resultado en El lado bueno de las cosas una historia que funciona más allá de su atractivo reparto, y que te dejan con una sensación buenrollera pero sin el exceso de pasteleo de algunas comedias románticas.
La película, basada en la novela de éxito “Silver Linings Playbook”, de Matthew Quick, cuenta la historia de Pat, un profesor de instituto que ha estado ingresado en un hospital mental durante ocho meses después de darle una paliza casi de muerte al amante de su mujer. Pat regresa a casa de sus padres con el único deseo de volver a ponerse en contacto con Nikki, su esposa, para intentar explicarle que ha cambiado. Sin embargo, Pat no está bien, sufre un trastorno de bipolaridad grave, y para colmo de desgracias se ha cruzado en su vida Tiffany, una viuda que ha probado todos los antidepresivos posibles para finalmente desarrollar una ninfomania que parece ser lo único capaz de calmarla. ¿Qué tienen en común estas dos personas? ¿Podrán ayudarse el uno al otro? ¿Acaso no son ellos los únicos bastante cuerdos para reconocer sus locuras?

David O Russell (Tres reyes, The Fighter) se mete de lleno en el género de la comedia romántica inteligente. Previsible, sí, pero reforzándola por ello con diálogos inteligentes y divertidos (él mismo reescribió el guión). En lugar de cargar todo el peso de la historia en los dos protagonistas, Russell deja unos momentos memorables para Robert Deniro (Casino, Uno de los nuestros) y Jacki Weaver (Eternamente compromentidos, Animal Kingdom) que interpretan a los padres de Pat. También cabe destacar el breve pero lucido papel para Chris Tucker en su primera película, fuera de la saga de Hora Punta, desde 1997 cuando apareció en Jackie Brown.
Para Pat, el papel protagonista, David O Russell pensó en Mark Whalberg (Boggie Nights, The Fighter), uno de los actores fetiches del director, antes de decidirse por Bradley Cooper (Resacón en las Vegas, El equipo A). En cuanto a Tiffany, el papel fue rozado por Blake Lively, por Olivia Wilde, por Rooney Mara o por Kirsten Dunst, antes de que lo ganase la protagonista de Los juegos del hambre, Jennifer Lawrence. Ambos actores están espléndidos en sus papeles y no sorprendería nada una nominación, para al menos Cooper, en la próxima entrega de los Oscars. Aunque la película ya no va de vacío y ha ganado el premio del público en el Festival de Toronto y en el Festival de Austin. 
Aunque hay una frenada en el ritmo de la historia causada tal vez por la innecesaria decisión de desarrollar en exceso la relación entre Pat y algún personaje secundario, la película remonta y mantiene  el interés del espectador. El encanto general reside en como agarra las riendas del guión, sabiendo liberar el humor, sin abandonar los problemas y ansiedades de sus personajes. Todo ello acompañado por una banda sonora compuesta por el mejor Danny Elfman, que cuanto menos Burtoniano más me gusta. 
En definitiva, una película para reírse, para conmoverse, para desear un poco de locura, y salir del cine satisfecho y con ganas de sonreír.

Besos de cine…

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