Crítica de ‘Elvis & Nixon’: Historia de una fotografía

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Elvis & Nixon
 

Siempre me ha sorprendido (y en cierto modo he admirado) la capacidad que tiene el cine estadounidense de sacar oro de debajo de las piedras. Cualquier anécdota puede servir para convertirse en película y adquirir, si es preciso, tintes de acontecimiento histórico. Ahora le ha tocado el turno a la historia detrás de la fotografía más solicitada del Archivo Nacional de EEUU, que no es otra que la que se realizaron en el despacho oval de la Casa Blanca el presidente Richard Nixon y la mayor estrella del rock de todos los tiempos, el mismísimo Elvis Presley

Desconozco hasta qué punto los acontecimientos previos a dicho encuentro se desarrollaron tal y como se cuentan aquí, pero supongo que el guion de Joey Sagal, Hanala Sagal y Cary Elwes se tomará las suficientes licencias como para poder estirar la historia hasta completar los ochenta y seis minutos que dura esta entretenida película con hechuras y aroma de telefilm. 
 
En Elvis & Nixon, la directora Liza Johnson adopta cierto tono documentalista con la utilización de rótulos que mantienen al espectador continuamente informado de la localización y la hora en la que se desarrolla cada secuencia. Existe cierto recreo en las anécdotas triviales como Elvis comprando en persona un pasaje de avión en una línea regular o los gustos de Richard Nixon en cuanto a aperitivos y refrescos, pero lo cierto es que también se apuntan, sin profundizar en exceso, los entresijos políticos que rodean a esta clase de encuentros en los que un artista desea conocer al presidente y el beneficio que dicho presidente puede obtener de la popularidad del artista en cuestión. 
 
En este sentido, Elvis & Nixon, evita con agilidad caer en la trampa en la que con mayor frecuencia se hunden este tipo de films, que no es otra que la de centrarse exclusivamente en los protagonistas y descuidar los personajes secundarios. Aquí, los dos colaboradores más directos de Richard Nixon (Colin Hanks y Evan Peters), partidarios de un encuentro al que el presidente se mostraba inicialmente reacio, y el mejor amigo de Elvis, Jerry Schilling (Alex Pettyfer), componen unos estupendos secundarios que arropan con solvencia a los protagonistas, Kevin Spacey y Michael Shannon, que se baten en duelo en un auténtico concurso de imitadores. Pues, no nos engañemos, esto es el mayor atractivo de la película, las interpretaciones que de Nixon y Elvis respectivamente, realizan Spacey y Shannon
 
Y aquí es donde empiezan a surgir los problemas, en lo que en mi opinión, es un flagrante error de casting. Michael Shannon (que me parece un estupendo actor) tiene un físico tan marcado con sus enormes ojos prominentes, su mandíbula cuadrada y los acentuados rasgos de su rostro, que resulta imposible (o muy difícil) ver a Elvis Presley en algún momento del film. La caracterización es notable con la vestimenta, las gafas y el pelucón que Elvis llevaba a principios de los 70; la imitación es notable en cuanto a ademanes, modo de caminar y acento. Pero aun así, lo que continuamente vemos es a Michael Shannon disfrazado de Elvis Presley. Y eso saca de la película al espectador más entregado.
 
Mucho más acertado está el trabajo de Kevin Spacey que, a pesar de tratarse también de una imitación, consigue encarnar los gestos de Nixon, su acento y su particular postura encorvado de hombros al mismo tiempo que (mérito también de los maquilladores y caracterizadores) alcanza un parecido físico sorprendente con el controvertido presidente americano. 
 
Los dos personajes son tratados por el guion y por sus intérpretes sin demasiada generosidad. En ningún momento la directora lleva a la película hacia la hagiografía y ni Elvis ni Nixon salen demasiado bien parados. Nixon, unos años antes del watergate, es mostrado como un hombre ambicioso pero inseguro, de carácter fuerte pero doblegado ante los caprichos de su hija que anhela un autógrafo de su cantante favorito. Haciendo continua exaltación de los valores patrióticos americanos encuentra su punto de unión con un Elvis crepuscular, mostrado como un ser psicológicamente inestable, con excentricidades un tanto patológicas pero consciente, en todo momento, de quien es y en quien le han convertido (cosificado) el éxito y la fama. En ambos personajes hay humanidad y vileza, ambición y generosidad, egocentrismo y autoconsciencia de sus debilidades. 
 
En conclusión, Elvis & Nixon es una película muy entretenida que se beneficia de su corta duración (la cosa no daría para más de hora y media) y que encubre su carencias con un acertado ritmo y las esforzadas interpretaciones (o imitaciones) de su pareja protagonista.  

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