Crítica de ‘Un doctor en la campiña’: Un canto a la medicina humanista

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Un doctor en la campiña

Concurren varias implicaciones personales (y profesionales) para que tuviera muchas ganas de ver la tercera película del realizador francés Thomas Lilti que tras su (inédito en España) debut con Los ojos vendados (Les Yeux bandés, 2007), presentó en 2014 su segundo film, Hipócrates, sobre el inicio profesional de un médico residente. Film que servía a Lilti para, mediante un inteligente argumento con aire de comedia, exponer algunas cuestiones profesionales y ciertos planteamientos éticos de fundamental importancia en el sistema sanitario francés y, por extensión, en el de todos o casi todos los países desarrollados. 

Su tercer largometraje titulado en francés Médecin de campagne (algo así como médico rural) se ha retitulado en España Un doctor en la campiña, lo cual, unido a su bucólico cartel puede hacer pensar que estamos ante una entrañable comedia romántica sobre las bondades de la vida en el campo alimentada por una bonita historia de amor. Y no. No es así. Un doctor en la campiña vuelve, como su predecesora Hipócrates, a dejar el argumento en segundo plano para que Thomas Lilti, que además de cineasta es médico de atención primaria, elabore un acertado discurso humanista sobre una profesión que en las últimas décadas ha sufrido enormes transformaciones derivadas fundamentalmente de los avances tecnológicos, de la excesiva informatización de la práctica asistencial y de la medicalización de un montón de circunstancias vitales que las sociedades modernas han llevado a la consulta del médico, fundamentalmente del médico de familia. 
Todas estas transformaciones que, inequívocamente, nos han llevado a una asistencia sanitaria mejor, apoyada en una medicina más científica y con mayores garantías para profesionales y pacientes, se han cobrado, sin embargo, un costoso peaje a cambio que no es otro que el de una progresiva deshumanización de la relación médico-paciente. Por un lado los médicos, especialmente los de atención primaria, hemos sido sepultados por una creciente burocracia de dudosa utilidad y tediosa puesta en práctica que ocupa gran parte de nuestra jornada de trabajo. Por otro, la introducción de la informática como herramienta en la consulta, a menudo resulta más un enemigo que un aliado dada su recurrente tendencia a la inoperancia y, por qué negarlo, a la falta de destreza en su manejo por parte de un alto porcentaje de médicos que queremos (hemos aprendido a) tratar con pacientes y no con ordenadores. 
La medicina rural es quizá el último reducto de un modo de entender la profesión que está frontalmente reñido con los cambios citados. El doctor al que alude el título (o el médico rural según a qué versión del título atendamos) es Jean-Pierre, interpretado por un fantástico (como siempre) François Cluzet que no tiene ordenador en su consulta. Sus historiales clínicos están en unas arcaicas fichas de cartulina archivadas por orden alfabético en las cuales Jean-Pierre hace sus anotaciones. Su modo de entender la medicina se apoya fundamentalmente en conceptos tan aparentemente obvios como escuchar sin interrumpir lo que el paciente tiene que decir, observar lo que no dice (incluso un calzado más desgastado por un lado que por otro puede dar información) y explorar minuciosamente a los enfermos. Les atiende en su consulta y les visita a domicilio, es su médico, pero también su consejero. Los pacientes confían en él y a veces no necesitan más tratamiento que las palabras de aliento de aquel que les conoce desde hace muchos años. 
Jean-Pierre ha vivido esa medicina y cree firmemente que no se aprende sin vivirla, por eso se siente insustituible (Irreplaceable es el título con el que se estrena la película en el Reino Unido) y no acepta de buen grado la llegada de la doctora Nathalie Delezia (Marianne Denicourt), más joven y con otra visión fruto de una formación más moderna, a la que han enviado para ayudarle mientras Jean-Pierre sobrelleva su propia enfermedad. 
Thomas Lilti solo pone en contraposición ambas visiones de la medicina en un principio para posteriormente optar por hacerlas complementarias. Los cambios que la interacción entre ambos médicos operan en el modo de pensar de cada uno es, en mi opinión, lo más sustancial de una película honesta en su planteamiento y en su ejecución. El guion, sabiamente escrito, muestra, de forma amena, muchas de las circunstancias que definen el ejercicio de la medicina rural como las particularidades de la atención a domicilio, las urgencias en pleno campo o las dificultades de afrontar situaciones de gravedad con medios precarios.
La química entre la pareja protagonista es el otro gran punto fuerte de la película. François Cluzet y Marianne Denicourt están soberbios en unos personajes muy bien escritos desde el guion. Apoyándose ambos en la contención y en la economía de gestos, resultan conmovedores precisamente desde una sencillez interpretativa que desprende autenticidad. La evolución de la relación que se establece entre ambos está particularmente bien tratada por un Thomas Lilti que delimita muy bien los territorios emocionales que pueden o no pisar. La dirección de Lilti es tremendamente limpia, no hay subrayados innecesarios y vence la tentación de caer en el recurso fácil de convertir el film en un pastiche. Esto no quiere decir que la película descuide aspectos estéticos como la bella fotografía de Nicolas Gaurin o la espléndida partitura musical de Low Entertainment (Alexandre Lier, Sylvain Ohrel y Nicolas Weil) que se completa con alguna canción extra como el memorable “Wild is the wind” de Nina Simone
Un final un tanto precipitado es quizá el único punto débil de una película fantástica en todo su desarrollo. Tengo la impresión de que a su director no le preocupaba demasiado como terminar la película, a esas alturas de metraje ya había dicho todo lo que quería decir. Resolver de una u otra forma el asunto de la enfermedad de Jean-Pierre o el destino profesional de ambos personajes no es lo más importante de un film que tras su tono amable, como ocurría con Hipócrates, ofrece un brillante discurso sobre la profesión médica que podría servirnos de reflexión a muchos médicos y a quienes dirigen nuestro ejercicio profesional.

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