Crítica de ‘Hipócrates’: Realismo contenido frente a dramatismo efectista

Las críticas de Carlos Cuesta: Hipócrates
La mayor parte de mis experiencias con los hospitales han tenido poco que ver con fluidas conversaciones con doctores de fisionomía perfecta que escenificaban entre ellos, o frente al paciente, diálogos condicionados por sus tórridos devaneos. Más bien han sido visitas o ingresos penosos donde uno aprende a descubrir con fastidio, ternura e incluso sorpresa la verdadera condición humana cuando la salud se estropea. Cada una de esas paradas indeseadas encerraba en sí historias que daban para rodar una o dos películas; bien podrían ser algunas de las que cuenta Thomas Lilti en su última película, Hipócrates.
La trama nos hace partícipes de la interinidad médica de Benjamin (Vincent Lacoste) en un hospital francés dirigido su padre (Jacques Gamblin). Una perfecta introducción del personaje y una primera declaración de intenciones de la películas nos mostrará a lo que el muchacho deberá hacer frente: Muchos expedientes, pocos medios y un sistema sanitario más preocupado de solventar el día a día que de poner remedio a situaciones insostenibles de precariedad del personal y de desatención que sufren algunos de los pacientes. Para compartir con nosotros esta trama el director y guionista decide apostar por un realismo recubierto de humor ácido, intentando esquivar el género de series médicas pobladas de guaperas e infectadas de un fastuoso dinamismo irreal.

Hipócrates es divertida, amena y austera, dedicada a recrear el microcosmos de un hospital, las relaciones entre sus trabajadores, los conflictos entre departamentos, la vida de trinchera del interino y el choque entre el seguimiento del protocolo y lo que dicta el deseo del médico como persona. Es la mesura de la película su mayor virtud y su único punto débil (sería excesivo decir error) porque aunque es capaz de emocionar con algunos de los dramas que enfoca, su ambición de relato contenido no se permite el clímax en varios de los momentos más comprometidos.

Estas experiencias las veremos a través de la mirada inexperta de un muchacho bienintencionado, apasionado, con más teoría que oficio a las espaldas. Algunas de sus carencias las vendrá a compensar otro de los internos (Reda Kateb, Un profeta, Engrenages) más bregado en resistir la burocracia y las mezquindades del hospital. Es el sujeto indispensable para guiar a Benjamin por la historia y mostrarle las claves que le permitan sobrevivir, incluso hará las veces de segundo protagonista que llegará a arrebatar al otro muchacho su rol como vector de la historia. Su relación “aprendiz-maestro” se inserta con relativa fluidez en una película que pretendiendo esquivar los tópicos de las series como House o Anatomía de Grey cae en un esquema también demasiado reconocible aunque a la fuerza bastante más honesto.
La película se ha estrenado este mes en Francia y he tenido la oportunidad de verla en los cines Studio de Tours cuya salas suelen proyectar cine de autor y obras menos convencionales. De ahí que en críticas sucesivos incluya la etiqueta Studio Cinémas cuando se trata de producciones visionadas en este establecimiento. Cuando llegue a España es un título que recomiendo porque sin ser perfecto está hecho con buen estilo, con ingenio, humor, humanidad y talento.

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