lunes, junio 24, 2024

Crítica de ‘Me llamo Chihiro’: El sueño de los peces en el fondo del acuario

Las críticas de Daniel Farriol:
Me llamo Chihiro

Me llamo Chihiro (Call Me Chihiro) (2023) es un drama japonés que está dirigido por Rikiya Imaizumi (By the Window, Little Nights, Little Love). El guion corre a cargo del propio realizador junto a Kaori Sawai (Arc, Skeleton Flower), los cuales adaptan a imagen real el manga «Chihiro-san» creado por Hiroyuki Yasuda. La historia a una exprostituta que sin ocultar su pasado empieza a trabajar en un puesto de comida en una pequeña ciudad costera. Allí se convertirá en una persona popular que consolará a las almas solitarias que pasen por su establecimiento.

Está protagonizada por Kasumi Arimura (Fortuna’s Eye, Café Funiculi Funicula), Hana Toyoshima, Tetta Shimada, Van, Lily Franky (The Naked Director, Un asunto de familia), Jun Fubuki (Teacher, Please Sit Next to Me, Your Eyes Tell), Mitsuru Hirata (Confession of Murder, Fukushima), Miwako Ichikawa, Itsuki Nagasawa, Keiichi Suzuki y Yui Sakuma. La película se ha estrenado en Netflix el día 23 de Febrero de 2023.

Bellotas y bandejas de bentō

Me llamo Chihiro es otra de esas películas tan pequeñas y bienintencionadas sobre sentimientos humanos positivos que nos reconfortan tanto mientras las vemos y que solo son capaces de filmar cineastas japoneses con una especial sensibilidad por los detalles, los silencios y los símbolos que nos rodean. La trama nos presenta a Aya (Kasumi Arimura) una joven que, tras marcharse de casa, comenzó a trabajar en una casa de masajes como prostituta bajo el nombre de Chihiro. Sin renunciar a ese pasado, pero aún marcada por él, ahora se ha convertido en la popular dependienta de un puesto de bentō (comida casera servida en bandejas para llevar) donde se dedica a consolar a las almas solitarias que pasan por allí, aunque en verdad sea ella misma quien necesita sanar su propia soledad.

Esta especie de ángel capriano nos evoca a otras películas japonesas que tienen que ver con la gastronomía y los buenos deseos como Una pastelería en Tokio (Naomi Kawase, 2015), Bread of Happiness (Yukiko Mishima, 2012) o Café Funiculi Funicula (Ayuko Tsukahara, 2018), donde la propia actriz protagonista de Me llamo Chihiro tenía un papel con la misma característica de curadora espiritual cuya sonrisa ocultaba una necesidad de amor.

De hecho, la gastronomía tiene mucha presencia en la cinematografía japonesa porque forma parte de su folclore, yendo mucho más allá del simple hecho de sentarse a una mesa para comer cuando se tiene hambre. Los alimentos ingeridos son un medio de comunicación en sí mismo entre las personas como ya pudimos ver recientemente en la preciosa serie de Netflix creada por el maestro Koreeda, Makanai: La cocinera de las maiko (2023). Un ejemplo son las bellotas que Chihiro regala a algunas personas, tienen un sabor amargo, pero en la cultura japonesa son un símbolo de la buena suerte.

Me llamo Chihiro

«La comida sabe mejor cuando se comparte»

Me llamo Chihiro es un retrato humanista de unos personajes solitarios. Todos tienen carencias afectivas en el ámbito familiar que deben suplir con personas que se cruzan casualmente en sus vidas. Es algo que el citado Hirokazu Koreeda retrata como nadie en su cine mediante películas donde se van creando familias peculiares que trascienden el mero vínculo genético. Chihiro entrega su cariño de manera incondicional a través de bandejas de bentō que puede regalar tanto a un vagabundo silente como a niños que no se llevan bien con sus padres, en realidad, es su manera de llenar los huecos emocionales que arrastra de un pasado familiar que prefiere olvidar y del que se nos desvelará bien poco (no coge las llamadas de su hermano, renuncia a ir al funeral de su madre…).

El guion no quiere profundizar en los verdaderos motivos de la ruptura de los lazos familiares que tanto añora, pero sí asistiremos a cómo va sustituyendo en el presente a todas esas figuras que le son ausentes, la paterna, la materna, un abuelo, una hermana, una pareja o los posibles hijos futuros, y lo hace mediante la relación que entabla con los distintos vecinos del pueblo. La frase «la comida sabe mejor cuando se comparte» cobra sentido en la interacción entre todos ellos para alcanzar la felicidad completa. Sí que podemos decir que es una manera naif y casi ingenua de acercarse a la complejidad de las relaciones en la vida real, pero se agradece ver ficciones de este tipo donde la ternura se convierte en un sentimiento más poderoso que el odio, ojalá el mundo se pareciese más a vivir dentro de una película como Me llamo Chihiro.

Me llamo Chihiro

Los mangas como una filosofía de vida

Si la gastronomía es un puntal para comprender el pensamiento de los personajes de la película, otro aspecto clave de la cultura nipona son los animes. La propia película Me llamo Chihiro es la adaptación del manga «Chihiro-san» creado por Hiroyuki Yasuda, y entre algunas líneas de los diálogos encontraremos referencias a otras ilustraciones japonesas como «Destino Terra» de Keiko Takemiya, la cuál sirve para consignar una analogía recurrente en la película acerca de si las personas que conocemos viven en nuestro mismo planeta (otra vez, esa sensación de soledad absoluta y la necesidad de hallar a personas semejantes en nuestro camino).

Ahondando en estos conceptos casi existencialistas encontramos una referencia explícita al budismo en el tatuaje del brazo que lleva uno de los personajes para recordarse a sí mismo que no debe ponerse violento ante actitudes reprochables de otras personas que le recuerden los maltratos que sufrió por parte de su padre. El lema del tatuaje dice «la forma es vacuidad» y debe entenderse aquí como la definición del vacío que tendría una existencia individual sin la dependencia recíproca necesaria entre las personas. Esto puede parecer contradictorio con el desenlace que tiene la película, pero no lo es. Chihiro se ha dedicado a juntar almas en el pueblo y ahora ya puede asumir sin dolor el pasado porque ya no es una exprostituta si no una exvendedora de bentō que nunca más se sentirá sola.

Me llamo Chihiro

La metáfora de los peces

La parte más controvertida que tiene Me llamo Chihiro es la romantización del personaje de Utsumi (Lily Franky), el exjefe de la chica en la casa de masajes que se nos presenta como un tipo afable que ahora se dedica a los peces y que le hace las funciones de padre mientras flirtea con su mejor amiga Bajiru (Van), una mujer transgénero que interpreta precisamente la Miss Internacional Queen de 2019. De alguna manera ese hombre fue su proxeneta en la etapa más oscura de su vida y unos meses después mantienen una amistad tan cordial como si fuera el vecino del quinto (o incluso mejor según sea la comunidad de vecinos). No voy a entrar a fondo en el tema en esta reseña porque daría para un artículo independiente, pero es algo que me chocó bastante al verlo.

Precisamente será ese personaje el que nos regale otra de esas metáforas que tanto gustan en el cine japonés y que, en esta ocasión, hace referencia a los peces que se quedan quitos en el fondo del acuario para dormirse, tarde o temprano deberán despertar para volver a nadar cerca de la superficie. Es una manera de explicar el letargo en el que vive sumida Chihiro durante su estancia en el pueblo sin que nadie lo perciba como tal, algo que conecta con la escena final en la granja que debe entenderse como un nuevo comienzo para ella.

Me llamo Chihiro es una película hermosa y delicada que nos habla del dolor en que nos sume la soledad y de los vínculos emocionales que nos hacen reflotar para superar las adversidades que nos plantea la vida.


¿Qué te ha parecido la película?

Me llamo Chihiro

7

Puntuación

7.0/10

2 COMENTARIOS

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