LOCARNO 75. Crítica de ‘A Perfect Day for Caribou’: Paternidad y fracaso

Las críticas de Daniel Farriol en el 75 Festival de Locarno:
A Perfect Day for Caribou

A Perfect Day for Caribou es un drama independiente estadounidense que está escrito y dirigido por Jeff Rutherford. La historia muestra a un padre separado y su hijo, que se reencuentran años después en un cementerio para saldar cuentas con el pasado, estando ambos dominados por el caos y la angustia. Está protagonizada por Charlie Plummer (Palabras en las paredes del baño, Espontánea), Jeb Berrier (Lorelei, First Cow), Dana Millican, Rachael Perrell Fosket, Connor Brenes, Wrick Jones, Oellis Levine y Miles Olsen. La película ha podido verse en la Sección «Concorso Cineasti del Presente» del 75 Locarno Film Festival 2022.

Un paseo por los recursos habituales del cine indie

A Perfect Day for Caribou es un drama familiar donde el debutante Jeff Rutherford utiliza todos los trucos habituales de la estética indie de qualité o de la factoría Sundance, por ejemplo, estar grabada en blanco y negro, con un formato de pantalla de 4:3, e incluir algunas estampas de humor surrealista que aparecen de manera arbitraria a lo largo de la trama para desengrasar el tono melodramático general. No quiero decir con ello que estemos ante una ópera prima sin personalidad ni exenta de interés, pero sí que se le ven demasiado las costuras en algunas decisiones formales que no siempre encuentran una justificación narrativa o que terminan cayendo en puros convencionalismos ya utilizados por muchos otros con anterioridad.

En ese sentido, la elección de una fotografía en blanco y negro (por otro lado, un trabajo espléndido de Alfonso Herrera Salcedo) o la reducción de la pantalla, podemos entenderlos como una forma de potenciar el sentir interior de unos personajes deprimidos que se sienten atrapados en su mundo monocromo sin expectativas de futuro. Un reflejo de la población del medio oeste americano, los hillbillies, que también puede extrapolarse en la actualidad a la sensación de frustración que tienen las nuevas generaciones de todo el mundo.

La trama gira en torno al reencuentro entre un padre, Herman (Jeb Berrier), y su hijo, Nate (Charlie Plummer), que años después de haber perdido el contacto, se citan en un cementerio para intentar saldar cuentas con el pasado. A su vez, Nate, lleva a tal peculiar encuentro a su propio hijo, Ralph (Oellis Levine), el cuál padece algún tipo de trastorno autista que le lleva a comportarse de manera peculiar en su relación con los demás. En realidad, es algo que no dista demasiado de la propia incapacidad de comunicarse que tienen entre sí su padre y abuelo.

Herencias y conflictos generacionales

Podemos hallar en A Perfect Day for Caribou algunos paralelismos con el cine de Alexander PayneJim Jarmusch, en cuanto a tono y estética, pero la película de Rutherford acaba lejos de esos referentes. En parte porque los 95 minutos se hacen pesados y da la impresión que la idea daba para un corto o un mediometraje que se alarga artificialmente con la incorporación de un par de personajes secundarios que poco aportan a la trama, más allá de incidir en la misma idea de soledad y desesperanza que sobrevuela en los dos personajes principales.

A Perfect Day for Caribou es un filme que reflexiona sobre la paternidad y en como la presencia/ausencia de la figura paterna puede llegar a afectar en las relaciones personales posteriores. También nos habla de la herencia generacional que va más allá de los problemas cardíacos que ambos comparten, y es que los vínculos familiares pueden abrazarte y estrangularte a un mismo tiempo. Nate fue abandonado de pequeño por Herman cuando se separó de su madre, ahora que lo tiene delante podrá entender mejor cuáles fueron los motivos, pero lo curioso del caso es que sin haberlo conocido se ha convertido en una especie de clon suyo, con los mismos problemas de pareja y una tendencia emocional al fracaso.

Mejor en los simbolismos que en su retórica posmodernista 

Los paseos de padre e hijo por el cementerio y posteriormente por un bosque anejo cuando deben ir a buscar (con la misma parsimonia) al pequeño Ralph que ha desaparecido, son filmados por Rutherford con gran apertura de encuadres, aplastándolos bajo unos cielos que ocupan casi siempre los dos tercios superiores de la pantalla. Es un gran peso a soportar sobre sus hombros, una metáfora visual de lo pequeños e insignificantes que se sienten padre e hijo al enfrentarse a su mísera existencia. En una analogía animal, se podría decir que son como esos caribúes que aparecen en el título y que durante la época de migración atraviesan una extensión de 4800 kilómetros en busca de un lugar en el que yacer y al que pertenecer. La vida es una migración constante para Herman (que lleva una caja siempre a cuestas) y Nate.

Aunque el desarrollo de la trama a veces se siente caprichoso, en sus simbolismos visuales es donde la película crece durante el visionado y, después, en la memoria, como ese precioso y significativo plano que reúne a las tres generaciones jugando con una pelota. Es ahí donde A Perfect Day for Caribou se muestra clarividente en su discurso, en la sutileza y la sencillez, en la poética de lo cotidiano. Una lástima que a veces caiga en la autocomplacencia apegada a cierto cine independiente posmodernista que desbarata esas buenas ideas. Al final, lo más destacado acaba siendo el trabajo que realizan Jeb Berrier y Charlie Plummer, junto a la preciosista fotografía de Alfonso Herrera Salcedo.


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A Perfect Day for Caribou

6.5

Puntuación

6.5/10

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