Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
Nouvelle Vague
La Nouvelle Vague es uno de los movimientos cinematográficos renovadores más importantes de cuantos surgieron a mediados del siglo XX junto al Neorrealismo Italiano, el Free Cinema Inglés o los diversos “Nuevos Cines” (el Alemán, el Polaco, el Checoslovaco… o más tardíamente el Nuevo Cine Español). Pero sin entrar a discutir cual fue el más trascendente, el más decisivo, el más rompedor o el más influyente en cineastas posteriores, no cabe duda que la Nouvelle Vague es el que disfruta de mayor fama y popularidad entre los cinéfilos de nuevo cuño, quizá por la mayor accesibilidad de algunas de sus películas, o por la libertad de ese cine que salió a la calle con la cámara en mano para rodar la realidad de un modo libre y montarla luego de un modo más libre aun, o por hablar de una juventud hastiada de su vida urbana y sumida en unas crisis de identidad de las que hasta entonces nunca se había hablado en el cine de un modo tan desprejuiciado.
Richard Linklater, uno de los directores más inteligentes y más abiertamente cinéfilos del panorama cinematográfico en las tres últimas décadas, ha realizado una preciosa carta de amor en forma de película a aquella corriente cinematográfica encabezada por los jóvenes críticos de Cahiers du Cinema y la ha titulado, precisamente, Nouvelle Vague.
Para ello se ha centrado en el accidentado rodaje de una de las películas más emblemáticas del movimiento fílmico, Al final de la escapada, dirigida por el inefable Jean-Luc Godard, uno de los impulsores de la Nouvelle Vague y, curiosamente, el último de ese grupo de críticos reconvertidos en cineastas en filmar su primera película.
Pero aunque el meollo argumental gire en torno a los problemas de producción y de rodaje de la película protagonizada por Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg, Linklater no desaprovecha ni un solo fotograma para rendir homenaje a un lugar y una época, el París de 1960 y a todas las personas que ya fuera de manera central o marginal formaban el meollo cinematográfico parisino de la época. Y con cada aparición de una celebridad (y créanme, son muchas) nos ilustra con didácticos rótulos que nos informan de quien es cada cual aunque en algunos casos no sería necesario porque el parecido físico con sus personajes reales es absolutamente asombroso; lo cual hace suponer un minucioso casting y un esmeradísimo equipo de maquillaje, peluquería y caracterización.

Es así como vemos recreada la mítica redacción de la revista Cahiers du Cinema donde trabajan infatigables los “intelectuales” del grupo, Eric Rohmer y Jacques Rivette junto al más célebre François Truffaut que, por aquel entonces, ya había conocido las mieles del éxito con Los cuatrocientos golpes o a Claude Chabrol con sus inconfundibles atributos en forma de gafas de pasta y pipa. Y será en esa misma redacción dónde se vive la visita de Roberto Rossellini que congregó a todo el mundo en la reducida sala: a Agnés Vardá, a Jacques Demy e incluso a un Alain Resnais que, aunque coetáneo, nunca formó parte de la Nouvelle Vague yéndose más hacia el cine experimental.
Pero si hay un personaje protagonista en esta película aparentemente coral, ese no es otro que el propio Godard al que interpreta Guillaume Marbeck con un carisma arrollador (quizá excesivo para dar vida a un tipo que nunca tuvo fama de simpático). También carismática y sensual resulta la encarnación de Jean Seberg a cargo de la actriz estadounidense Zoey Deutch, mientras que el casi debutante Aubry Dullin sale ileso de la difícil tarea de dar vida a Jean-Paul Belmondo, que, por aquel entonces todavía no era la gran estrella del cine francés que, poco después, llegaría a ser.
Linklater se esmera en la reproducción del rodaje de forma meticulosa, cuidando con esmerado detallismo cada elemento de las secuencias cuya filmación reproduce, desde el vestuario de los actores hasta los extras que, casualmente, pasan por la calle al fondo del plano. También se reproduce con sutileza la soterrada tensión entre Godard y Jean Seberg durante el rodaje que, si bien nunca llegó al enfrentamiento, sí tuvo sumida en la inseguridad y el desconcierto ante la caótica e improvisada forma de dirigir de Godard a la joven actriz americana que venía de rodar con Otto Preminger, un director autoritario y controlador del viejo Hollywood.
Es cierto que la película es un indisimulado homenaje al movimiento, a sus integrantes y a la película cuya filmación reproduce, y quizá, ese carácter de tributo le reste un poco de enjundia y transmita cierta superficialidad, pero no es menos cierto que en ningún momento se pone ceremoniosa, pedante o dogmática. Es precisamente su propia naturaleza de divertimento lo que hace que Nouvelle Vague resulte una película deliciosa y encantadora, particularmente para los amantes del cine y, más aún, para aquellos cuya “educación” cinéfila (y sentimental) corrió de la mano de los Truffaut, Godard, Rohmer, Chabrol, Rivette y compañía.
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