Centenario Alain Resnais: Crítica de ‘Stavisky‘ (1974)

Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
Stavisky

Tras cinco complejos largometrajes en los que Resnais asentó los principios temáticos, formales y estilísticos de su cine, en 1974, seis años después del estrepitoso fracaso en taquilla de Te amo, te amo y tras varios proyectos fallidos en Estados Unidos, el director bretón abordó la que finalmente sería su sexta película, Stavisky, segunda en colaboración con el guionista español Jorge Semprún tras La guerra ha terminado.

El título hace referencia al polémico caso Stavisky, un turbio asunto poco conocido fuera de las fronteras francesas pero trascendental en la política gala del periodo entreguerras en tanto supuso la caída del gobierno de Camille Chautemps y desencadenó unos graves disturbios en febrero de 1934 que se saldaron con diecisiete muertos y más de dos mil heridos.

Serge Alexandre Stavisky (Jean-Paul Belmondo) fue un financiero, empresario teatral, propietario de una cuadra de carreras de caballos y socio de un grupo de prensa, actividades tras las cuales ocultaba su verdadera naturaleza de estafador profesional. Rodeado de una corte de colaboradores que incluía un abogado, un médico y una especie de hombre de confianza, Stavisky ejercía de hombre carismático y seductor sin mancharse las manos mientras despilfarraba dinero en comprar voluntades y objeciones éticas.

Por primera vez en su filmografía, Resnais se ocupa de un personaje real y, sin renunciar a algunas convenciones del biopic, se centra con más ahínco (a través del guion de Semprún) en la recreación del momento histórico tanto desde el punto de vista historiográfico como de la recreación de ambientes, decoraciones, coches, vestuarios y demás elementos artísticos incluida una majestuosa partitura del gran Stephen Sondheim que, a pesar de su incuestionable calidad, no siempre encaja adecuadamente con los momentos dramáticos que pretende ensalzar.

En cuanto al primer propósito citado, el del tratamiento de los hechos históricos, Semprún se permite la licencia de hacer coincidir los hechos narrados con la llegada de León Trotski a Barbizon donde se le concedió asilo a condición de no intervenir en los asuntos internos de Francia. Y aunque Trotski y Stavisky no llegan a coincidir en ningún momento, la ficción establece algunos personajes secundarios que funcionan como ligazón entre la trama principal: las andanzas de Serge Alexandre y la secundaria: la estancia del político ruso en Francia y sus entrevistas con políticos europeos de extrema izquierda.

El relato, aunque parcialmente fragmentado como no podía ser de otra forma en una película de Resnais, es mucho más fácilmente digerible que el de las mucho más crípticas Te amo, te amo o El año pasado en Marienbad por poner solo dos ejemplos. La narración sigue una línea temporal relativamente lineal y únicamente es interrumpida por varios flashforward que nos llevan a un tiempo posterior a la desaparición de Stavisky en el que sus colaboradores y amigos son llamados a testificar ante una comisión de investigación parlamentaria para esclarecer los disturbios de febrero del 34.

Sin embargo, reducir Stavisky a un mero film de corte histórico sería obviar una de sus mayores virtudes: el pormenorizado retrato psicológico de un hombre que, tras su fascinante fachada, vive traumatizado por el suicidio de su padre, abatido por la huella que en él ha dejado la cárcel, obsesionado por el miedo a ser traicionado, a la soledad, a envejecer y, en definitiva, a la muerte. Todos estos matices encuentran un vehículo idóneo en un actor que por aquel entonces ya gozaba de status de estrella del cine francés, un Jean-Paul Belmondo lo suficientemente atractivo para encarnar la cara externa de “el bello Sacha” y, al mismo tiempo, un actor de recursos interpretativos de primer nivel para encarnar toda la vertiente introvertida del personaje.

Pero Belmondo no está solo en Stavisky, la presencia de un crepuscular Charles Boyer en su penúltima película ensombreció el trabajo de Belmondo hasta el punto de recibir (por un papel secundario) el premio al mejor actor del Festival de Cannes por delante del propio protagonista. La elegante creación del Barón Raoul está llena de la humanidad de un actor magnífico que moriría tan solo cuatro años después. El brillantísimo reparto se completa con François Perier como el hombre de confianza de Stavisky, Michael Lonsdale como su médico, Anny Duperey como su bellísima esposa Arlette o Claude Rich que tras protagonizar Te amo, te amo, interpreta aquí al inspector Bonny, auténtica pesadilla de Stavisky. Finalmente, podemos encontrar en papeles anecdóticos a jovencísimos actores, casi desconocidos en 1974, que acabarían convirtiéndose en glorias del cine francés como Niels Arestrup o el mismísimo Gerard Depardieu.

En Stavisky, Resnais se ocupa por primera vez de forma explícita del teatro como otra de sus grandes inquietudes temáticas presente en muchas de sus películas posteriores. Y lo hará a través de una de las ocupaciones reconocidas del protagonista Serge Alexandre, empresario teatral y propietario del teatro Empire en el que jóvenes actrices acuden a las pruebas para un nuevo montaje con escenas de «Je t’aime» de Sacha Guitry o «Intermezzo» de Jean Giraudoux en las que el Barón Raoul (Boyer) o el propio Stavisky (Belmondo) les darán la réplica. Pero también está presente Shakespeare mediante una representación de «Coriolano», la obra a cuya representación en la Comédie Française acuden todos los personajes principales en el momento culminante del film, cuando se destapa el escándalo financiero que supondrá la caída en desgracia de Serge Alexandre Stavisky, el hombre de los mil nombres.


Stavisky está disponible en la plataforma FILMIN y, además, existe en el mercado videográfico español una edición en DVD y Bluray por parte de Divisa con buena calidad de imagen y sonido.

Stavisky

6.5

Puntuación

6.5/10

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