Crítica de ‘Lightyear’: La película favorita de Andy

Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
Lightyear

Hace apenas unos meses escribía a propósito de Red (Turning Red, Domee Shi, 2022) que había empezado a verla enfadado por el hecho de asistir a un estreno de Pixar (por tercera vez consecutiva) en el salón de mi casa y no en una sala de cine. Para su siguiente largometraje, Lightyear, la compañía del Flexo subsidiaria de la compañía de las orejas del ratón Mickey, ha decidido darnos a los espectadores la oportunidad de poder verla en el lugar donde hay que ver las películas (al menos por primera vez), en la oscuridad de un cine, ante una pantalla grande y con un buen sistema de sonido. Lo de pedir además no estar rodeado de depredadores de palomitas y sorbedores de refresco sería ya rizar el rizo, dejémoslo para otro día.

Es curioso que todavía exista cierta sensación de que Pixar es una novedad, es probable que sea una idea que flote en el subconsciente del espectador aunque solo sea por comparación con la anciana Disney, antaño fabrica de sueños y hoy reconvertida, además, en aplastante máquina de hacer dinero a costa de absorber a sus competidores, comprar franquicias rentables, ampliar mercados y estirar todo lo posible cada producto de éxito, que son la mayoría.

El caso es que Pixar, que (no se nos olvide) nació independiente de Disney, realizó su primer largometraje animado hace ya la friolera de 27 años de la mano de varios genios, entre ellos el hoy caído en desgracia John Lasseter. Aquella primera película llevaba por título Toy Story y supuso una revolución en el mundo de la animación al tratarse de la primera película realizada completamente por ordenador. Aquello que, reconozcámoslo, a algunos puristas nos hizo arrugar el entrecejo, resultó ser algo más que un avance tecnológico pues, afortunadamente, se vio acompañado de la mayor acumulación de talento creativo que hayamos visto en el cine en las últimas décadas. Durante muchos años, cada estreno Pixar era un auténtico acontecimiento y al enorme éxito de taquilla sumaba el (casi) unánime reconocimiento de la crítica y varios de los principales premios cinematográficos del año.

Tras varias obras maestras incuestionables, incluidas las secuelas de aquella primera película en la que los juguetes cobraban vida cuando no estaban en presencia de seres humanos, Pixar comenzó a dejarse llevar por la fiebre Disney de estirar casi todos los productos de éxito. Así fue como a la imaginativa Cars le sucedió la normalita Cars 2 y a esta la vulgar Cars 3, a la excepcional Monstruos S.A. le hicieron una mediocre Monstruos University, a la obra maestra Buscando a Nemo le siguió la sencillamente simpática Buscando a Dory y a aquella maravilla titulada Los increíbles le sucedió la divertida pero netamente inferior Los increíbles 2. Es decir, tuvimos que acostumbrarnos a que, de repente, Pixar hiciera algunas películas normales, algo que en los últimos años se ha visto refrendado con títulos como Onward o la mencionada Red. Dos películas de las que no se puede decir nada malo, pero en las que resulta imposible advertir la genialidad marca de la casa que Pixar imprimía a cada una de sus criaturas.

En honor a la verdad no puede decirse lo mismo de las sucesivas secuelas de Toy Story, la segunda parte superó a la primera y Toy Story 3 es, en opinión de quien aquí escribe, la mejor película de la factoría Pixar y una de las mejores películas de animación de toda la historia del cine. La cuarta entrega, aunque no superó a sus precedentes tampoco las desmerece en imaginación, emotividad y diversión.

Es por esto que la legión de fans de la saga Toy Story esperábamos con ilusión esta especie de escisión (los anglófilos lo llamarían spin-off) con el personaje de Buzz Lightyear, el guardián espacial que comenzó siendo el antagonista de Woody para convertirse en su mejor amigo y aliado.

No es difícil suponer que una de las mayores dificultades, acaso la principal, de un proyecto como este era conseguir que un personaje como Buzz Lightyear, que hasta ahora solo tenía una existencia en función de su rol como juguete, cobrase una identidad propia e independiente del hábitat en el que hasta ahora era conocido. Es decir, escribir un personaje nuevo que, sin embargo, no partía de cero pues estaba sujeto a todos los condicionantes de personalidad y comportamiento que el público conoce a través de todas las películas de la saga.

Los guionistas se liberan de todas estas ataduras al concebir Lightyear como una precuela. La idea argumental para justificar la película y que se explica al tiempo de comenzar es francamente buena y no pone ningún limite a la posibilidad de nuevas secuelas de Toy Story. El guion escrito por Jason Headley, Matthew Aldrich y el director Angus MacLane asume ser la película favorita del niño protagonista de Toy Story, Andy, aquella historia de un guardián espacial de nombre Buzz Lightyear embarcado en la difícil misión de conseguir reparar su nave para volver a su planeta.

La creación del resto de los personajes, todos ellos nuevos, es lo suficientemente imaginativa como para garantizar la diversión y, al mismo tiempo, satisfacer los requerimientos de los guardianes de la corrección política que imperan en el Hollywood del siglo XXI. El inicio del film, con el planteamiento de la misión, nos presenta a Alisha Hawthorne, la compañera y mejor amiga de Buzz Lightyear, un personaje complejo que en virtud de saltos temporales al más puro estilo Christopher Nolan, acabará cediendo el coprotagonismo a tres guardianes espaciales novatos, un genuino pelotón de los torpes, que habrán de implicarse en la misión a falta de aliados mejor preparados y a un gato robot, Sox, que es, sin duda alguna, el mejor personaje de la película.

Con estas premisas, Lightyear se desarrolla como una película de aventuras canónica en la que hay un héroe (Buzz), una misión, unos aliados, unos antagonistas y una serie de pruebas que el héroe tendrá que ir superando para llegar al desenlace. Lo que ocurre es que el citado guion no discurre de forma homogénea en los dos niveles de lectura, el infantil y el adulto, que tienen todas películas de Pixar. Aquí, quizá por primera vez, el nivel adulto se impone netamente y muchos aspectos argumentales son demasiado complicados para la comprensión del público infantil. Estamos quizá ante la película más adulta de Pixar, lo cual no quiere decir (ni mucho menos) que sea la mejor.

La animación, como no podía ser de otra forma, es impecable aunque se aparte de la estilización de Toy Story para adoptar una línea más realista y la banda sonora de Michael Giacchino asume los momentos tensos con la misma solidez que los emotivos, que también los hay.

En conclusión, para ver Lightyear hay que desprenderse de expectativas basadas en la saga Toy Story (no hay conexiones con la misma) y asumir que Pixar ya no es infalible haciendo obras maestras y a veces hace películas que son “sencillamente buenas”.

En cuanto a la polémica que ha rodeado el estreno de la película hasta el punto de prohibirla en algunos países, me resulta tan incomprensible que no soy capaz de argumentar nada. No me gusta la nueva dictadura de la corrección política que trata de poner normas y cotos a la creación artística, pero me desagradan más aun las viejas dictaduras que tratan de imponer lo que debemos pensar, a quien debemos querer o a quien podemos besar. No debería ser tan difícil que todo el mundo se aplicase el “vive y deja vivir” como norma de vida.


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Lightyear

7

Puntuación

7.0/10

2 comentarios en «Crítica de ‘Lightyear’: La película favorita de Andy»

  • el 1 julio, 2022 a las 05:48
    Enlace permanente

    Es una película forzada, dice es la película que le encantó al nene de Toy Story en el año 1995. Y después te encontrás con un embarazo y beso lésbico. No era necesario el beso. Una abuela que es exconvicta. No me gustó. No la recomiendo para menores muy peques.

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