Centenario Fernando Fernán Gómez: Crítica de ‘El mundo sigue‘ (1963)

Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
El mundo sigue

 

Con El mundo sigue, octavo film como director de Fernando Fernán Gómez, estamos ante un caso atípico en la historia del cine español. Producida en 1963, su estreno fue prohibido por la censura y tan sólo dos años después, en julio de 1965 se estrenó, casi de tapadillo, en un cine de Bilbao. Aunque se exhibió ocasionalmente en filmotecas, no fue hasta 2015 cuando con motivo de su 50 aniversario fue restaurada digitalmente en alta definición y estrenada en salas de toda España.

Fernán Gómez, tras sus dos adaptaciones teatrales de Miguel Mihura y Pedro Muñoz Seca, vuelve al cine realista en el Madrid que ya había retratado en El malvado Carabel y en el díptico compuesto por La vida por delante y La vida alrededor. Adentrado ya en década de los 60, adapta para ello la novela homónima de Juan Antonio de Zunzunegui que había sido publicada en 1960. De un realismo más tenebroso que las películas citadas que estaban salpicadas de momentos desenfadados e incluso cómicos, El mundo sigue nos presenta, con presupuestos casi documentales, un Madrid más sórdido a través de una familia de clase media que vive en el castizo barrio de Maravillas.

El padre de familia, Agapito (Francisco Pierrá), guardia urbano de profesión y la abnegada madre Doña Eloísa (Milagros Leal) tienen tres hijos: el pusilánime y beato Rodolfo (José Morales) y las dos hermanas Eloísa (Lina Canalejas) y Luisa (Gemma Cuervo) que, en el fondo, resultan ser las dos protagonistas de la película al encarnar los dos personajes más fuertes que, a su vez, representan dos concepciones antagónicas de entender la vida de una mujer en la España de los sesenta. Eloísa se ha convertido en otra sufrida esposa y parece condenada a repetir una versión empeorada de la vida de su madre al casarse con Faustino (Fernán Gómez), un camarero vividor y sinvergüenza que gasta cuánto gana en quinielas sin atender a sus obligaciones como padre de familia. Luisa, sin embargo, lleva una vida despreocupada y casquivana, flirtea continuamente con hombres generalmente ricos gracias a lo cual puede permitirse un tren de vida muy alejado de la miserable vida de su hermana.

Con estos personajes, Fernando Fernán Gómez dirige un melodrama oscuro y descarnado, de tono deliberadamente crispado tanto en la concepción cinematográfica de las secuencias (planos picados, zooms violentos) como, especialmente, en las tremendistas interpretaciones de sus protagonistas. Son particularmente exaltadas las duras secuencias entre las dos hermanas, ataques de histeria incluidos, que colocan a Lina Canalejas y Gemma Cuervo en un duelo interpretativo brutal y despiadado.

Los personajes masculinos no corren mayor suerte, ya sea por exceso (Agapito) o por defecto (Rodolfo) de carácter, los dos hombres de la familia representan dos formas de masculinidad tan dispares como tóxicas. El personaje que interpreta Fernando Fernán Gómez, uno de los más desagradables de su carrera, es un tipo egoísta, violento y amoral sin el más mínimo sentido de la responsabilidad profesional y familiar, por no hablar de su notoria incapacidad para mostrar afecto por nadie.

Empeñado en encarnar un realismo poco presente en nuestro cine y que sin embargo florecía en otras cinematografías contemporáneas, fundamentalmente en la italiana en la que la sombra del neorrealismo todavía era alargada, no hay ninguna intención en Fernán Gómez de suavizar las situaciones ni de aguar el drama, de ahí que el resultado de su película molestase a la censura de un régimen que, por aquel entonces, estaba empeñado en ofrecer una imagen más amable y próspera de España con la que potenciar la promoción del turismo extranjero, algo en lo que había visto no sólo una importante fuente de ingresos económicos sino, además, una manera de mostrarse al mundo mediante una mal entendida modernidad. Si a esto sumamos que en El mundo sigue hay alusiones, más o menos veladas, a asuntos como el divorcio, el aborto o la prostitución y secuencias bastante explícitas de violencia doméstica, resulta tan fácilmente entendible como rechazable que el film naciese condenado al ostracismo que sufrió durante décadas.

Todo el reparto principal, que está sobresaliente, formaba parte de la compañía teatral de Fernán Gómez y se completa, como habitualmente, con un excelente elenco de secundarios de la talla de José Calvo (el dueño del bar), Fernando Guillén el novio de Luisa, María Luisa Ponte como La Alpujarreña o Agustín González como un melancólico y un tanto siniestro periodista, vecino de la familia e impenitentemente enamorado de Eloísa.

De todo lo dicho puede inferirse que estamos ante una película de incómodo visionado tanto por su planteamiento argumental como por sus crispadas interpretaciones y su absoluta falta de piedad con los personajes que son retratados de un modo desagradable, sin ambages narrativos ni maquillajes emocionales. Fernán Gómez realiza la primera “película mayor” de su filmografía y hoy, ya casi sesenta años después, El mundo sigue es considerada una obra de culto y un título mayor de la historia del cine español.


Película inédita durante décadas, actualmente existe una fabulosa edición en Bluray y DVD de El mundo sigue que A Contracorriente puso a la venta en 2015 meses después de producir y distribuir su estreno en cines. Además, la película que fue emitida en el programa Historia de nuestro cine de RTVE, puede verse actualmente en la propia plataforma RTVE Play, en FlixOlé y en Amazon Prime Vídeo.


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2 comentarios en «Centenario Fernando Fernán Gómez: Crítica de ‘El mundo sigue‘ (1963)»

  • el 18 octubre, 2021 a las 13:21
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    Guau, pues tiene que ser descarnada sí, la verdad es que mi ignorancia es total sobre el cine español de esta época, casi no conozco a ninguno de los actores y actrices, salvo los famosos Gema Cuervo, Fernando Guillén, Agustín González y M. Luisa Ponte, es una pena pero tengo que reconocer que soy los que he despreciado el cine español anterior a los 80, prometo enmendar me!

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    • el 18 octubre, 2021 a las 20:12
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      Nunca es tarde si la dicha es buena. Hay un cine español maravilloso anterior a los ochenta, el estigma de las «españoladas» ha hecho mucho daño.

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