Crítica de ‘Roman J. Israel, Esq.’: No se puede vivir de la esperanza

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: Roman J. Israel, Esq.

Estamos demasiado acostumbrados a la corrupción de los poderosos, es tan frecuente que desayunemos con la noticia de otro político pillado con las manos en la masa que, aunque muchos ciudadanos de a pié mantienen cierta capacidad de indignación (siempre selectiva según que el pillado sea o no de los suyos), otros se han resignado a ser regidos por mangutas profesionales dispuestos a meter la mano en la caja de todos para enriquecerse. Pero ¿qué ocurre con la corrupción del ciudadano anónimo?, la de aquel que puede enriquecerse sin que nadie se entere en virtud de una situación coyuntural de su trabajo o un simple golpe de suerte. ¿Quién se atreve a decir que mantendría su integridad por encima de todo y no compraría acciones de una empresa el día antes de que suban espectacularmente si está en posesión de información confidencial?, ¿quién le devolvería a un profesor el examen que se le ha caído al suelo en el pasillo del colegio la víspera del final de física?

Sobre esa corrupción más pequeña con la que (especialmente en un país de pícaros como el nuestro) muchos tienen más indulgencia, gira la existencia ética del protagonista de Roman J. Israel, Esq., un clásico ejemplo de película de personaje, un abogado de segunda fila, un hombre introvertido, un tanto extravagante y sin facilidad para las relaciones sociales, un teórico de la abogacía que se sabe de memoria el código penal pero apenas ha frecuentado los juzgados porque no se siente cómodo bajando al barro y teniendo que participar de un juego sucio en el que sus clientes se declaran culpables aceptando condenas a la baja a cambio de evitar juicios que demoren aún más el saturado sistema penal estadounidense.

Por irritantes caprichos de la distribución cinematográfica en España se estrena con notable retraso una película de 2017 que, para que se hagan una idea, en Estados Unidos está ya en DVD. Si allá a finales de enero Denzel Washington hubiera ganado el Óscar al que estaba nominado por Roman J. Israel, Esq., no tengan la más mínima duda de que la película habría sido estrenada hace ya varios meses y estaría a punto de salir a la venta en formato doméstico; como no lo ganó y algunas críticas despacharon la película como un mero vehículo para el lucimiento de Denzel Washington y asegurarle la nominación al Óscar, la película se fue al cajón de la distribuidora y se estrena ahora, cuando el ruido de los Óscar se ha apagado y la cartelera languidece entre algunos blockbusters que se anticipan al verano y películas de segunda fila que no lograron hacerse hueco entre los films más potentes del año.

El personaje, construido en el guion por Dan Gilroy (Nightcrawler) en su segunda película como director tras una amplia trayectoria como guionista, sirve, efectivamente, para el lucimiento de Denzel Washington que se pone cómodo dentro del desgarbado hombre con pelo a lo afro, gafas imposibles y aire de loco despistado que viste americanas dos tallas más grandes de la suya. Washington dota a Roman de una particular forma de mirar, de unos andares característicos y de una serie de gestos (que en ocasiones rozan el tic) con los que compone uno de esos personajes con los que un actor consigue que se le recuerde a pesar de tratarse de un intérprete con varios hitos en su carrera. Pero no es en su forma de vestir, de moverse o comportarse lo que convierte a Roman en un ser extraño a los ojos de los demás sino su exacerbado sentido de la ética enfrentada a una sociedad que hace tiempo desterró la honestidad como un valor a seguir.

Sin embargo, a pesar de sus imperfecciones, que las tiene, no creo correcto hacer un (aventurado) juicio de intenciones sobre el fin último de la película (la nominación al Óscar de su protagonista) y no entrar en la profundidad de lo que Gilroy pretende con su personaje: una afilada crítica a las lagunas de un sistema penal corrupto y exponer la facilidad con la que un hombre íntegro puede corromperse a la primera oportunidad de hacerlo. Cuando su socio, la cara visible del bufete, cae enfermo y Roman debe pisar los tribunales, entra en contacto con todo lo que hasta ahora ha procurado evitar incluyendo un jefe tiburón de juzgados interpretado por un aceptable Colin Farrell.

Dan Gilroy insufla a la primera hora de película un aire de drama de abogados al uso poniendo el acento en la integridad ética de un personaje que parece salido de un film de Frank Capra, mediado el metraje, las diferentes derivas argumentales ensucian un tanto el discurrir de la película y momentos brillantes como la (políticamente incorrecta) intervención de Roman en una asamblea de activistas se alterna con una anodina subtrama romántica y una demasiado larga bajada a los infiernos éticos en forma de casa ostentosa, trajes caros y vacaciones lujosas que, además de alargar innecesariamente la duración de la película, distraen la tesitura en la que este hombre debe hacer frente a la necesidad de ganarse la vida (no se puede vivir de la esperanza), a la quiebra de su moral y finalmente a su propia corrupción. Más interesante en su planteamiento que en su desarrollo y resolución, Roman J. Israel, Esq. es una película nada desdeñable de la que tal vez el espectador interesado en desentrañar la naturaleza de la corrupción pueda sacar más jugo del que parece en un primer vistazo. 


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Un comentario sobre “Crítica de ‘Roman J. Israel, Esq.’: No se puede vivir de la esperanza

  • el 11 mayo, 2018 a las 16:52
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    Pues como bien indicas hay momentos en los que se pierde el hilo porque le han metido morralla. Pero en si el planteamiento me gusta.

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