Crítica de ‘Laberinto de pasiones’: Promiscuidad ochentera y ganas de vivir

Las críticas de Carlos Cuesta: Laberinto de pasiones

El año que yo nací se estrenó Laberinto de pasiones, o al revés. Esa película que ahora puede parecernos absolutamente trasnochada tuvo que ser en su momento absolutamente moderna. Esa pasión por la novedad, la modernidad y la experimentación la vive uno de los protagonistas, el hijo del tirano de un país inventado (Imanol Arias) exiliado en Madrid. Su camino convergerá con el de una cantante ninfómana (Cecilia Roth) inmersa en la vorágine de la movida para llegar a la feliz conclusión de que lo importante en la vida es hacer lo que uno desea, porque lo antiguo o lo nuevo, lo extraño o lo corriente, no son de por sí fórmulas infalibles para la felicidad.
Laberinto de pasiones es una forma de tributo a los grupos de la movida y a sus canciones; a la forma de relacionarse de un ambiente y una época; al desenfreno sexual y a las drogas, pero también un alocado tratado sobre la inoportunidad social y los convencionalismos, además de un experimento pop de diálogos dadaístas e imaginativos y de situaciones humorísticas que nos hace sentir a mitad de camino entre un tebeo de El Víbora y otro de Mortadelo y Filemón. Pero lo que ahora es un documento de hemeroteca, en el momento de estrenarse era el puro presente. Las alocadas canciones de Almodóvar y McNamara eran entonces algo contemporáneo. Han sido los años los que le han dado a esta producción ese carácter de homenaje que define una etapa del realizador en la que estaba encontrando su voz particular y experimentando hasta encontrar el estilo que le haría único.

Podríamos considerar esta película como una frontera entre una primera etapa absolutamente desenfrenada y las siguientes comedias de enredos que aunque beben de la misma fuente tiene una intención diferente y una estructura más formal en lo narrativo. En Laberinto de Pasiones los diálogos parecen más espontáneos, casi una tormenta de ideas, provocadores incluso para el provocador; se explota más el humor de situaciones y su producción es ciertamente más precaria, pero ya vamos descubriendo el armazón de la psicología del director y algunos de sus recursos preferidos, como el flashback y la recreación del pasado como explicación de las motivaciones y los traumas.
Otro de de las debilidades del realizador son los iconos y los fetichismos, generalmente juntos para crear contrastes, como pueden ser en este caso los póster de Bruce Lee y Julio Iglesias en la misma habitación del personaje que interpreta Antonio Banderas, un ciudadano de Tirania (el país inventado), que pretende secuestrar al hijo del emperador para lograr la libertad de su pueblo. Esta última frase, que casi te provoca risa al escribirla, nos da una idea del enredo que Almodóvar imagina para la trama a la que su suman cantidad de escenarios y personajes barrocamente singulares: como ejemplos, un hombre (Luis Ciges) incapaz de distinguir a su hija (Marta Fernández Muro) de su mujer, que se fugó de casa, propietario de un deseo sexual irrefrenable que le empuja a forzarla un día sí y un día no; un doctor que es una auténtica eminencia de la inseminación artificial al que el sexo le parece algo sucio pero cuya hija es una ninfómana (la franqueza seria de Fernando Vivanco es desternillante).

Aún hay más. El hijo del tirano es una auténtica locaza que quiere vivir la vida y conocer el mundo. El azar termina colocándole como cantante de un grupo musical. Sus deseos cosmopolitas son un reflejo de la actitud del director hacia el exotismo de los idiomas extranjeros (alguna conversación en francés y una representante de la realeza de origen italiano ponen el toque internacional a este folletín audiovisual). Todo compone una panorámica de enredo, escatología y performances varias que sólo puede definirse en su conjunto como almodovariana.

Desde luego no se le pueden reprochar la simpleza argumental con la que resuelve de forma drástica algunos nudos de la trama o se explican ciertos accidentes del pasado, ya que estamos frente a una comedia sin pretensiones en la que un par de ninfómanos (Imanol Arias y Cecilia Roth) se encuentran y descubren en el otro un amor cariñoso que surge de forma espontánea (parece surgir la idea de las almas gemelas, del tal para cual que se expone en Matador, aunque de forma más alegre y menos dramática). Aunque como no podía ser de otro modo esa concesión al amor sincero se ve empañado por una infidelidad. Como mensaje de fondo, si es que hay alguno, parece que la auténtica tiranía son las costumbres sociales si nos obligan a vivir como no queremos.

La conclusión de este laberinto nos recuerda a otras películas, otros ideas y escenas que aparecerán en títulos posteriores. Unos terroristas islámicos, una bomba en el avión y un disparatado final en un aeropuerto (Mujeres al borde de un ataque de nervios); o la propia Cecilia Roth practicando sexo en pleno vuelo (Los amantes pasajeros). El avión surcando el cielo como imagen evocadora del orgasmo, mientras oímos las voces paródicamente excitadas de los actores, define el espíritu de disfrute vital que empuja toda la película. Vive la vida como mejor te venga en gana.

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