Especial San Valentín: Historia del beso en Hollywood (2ª Parte)

Para devolver un poco de decencia a esa industria del vicio, Hollywood decidió autocontrolarse creando un código de moralidad que las películas debían respetar, y que estaría controlado por William Hays. El código Hays prohibía sin excepción la desnudez, las drogas, los partos y demás imágenes aterradoras para la mentalidad puritana de gran parte de los Estados Unidos. En cuanto a los besos, no debían de excederse con ellos y no debían durar más de tres segundos.

Es  cierto que las productoras no prestaron especial atención, al fin y al cabo a Hays le pagaba Hollywood, ¿y qué clase de perro muerde la mano que le da de comer? Todo empeoró en 1934, cuando entró en escena La Legión Nacional Católica de la Decencia. Si una película era clasificada como inmoral, su visionado se convertía en pecado mortal, y en consecuencia su éxito en taquilla peligraba. Por fin tenían el poder de intimidar a los estudios para que se mantuviesen dentro de las rígidas normas del código de decencia. Sería así hasta mediados de los cincuenta, cuando nuevos cineastas y productores valientes comenzaron a derrumbar los muros censores que les aprisionaban. 

La regla de los tres segundos, que con tanta docilidad respetaron los estudios, lo único que consiguió fue que esas escenas que se habían mostrado de manera casi inconsciente, alcanzaran tal importancia dentro de la trama de la película, que se convertirían en parte de la historia del cine. Tiene que transcurrir una hora de película antes de que Rheet Butlet (Clark Gable) bese a Escarlata o’Hara (Vivien Leigh), pero la imagen en Lo que el viento se llevó (1939) de ambos abrazados frente al ardiente color naranja del amanecer es ya legendaria. Al igual que ese “bésame como si fuese la última vez” que precede al beso entre Rick (Humpfrey Bogart) e Ilsa (Ingrid Bergman) en Casablanca (1942). El primer plano se enfatiza con el aumento en la intensidad de la banda sonora, y no importa que el beso dure tres segundo o tres horas, porque en ese momento se hace eterno.

Las rígidas normas obligaron a guionistas y directores a agudizar el ingenio para evitar a la Legión de la Decencia. En 1943 George Stevens estrenó El amor llamó dos veces. En esta comedia, la escena del beso se hace esperar, y es eso precisamente lo que la carga de erotismo. Comienza con la pareja protagonista, Jean Arthur y Joel McCrea, volviendo a casa por una calle poco iluminada llena de amantes achuchándose por las esquinas, un anticipo de lo que va a ocurrir. Sin embargo, al llegar al portal de ella, se sientan en las escaleras y McCrea se dedica a acariciarla mientras ella intenta mantener una conversación. El juego de manos entre él intentando tocarla y ella evitándolo, se alarga dos minutos antes de que finalmente se besen.

Sin duda la más famosa de estas tretas fue la de Alfred Hitchcock en la película Encadenados. Ingrid Bergman y Cary Grant comparten una larga escena de amor en su habitación de hotel. La pasión de los protagonistas es contenida por el auricular del teléfono que les separa. Grant mantiene una conversación con el servicio de habitaciones mientras Ingrid Bergman le acaricia la boca y las mejillas con sus labios, haciendo que cada roce rara vez dure más de segundo y medio. Tras colgar el teléfono, los amantes siguen abrazados susurrando el uno en la boca del otro. No existía norma que fuese contra eso, así que la escena se libró de la censura sin problemas. 

 
Ingrid Bergman y Clark Gable en Encadenados

Con los años cincuenta, los realizadores se rebelaron contra la norma y cada vez se veían más escenas en los que los besos dejaban de ser meras muestras de cariño para convertirse en la expresión de la pasión entre hombre y mujer.

En 1951, Elia Kazan adaptó la obra de Tennessee Williams, Un tranvía llamado deseo. El film transgredía tantas normas a favor de la decencia que casi fue un milagro que se estrenara. Violación, homosexualidad, suicidio… a los censores les debían arder los ojos y sangrar las orejas. Para la historia del cine ha quedado la escena en la que Marlon Brando llama a gritos a su esposa, Stella. Ella baja languidamente las escaleras y él cae de rodillas llorando. Stella abraza la cabeza de su marido sobre su vientre y después cae sobre su hombro para acariciarle y arañarle la espalda mientras que poco a poco él se pone en pie cogiéndola en brazos y por fin se besan efusivamente. ¡Qué alguien me abanique!

Un tranvía llamado deseo dio luz verde a muchos proyectos que se habían quedado estancados por miedo a que la censura los recortara hasta hacer de ellos un reflejo borroso del guión original. Pero ahora la veda estaba abierta, y productores, directores y guionistas decidieron defender sus películas contra la Legión de la Decencia. Así, dos años más tarde, Fred Zinnemann se encargó de la dirección de De aquí a la eternidad, la adaptación de la novela homónima de James Jones. La trama giraba en torno a una relación extramatrimonial dentro de un cuartel militar en Hawaii. Unas interpretaciones magníficas, que supusieron dos Oscars a sus actores secundarios, Frank Sinatra y Donna Reed, y nominaciones a los principales, Burt Lancaster, Deborah Kerr y Montogomery Clift, unidas a un atronador éxito de taquilla y crítica, no ha salvado al film de envejecer, y ahora poco más se puede decir de este drama sentimental propio de la época, excepto una cosa: Tiene uno de los besos más famosos del cine, homenajeado hasta la saciedad y nunca superado. Las olas del Pacífico empapan los cuerpos de Deborah Kerr y Burt Lancaster mientras se besan. La mujer se zafa de él y sale corriendo, el hombre la sigue y cae de rodilla junto a la toalla donde ella le recibe con un beso en el que toman protagonismo las manos y la espalda de Lancaster que consigue abarcar a Deborah Kerr por completo.

Al separarse ella dice entre jadeos “nadie me ha besado como lo haces tú”. La escena fue suavizada con respecto al libro, donde los personajes de Milton y Karen van a la playa a practicar sexo. La pasión y el erotismo lo mantiene el espumoso mar, las gotas de agua goteando por la barbilla de Burt Lancaster y la subida de intensidad en una melodía ligeramente orgiástica. El resultado fue que, a pesar de que los dos protagonistas perdieran el Oscar, consiguieron que la escena se convirtiese en lo más recordado de su carrera. 

 
Deborah Kerr y Burt Lancaster en De aquí a la eternidad

Un año más tarde, Elia Kazan volvia a rodar un beso “de película”. En La ley del silencio, los personajes de Terry y Edie, interpretados por Marlon Brando y Eva Marie Saint, comparten una escena turbulenta, acompañada de una música estridente, en la que él fuerza a Edie, agarrándole los brazos, a que le bese haciendo que ambos salgan de plano tras una puerta. En ese momento la lucha de ella termina, la música se detiene, y en el siguiente plano se les ve arrinconados cayendo cada uno en brazos del otro y derribando cualquier voluntad.  Pero no todo beso tiene que ser la respuesta a los deseos reprimidos, convirtiéndose en momentos de tal intensidad en el drama que parece que sean un billete directo hacia la perdición. A veces un beso puede ser tierno, a veces puede ser incluso utilizado con motivos cómicos. Sólo tenemos que saltar cinco años en el tiempo, hasta esa obra de arte de Billy Wilder titulada Con faldas y a lo loco. En esta divertida historia de amor, equívocos , mafia y travestismo, el personaje de Tony Curtis, Joe, un saxofonista que se ve obligado a hacerse pasar por mujer y entrar en una orquesta femenina para poder huir de la mafia, se enamora de una preciosa cantante llamada Sugar que, ironías del destino, siente debilidad hacia los saxofonistas golfos que la hieren. Para ganársela, Joe se hace pasar por millonario y la invita una noche a cenar a su yate. Para reafirmar su papel de hombre sensible, Joe inventa un trauma que le impide excitarse cuando alguien le besa. Pero claro, Marilyn Monroe no es sólo “alguien”, y como una enfermera diligente, Sugar se lanza a un tratamiento de choque a base de besos apasionados. Esa escena entra directamente en el top diez de mejores besos de cine, si bien Tony Curtis describió la experiencia como “lo más parecido a besar a Hitler”…¿Qué sabría él? Al fin y el cabo no supo mantener una sola esposa.

 
Marilyn Monroe y Tony Curtis en Con faldas y a lo loco
 

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(Podéis leer la primera parte de este especial aquí
 

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