Crítica de ‘C’est la vie!’: La comedia francesa nos lleva años de ventaja

Las críticas de Pablo Cózar: C’est la vie!

Me es imposible comenzar esta crítica de otra manera: no se puede titular una película llamada en versión original Le sense de la fete, literalmente “El sentido de la fiesta”, como C’est la vie!  No sé de quien es la decisión, pero es de un rancio que tira para atrás, de hecho, parece sacado de un sketch de Top Secret. No es la primera vez que sucede esto. En 1990 una película titulada La baule – les pins, protagonizada por el mismo Jean-Pierre Bacri que aparece en esta misma producción fue bautizada en nuestro país como C’est la vie, eso sí, sin signo de exclamación, vaya a ser que el tópico se nos escape de las manos. Aunque podría haber sido peor, aún quedaba la siempre ofensiva opción de llamarla “Sacre bleu”. Pero por suerte para el espectador, el mayor problema de C’est la vie! es ese, por lo demás nos encontramos ante una notable comedia francesa, capaz de llevar lo cotidiano y lo absurdo de la mano sin caer en lo rancio.

Olivier Nakache y Eric Toledano escriben y dirigen esta cinta, segundo intento tras aquella maravilla llamada Intocable, alejándose del escarceo con el drama social estándar que desarrollaron en Samba y abrazando el lado más clásico de la comedia francesa. Lo que ambos consiguieron en la película que catapultó a la fama a Omar Sy fue algo inaudito, una comedia capaz de tratar temas delicados sin caer en el dramatismo a la vez que combinaba un humor incómodo y amable al mismo tiempo, quizá por eso cuando intentaron repetir fórmula con Samba el tiro les salió por la culata, no siempre se acierta con una mezcla tan delicada de ingredientes. El giro a algo más tradicional como C’est la vie! es el paso lógico para ambos autores, una comedia coral de enredo con aspiraciones mucho más mundanas.

La historia gira en torno a Max Angely, dueño de una empresa de organización de bodas, y de todo su equipo a la hora de cumplir los absurdos requisitos y peticiones del novio más ególatra que se recuerda en el cine reciente. Con esta premisa asistimos a un desfile de variopintos personajes que irán tejiendo, con mayor o menor acierto, el hilo cómico de la película, cayendo alguna que otra vez en el exceso de azúcar.

Jean-Pierre Bacri (Didier, mi fiel amigo) es el citado Max, personaje principal de la comedia y malhumorado jefe y dueño de la empresa, del que parece que hayan diseñado el personaje a su medida. Jean-Paul Rouve (Largo domingo de noviazgo) está correcto en su papel de fotógrafo de eventos, aunque se pierde en la simpleza del personaje. Entre el resto del reparto cabe prestar especial atención al personaje de Gilles Lellouche (No se lo digas a Bruno), quien tiene uno de los papeles más agradecidos como un trasnochado cantante de bodas. También merece una mención especial Eye Haidara (Les gorilles) como la mano derecha de Max, no siempre tan rígida como aparenta. Pero sin lugar a dudas es el personaje de Pierre, el novio, interpretado por Benjamin Lavernhe (Pastel de pera con lavanda), quien tiene el momento más memorable de la película.

En conclusión, C’est la vie! viene en cierta manera a cumplir dos funciones. Por un lado redime a Toledano y Nakache como representantes de la comedia francesa actual y por el otro es un paso más en la confirmación de que es improbable que vuelvan a conseguir algo que se acerque al nivel de calidad de Intocable. Teniendo esto en cuenta, C’est la vie! es una muy entretenida comedia con algunos momentos surrealistas brillantes, pero con otros en los que en el exceso de querer mostrar momentos monos o entrañables se pasan y caen en la sensiblería. A estas alturas de año, y viendo que por ahora el nivel de comedia está por los suelos, se agradece que existan este tipo de películas que sí que hacen que el espectador salga con una sonrisa de la sala. Y quizá sea ahí donde Francia nos saca años de ventaja, es capaz de dejar algo que les ha funcionado en paz para volver a lo más básico y la vez lo más difícil, hacernos reír.

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