Crítica de ‘La fiesta de las salchichas’: ‘Toy Story’ para adultos

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: La fiesta de las salchichas

Hace un par de meses, un grupo de padres que había llevado a sus niños al cine a ver Buscando a Dory, salieron de las salas enfurecidos porque entre los tráilers se había colado una película poco apropiada para niños. El error era, hasta cierto punto, comprensible pues se trataba de una película de dibujos animados, pero eso no era suficiente para los malhumorados padres, y el presidente de la cadena de cines Brenden Theaters tuvo que disculparse públicamente. La película era La fiesta de las salchichas y, se tratara o no de una táctica publicitaria, lo cierto es que nada podía darles mejor publicidad. Calificada como para mayores de 16 años en Canadá y con categoría R en los Estados Unidos, La fiesta de las salchichas se une a South Park o Beavies y Butthead para reivindicar que los dibujos animados también pueden ser para adultos.
 
Hay un refrán que reza “Dios los cría y ellos se juntan”. En Hollywood, ese Dios debe ser Judd Apatow porque no hay proyecto en el que aparezca alguno de sus actores fetiches en el que no se enchufe al resto. Eso es lo que pasó el día en el que a los actores Jonah Hill y Seth Rogen se les ocurrió una idea para una película. Juntaron a un equipo de guionistas formado por Kyle Hunter y Ariel Shaffir (ambos responsables de los guiones de películas como Los tres reyes malos o Juerga hasta el fin), Evan Goldberg (Supersalidos, La entrevista) y el propio Rogen y crearon La fiesta de las salchichas, una comedia gamberra que se diferencia del resto de sus trabajos en que esta vez la protagonizan dibujos animados.

Para llevar las riendas de la producción se necesitaba a alguien curtido en el mundo de la animación. La fiesta de las salchichas está dirigida por Greg Tiernan, director de la serie de animación británica Thomas y sus amigos, y Conrad Vernon (Shrek 2, Monstruos contra alienígenas) que han tenido que desprenderse de la corrección política de la tradicional animación infantil para llevar a buen puerto este proyecto tan arriesgado.

La fiesta de las salchichas nos lleva a la víspera del cuatro de Julio, cuando todos los hogares norteamericanos se preparan para sus fiestas y barbacoas. Un grupo de alimentos de la cadena de supermercados Shopwell esperan ser los elegidos por sus dioses, los hombres, para llevárselos a casa. Entre ellos, la salchicha Frank espera con ansia el poder entrar por fin en su novia, un pan de perrito caliente llamado Brenda. Ese mismo día, un bote de mostaza es devuelto por un cliente, y llega con delirios sobre el infierno que realmente les espera a esos productos si son elegidos. A partir de ese momento, Frank y Brenda se ven arrastrados a una aventura en la que una intentará regresar a su pasillo, y el otro querrá descubrir la verdad. Les acompañan Sammy, un bagel judío, y Lavash, un pan de pita musulmán. También reciben la ayuda de Teresa, una tortilla de maíz lesbiana, enamorada de Brenda, que les ayudará a huir de Douche, la malvada lavativa vaginal.

Sí, así de loco, vulgar e incómodo, y así de divertida. Porque La fiesta de las salchichas es, para todo enemigo de lo políticamente correcto, un no parar de reír. Se la ha tachado de racista, sexista y de alimentar estereotipos, pero esperad a ver al chucrut desfilar como el ejército nazi, o a un bagel y un pan de pita discutir sobre el problema palestino, y luego me decís que puede más, si vuestra incomodidad o vuestras ganas de reír.

Desde No es cine todo lo que reluce os recomendamos que, si os es posible, busquéis un cine de versión original, porque otro de los puntos fuertes de la cinta está en el doblaje. Como ya he dicho, Seth Rogen y compañía van siempre en comandilla, y entre los nombres del reparto están Paul Rudd, Michael Cera, Krysten Wiig, Craig Robinson o Bill Hader, y se suman algunos nuevos como Salma Hayek o Edward Norton.

En La fiesta de las salchichas se estira el humor tanto que habrá ocasiones en las que el espectador se sienta ofendido o incómodo. Incluso podría añadir que la orgía final me parece gratuita si pensamos en los ochenta minutos anteriores de connotaciones sexuales y metáforas mucho más divertidas e inteligentes, pero es que aquí no hay medias tintas. Se trata del gamberrismo por el gamberrismo, de buscar la risa fácil aun si eso significa herir sensibilidades, y en ese sentido la película aprueba con nota.

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