Crítica de ‘The Duke of Burgundy’: Entre el tedio y el sopor

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
The Duke of Burgundy

Se estrenan en España con varios años de retraso dos películas del director británico Peter Strickland. The Duke of Burgundy  (2014) este viernes y Berberian Sound Studio (2012) la semana que viene. Una vez vistas coloco a Strickland en mi particular lista de directores con los que ser cuidadoso en el futuro. Ver estas dos películas en el margen de unos pocos días me tiene al borde de la sobredosis de pretenciosidad y artificio. 

No dudo que habrá espectadores que entrarán en el juego que Strickland propone, que conectarán con sus códigos visuales o se lo pasarán de rechupete con sus audacias (esa es la palabra que mola en ciertos ambientes cinéfilos) como realizador. A mí la audacia no me parece un valor en sí mismo, valoro y disfruto de los directores valientes y arriesgados cuando su riesgo, su valentía y su audacia conducen a algo. Pero cuando el resultado es el vacío más absoluto tengo la ultrajante sensación de haber perdido casi dos horas de mi tiempo.

Paso a explicarme. The Duke of Burgundy consiste en la tediosa y repetitiva puesta en escena de un ritual (presuntamente) sadomasoquista entre dos mujeres Cynthia (Sidse Babett Knudsen) y Evelyn (Chiara D´Anna). Cynthia entomóloga de profesión ejerce, las más de las veces, el rol de dominatrix y somete a Evelyn a prácticas degradantes tratándola con una actitud que oscila entre la displicente indiferencia y la más manifiesta humillación. En momentos, el ritual se interrumpe y entre ambas se establece una relación aparentemente de igual a igual que resulta confusamente ambigua. Añadamos momentos de voyeurismo, ciertas prácticas de fetichismo y alguna que otra extraña parafilia. Habrá algún lector que a estas altura se preguntará ¿y este tío dice que eso es aburrido?

Pues sí. Lo es. La puesta en escena es chirriantemente kitsch desde los títulos de crédito tanto en los setenteros virajes de color como en la canción que los acompaña hasta terminar con la metamorfosis de una mariposa. Y de estas tendremos un rato. Mariposas vivas y muertas, en su hábitat natural y recreadas digitalmente, en fase de huevo, de oruga, de crisálida y de mariposa adulta. Peter Strickland nos hace asistir en no menos de cuatro ocasiones a sesudas charlas entre expertas (son todo mujeres) en mariposas que disertan sobre los hábitos reproductivos de las mismas. Les aseguro que hay momentos para cortarse las venas.

En cuanto a las actrices, lo mejor que se puede decir de ellas es que se entregan con convicción a dar vida a dos personajes imposibles. La actriz danesa Sidse Babett Knudsen (la protagonista de la serie Borgen) se mueve en un registro limitado de estados de ánimo en su papel de abusadora, y Chiara D´Anna hace una rica interpretación de la sumisa Evelyn. El problema es que es tal la artificiosidad del vínculo que se establece entre ellas que estrangula toda espontaneidad y reduce el morbo a cenizas.

La estética trasnochada se mantiene a lo largo de la película, planos exasperantemente largos, inacabables silencios y ruidos molestos conducen el film con un ritmo plomizo en la siniestra atmósfera de una casona apartada en el bosque a donde las protagonistas llegan en bicicleta. Una de las protagonistas ronca. El gato no puede dormir. Planos reiterativos de un baúl en el que la otra mujer permanece encerrada porque al parecer le pone dormir atada y encerrada. Planos de ropa interior femenina siendo lavada en un barreño, la cámara se recrea en las burbujas que hace el jabón sobre los bordados remates de la lencería.

No tengo ninguna duda de que tras esta apuesta estética existe una intención del director de seguir algún ideario artístico con fines que no me quedan claros en ningún momento. Probablemente The Duke of Burgundy podría ocupar un lugar dignísimo en algún museo de artes audiovisuales. No discutiré con nadie que interprete que detrás de sus pretenciosos planos se esconde la más sublime poesía o una inteligente carga irónica. Muy bien. Para ellos. Yo me aburro, cambio doscientas veces de postura en mi asiento y miro el reloj con el frustrante resultado de apenas un par de minutos transcurridos desde la última vez. De hecho, permanezco hasta el final de la película solo por la firme intención de escribir estas líneas que, en buena ética, no debería escribir si no hubiera visto la película entera. 

En el tramo final, Strickland opta ya abiertamente por experimentar con la videocreación y creo intuir que pretende establecer alguna sofisticada metáfora entre las dos protagonistas y una especie de mariposa, probablemente la que da nombre al título de la película, pero a estas alturas mi estado de estupor es tal que no consigo pillarla. Hacía mucho tiempo que no veía tanta pretenciosidad con envoltorio de trascendente, tanta nada teñida de morbo y tanta impostación soporífera.

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