Crítica de ‘Demolición’: A la felicidad por la destrucción

Las críticas de Óscar M.: Demolición
La incansable búsqueda de la felicidad del ser humano ha dado para estudios, análisis y teorías desde el principio de la consciencia del hombre y no es ajena al mundo del cine. Demolición propone al espectador un viaje para encontrar el bienestrar con uno mismo a través de la destrucción del sistema establecido.
La película cuenta la historia de un ejecutivo que tiene la vida completamente resulta (económica y emocionalmente). Un giro drástico de los acontecimientos le obliga sin miramientos a replantearse todo aquello en lo que se apoyaba su (falsa e injustificada) felicidad aparente.

Jake Gyllenhaal está exhuberante como único e indiscutible protagonista, demostrando su predilección por los personajes extraños y su capacidad para ofrecer una actuación contenida, transmitiendo a la perfección la imposibilidad de lidiar con las emociones que se agolpan en su interior, sin posibilidad de expresarlas a sus semejantes.
Los sorprendentes giros argumentales del guión sobresaltan al espectador en una historia que le mantiene en vilo todo el tiempo, a pesar de la lentitud de la historia o la aparente poca importancia de ciertas escenas (como las del desmontaje de los elementos defectuosos que rodean al protagonista), que provocan la carcajada más descontrolada (por rozar lo absurdo).
Y luego está la destrucción, perfecto ejemplo de esa necesidad que tenemos de perdernos para luego encontrarnos, desfasar un fin de semana para luego volver a ser responsable y comedido cuando llega el lunes. El ser humano necesita esa vía de escape para sentirse vivo, reencontrarse consigo mismo, ser feliz, valorar lo que tiene y disfrutar de la vida plenamente.
Arrasar con todo lo que encuentra a su paso es el proceso que encuentra el personaje para asimilar su pérdida y poder seguir adelante con ella, la destrucción de lo que le rodea es, simplemente, una forma de demostrar físicamente su malestar por los acontecimientos que le han sucedido, algo que otra persona podría haber demostrado dándose a la bebida o a las drogas. Pues, el personaje interpretado por Gyllenhaal destroza cosas.
El director Jean-Marc Vallée ha construido una película que quedará en la memoria de los espectadores como peculiar por su montaje (como ya lo hicieron C.R.A.Z.Y. y Dallas buyers club), aunque tampoco éste sea excesivamente alternativo ni sorprendente, pero que funciona como algo novedoso (y recuerda a American psycho, también en la estética del protagonista con esas gafas retro).
Del mismo modo, la historia está llena de personajes perdidos, sin rumbo fijo, como el interpretado por Naomi Watts (atrapada en una relación insatisfactoria y encontrando una vía de escape a través de las cartas que recibe), o el de su hijo en la ficción Judah Lewis (un adolescente que descubre lo peor del ser humano demasiado pronto sólo por intentar ser feliz dentro de la apática existencia que le rodea).
A pesar de su total orientación hacia un final feliz (que podría decirse que lo tiene), Demolición no necesita cerrar todas las tramas, ni atar todos los cabos, porque, como la vida misma, la historia seguirá más allá, pero ya hemos visto lo importante: cómo encontrar la felicidad dentro de nosotros mismos.

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