Crítica de ‘Steve Jobs’: Aburridos apuntes biográficos en tres actos

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Steve Jobs

Que Steve Jobs en una de las personalidades más relevantes de la transición entre el siglo XX y el XXI es algo incuestionable incluso para sus detractores. Su prematura muerte (56 años) en octubre de 2011 hacía vislumbrar que su controvertida personalidad no pasaría desapercibida para la industria cinematográfica que intentaría encontrar en Jobs un filón con el que practicar uno de los géneros favoritos de Hollywood durante las últimas décadas: el biopic.

En 2013, cuando todavía no se habían cumplido dos años de su muerte llegó la primera: jOBS, dirigida por Joshua Michael Stern y con un actor tan endeble como Ashton Kutcher en el papel protagonista que hizo notables esfuerzos por adoptar la apariencia, los tics, los ademanes y la manera de andar del padre del iMac. Era aquella una película bastante mediocre que tras su lujoso envoltorio cinematográfico ocultaba un aparatoso telefilm “de luxe” que pasó sin pena ni gloria por crítica, público y premios cinematográficos.

Mucho se esperaba, por tanto, de este nuevo acercamiento a la figura de Steve Jobs, más aún cuando el triplete de nombres que se ocupaban de guion, dirección e interpretación auguraba una película sólida y, como mínimo, bien escrita, bien dirigida y bien interpretada.

Pero el Steve Jobs recién estrenado en España no es un biopic al uso, que nadie espere un largometraje que ahonde en su infancia para explicar su carácter, que nos muestre su crecimiento personal y el desarrollo del proceso creativo que le llevó a ser uno de los popes de la revolución tecnológica, y menos aún que recree la aparición del iPod, el iPhone, el iPad, el iMac o el MacBook. No. Steve Jobs es un drama en tres actos escrito por el guionista Aaron Sorkin jugando a ser Shakespeare, dirigido con bastante desidia por Danny Boyle e interpretado por un Michael Fassbender que no hace grandes esfuerzos por parecerse físicamente a Steve Jobs y desde luego ninguno por imitarle (lo cual no es necesariamente malo).

Y precisamente en esta conjunción de nombres es donde radica, en mi opinión, el problema que hace que Steve Jobs no funcione. Aaron Sorkin escribe una película, Danny Boyle dirige otra y Michael Fassbender interpreta una tercera. Y si las tres estrellas del equipo no se pasan la pelota en todo el partido nadie marcará gol, y menos aún Kate Winslet a la que han puesto a correr la banda durante todo el partido sin dejarla, tan siquiera, acercarse al balón. Resultado: empate a cero. Aburrimiento.

Que Aaron Sorkin es uno de los más inteligentes guionistas de Estados Unidos es algo sobre lo que no cabe ninguna duda, cualquiera que haya visto El Ala Oeste de la Casa Blanca o The Newsroom sabe que si algún problema tiene Aaron Sorkin con su intelecto es precisamente que le desborda, sus guiones son un auténtico derroche de elevado vocabulario y continuo intercambio de frases ingeniosas entre sus protagonistas. Esto puede llegar a saturar, por eso es preciso que el director entienda el guion a la perfección. En La Red Social (2011), David Fincher supo hacerlo y juntos hicieron una gran película por la que Aaron Sorkin se llevó el Óscar al mejor guion original.

En Steve Jobs, Sorkin adapta la biografía escrita por Walter Isaacson y escribe una pieza teatral en tres actos muy delimitados por las presentaciones del Macintosh en 1984 (primer acto), del NeXT en 1988 (segundo acto) y del primer iMac en 1998. En cada uno de los tres actos, Jobs está rodeado de los mismos personajes, su jefa de mercadotecnia Joanna Hoffman (Kate Winslet), su “amigo” Steve Wozniak, cofundador de Apple (Seth Rogen), el ingeniero Andy Hertzfeld (Michael Stuhlbarg), el director general de Apple entre 1983 y 1993 John Sculley (Jeff Daniels), su hija Lisa interpretada por tres actrices diferentes (una en cada acto) y la madre de esta, Chrissan Brennan, novia de juventud de Jobs (Katherine Waterston).

Los actores están bien aunque ninguno realiza un trabajo memorable, Kate Winslet hace probablemente el papel más anodino de su carrera y sólo en el tercer acto destapa un poco de su enorme talento, Jeff Daniels, en mi opinión el mejor intérprete de la película (Fassbender incluido) es el que muestra una mayor evolución (no sólo física, que eso es mérito de los maquilladores) sino personal, el resto se limita a cumplir. Michael Fassbender compone un Jobs frío en exceso que (me da miedo lo que voy a escribir) da valor al trabajo que Ashton Kutcher hizo hace un par de años. La concepción de la película, totalmente descriptiva y con algunos farragosos pasajes “made in Sorkin” hace que el resultado final sea aburrido y confuso.

Danny Boyle realiza una dirección perezosa que no engancha el guion por sus agarraderas y se le acaba escurriendo en un metraje innecesariamente largo. Una pena. Lo siguiente que nos espera en la cartelera sobre Steve Jobs es un documental titulado Steve Jobs: Man in the Machine (Alex Gibney, 2015).

Quizá el género documental se adapte mejor que la ficción a la personalidad de un hombre tan controvertido que a pesar de lo mal que hablan de él los que le conocieron se ha convertido en un icono para las nuevas generaciones, alimentado, quizá en exceso, por algunas frases sacadas de contexto, fundamentalmente de su célebre discurso en la Universidad de Stanford en 2005, que han derivado en mantras virales para alimento de presentaciones de Power Point (qué paradoja) que viajan por el correo electrónico y la mensajería móvil como paradigmas de la motivación, de la creatividad o de la persecución de los sueños.

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