Crítica de ‘Los odiosos ocho’: Cluedo salvaje rodeados de la ventisca

Las críticas de Carlos Cuesta: Los odiosos ocho

He visto la última de Tarantino,
una de esas cosas que hay que hacer, como celebrar los aniversarios o la
Navidad. Es un evento forzoso que invoca un tipo de cine que se parece
al amigo carismático al que se le permiten ciertas salidas de tono y
extravagancias que no toleramos a otros. Pero lo cierto es que detrás de
ese trastorno aparentemente aleatorio (del amigo y de Tarantino)
hay mucho talento y carisma, respaldados en este caso por un equipo técnico fabuloso, una banda
sonora soberbia y un elenco de veteranos difícilmente mejorable.

Los odiosos ocho es larga, es violenta y es genial. En esta trama el realizador vuelve a dar rienda suelta a su cinismo y a su cinefilia y demuestra una vez más su capacidad sobresaliente para la construcción de personajes, la redacción de diálogos y la gestión de la tensión creciente de las escenas. En total coherencia con su estilo personal, que hace del plagio y el autoplagio un arte, el director ofrece un nuevo argumento al tiempo que revisita escenas y ambientaciones de sus títulos anteriores y las reviste para un nuevo Western postmoderno con toques de Agatha Cristie.

Durante una terrible ventisca de nieve, una serie de despreciables personajes terminan recluidos indefinidamente en un albergue de montaña. Dos de ellos son una criminal (Jennifer Jason Leigh) cuya captura vale 10.000 dólares y un caza recompensas (Kurt Russell) que pretende llevarla a la horca a toda costa. La acción transcurre en el oeste americano en algún momento durante o después de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos, y el director se sirve de esta época para pintar un mosaico de divisiones, desconfianzas, fobias y manías en las que más de un personaje no es quien dice ser. Los odiosos ocho es una corrosiva partida de Cluedo en medio de la nada, dentro de una cabaña que reproduce a pequeña escala el mundo supuestamente civilizado de Norteamérica para compararlo (de nuevo) con su pasado más salvaje.

Es fabuloso ver en funcionamiento el mecanismo tarantiniano. Varios planos de un paraje nevado y unos horteras títulos de crédito anteceden a un zoom interminable en un cruce de caminos. El espectador y la acción ya están situado en plena ventisca y en el género del Western (o algo así); personajes recios, crudos, violentos, supervivientes pese a la hostilidad del mundo se nos van presentando y van cogiendo sitio; luego llegan unas referencias familiares a las que podemos asirnos, de las que creamos saber algo (Lincoln, Guerra de Secesión, Oeste americano) y el espectador tragará con todo tipo de anacronismos y regates a la Historia. Tragarán, como yo tragué, mientras los actores se sometan a la coherencia interna del guión, a la lógica de las debilidades humanas, a la mecánica de sus personajes y siempre y cuando nos diviertan. El director por su parte nos da garantía de irrealismo, insiste en la sangre que brota de forma imposible y cuanto más nos quiera convencer de lo improbable que es la historia más pensaremos que se parece a la realidad. Mientras, ríanse de la crueldad de la vida gracias a unas conversaciones que desmenuzan la psicología del mundo según el evangelista Tarantino.
Los odiosos ocho ocurre en uno de los escenarios meteorológicos más inhóspitos y lamentables posibles, muy lejano a las comodidades habituales del mundo moderno, y sin embargo, su análisis del sistema de justicia y de la desconfianza humana puede extenderse a nuestra sociedad “civilizada” y leerse en clave de género, de raza o de geografía. Como en El gran teatro del mundo de Calderón de la Barca, cada actor asume un papel y lo asume con el conocimiento de que la vida le podría haber colocado en el lugar de la persona que está enfrente. Ocho extraños encerrados en una caseta, uno o varios de ellos con la intención de matar al caza recompensas y liberar a la prisionera, es sólo la excusa para hablar de una sociedad hostil donde la diferencia entre las personas decentes, los odiosos y los muy odiosos es muy circunstancial, tanto como sus prejuicios y los conceptos raciales o sociales que los separan.
La promoción de la película y de su plantel ha sido tan acosadora que no quiero aburrir con una enumeración de sus intérpretes. Cabe decir que todos están perfectos, que Kurt Russell está insuperable y Samuel L. Jackson se nos ofrece en estado de gracia. Todos los personajes son unos canallas cada uno de su padre y de su madre pero incluso entre ellos hay grados de deshonor. La actitud de alguno de ellos nos muestra que en el caos de la desconfianza mutua más descarnada, ciertas normas de cortesía y ciertas leyes, oficiales u oficiosas, son necesarias incluso entre hombres semejantes a hienas. Algunas concesiones a la confianza o a la inocencia son la única forma de que el mundo siga girando, aunque llegado el momento sea algo que puede costarnos la vida.
Unos personajes extraordinarios, unos diálogos rotundos y tronchantes y una ambientación absolutamente lograda, que encierra al espectador en la cabaña de los ocho odiosos, son razones más que suficientes para ir a ver esta película. Los excesos del director, en la duración y en los estragos del último episodio de la cinta, son los argumentos para no hacerlo. Tarantino tiene sus cosas, pero estoy convencido que es mejor verlo a que te lo cuenten.

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