Crítica de ‘La chica danesa’: Exquisita y conmovedora historia de amor

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: La chica danesa

Hace unos meses una foto de Eddie Redmayne travestido de mujer se hacía viral. Era la primera imagen que nos dejaban ver de La chica danesa, la última película del director Tom Hooper que, más allá de tratarse de un drama sobre el primer transexual “famoso” en someterse a una operación de cambio de sexo, es una enorme y conmovedora historia de amor.

La chica danesa es la adaptación de la novela homónima de David Ebbershoff que narra la historia real del matrimonio de pintores daneses Einar y Gerda Wegener. Einar, paisajista de cierto renombre en su país, vivió gran parte de su vida en un sexo equivocado. Cuando comenzó a posar como modelo femenina para su esposa, su verdadero ser se liberó y comenzó su transformación a Lili Elbe, la mujer que siempre vivió en él. Gerda le acompañó durante toda su metamorfosis aún como su esposa y amiga.

Quince años ha tardado en llegar a la pantalla la historia de Lili Elbe, antes Einar Wegener, y su esposa Gerda. En esos quince años, la producción ha pasado de la posibilidad de que Wegener fuese interpretado por Nicole Kidman, que ambicionaba el papel, a aplicar la lógica y entender que Einar debía ser un hombre.

Tom Hooper era el director perfecto para dirigir la cinta con guión de Luncinda Coxon. Su sensibilidad a la hora de filmar emociones, ya sea la angustia de un rey tartamudo en El discurso del rey, o el desgarro cantado por Ann Hathaway en Los miserables, ya prometía la poesía visual y emocional que se recita durante cada escena de La chica danesa. Para ello se ha rodeado de un equipo técnico que pone en juego nuestros sentidos. La vista la alimenta una magnífica fotografía a cargo de Danny Cohen, el favorito del director, que capta a la perfección la luz fría del norte de Europa, dejándose influenciar por las austeras escenas de interiores pintadas por el danés Vilhem Hammershoi, donde la luz parece deslumbrar a través de los cristales de las ventanas. Las escenas más oscuras concuerdan con los momentos de soledad de Einar en los que, a escondidas, busca su propia feminidad, como en las escenas en el interior del ballet de Copenhague o en su visita al prostíbulo de París. En ellas Cohen limita la luz al mínimo con bombillas de tono anaranjado, enfatizando la intimidad del momento. Esta fotografía utiliza como soporte un finísimo trabajo de diseño de producción a manos de Eve Stewart, otra colaboradora habitual de Hooper, que ha llevado a cabo un exhaustivo trabajo de investigación de la época y los lugares por donde se movió el matrimonio protagonista hasta crear una paleta de colores para los escenarios. Las escenas con luz artificial se vuelven fastuosas con los impresionantes escenarios art nouveau de los salones artísticos parisinos de la época, o el bosque de tutús de las bambalinas del ballet, donde abundan los tonos rojizos, azafrán y dorados, mientras que los interiores y exteriores daneses se colorean en grises. Estos tonos coinciden además con los que dominan en la estética del protagonista según sea Einar o Lili.

En el aspecto técnico no podemos dejar pasar el trabajo del diseñador barcelonés Paco Delgado que, más allá del bellísimo vestuario acorde a la época, consigue que en el caso de Lili este se transforme como lo hace ella. De este modo, sus primeros travestismos en Copenhague, tímidos con el fin de pasar desapercibidos, se convierten en más exuberante en París, con telas livianas de más movimiento como la seda o el chifón que ofrecen más libertad, como libre se va haciendo Lili. Por supuesto, las fuentes de inspiración que buscó las encontró en los diseñadores que marcan esta década: Lanvin y Coco Chanel.

En cuanto a la banda sonora, compuesta por Alexandre Desplat, es todo lo buena que cabe esperar de él, pero no estamos ante uno de sus mejores trabajos. Suena a algo escuchado antes y solo permite destacar la pieza Lili’s dream, una composición para piano que suena en uno de los momentos más conmovedores de la película.
Sin embargo, cualquier aspecto técnico resulta superficial
si no existen buenas interpretaciones, pero La chica danesa no tiene que
preocuparse por eso porque su pareja protagonista es su mejor mano.
Eddie Redmayne
se llevó el año pasado el Oscar por su pulida
interpretación en La teoría del todo, pero aquí no se queda corto. Si
entonces se convirtió en un calco del físico Stephen Hawking, en este
caso no tenía más que material fotográfico, por lo que ha tenido que construir el personaje desde la nada. Para meterse en la piel de Einar,
Redmayne
tuvo la ayuda de Lana Wachowski, con quien trabajó en El destino de Júpiter, quien le guió a través de libros y de su propia experiencia
sobre el dolor y la confusión que supone nacer con un género con el que
no te identificas. Todo en su interpretación está cimentado sobre un
profundo sentimiento de dignidad. A pesar de que algunos críticos han
tachado su actuación de amanerada, lo que Redmayne intenta reflejar es a
una recién nacida mujer buscando los gestos y la femineidad que se
esperan de ella. Pero más allá de esa interpretación tan jugosa para la Academia, está el impecable trabajo de Alicia Vikander en el papel de Gerda; un papel femenino fuerte y comprensivo que gana la empatía del espectador por el amor incondicional que profesa a su pareja por encima de sus propios deseos o convencionalismos sociales. Vikander hace malabarismos entre la ternura y una rabia contenida consiguiendo que aquello que imaginamos idealizado para la película sea totalmente creíble.
El trabajo de secundarios como Amber Heard, Ben Whishaw o Matthias Schoenaerts es firme, pero queda tan desdibujado por ambos protagonistas que llegaa a preguntarte si eran siquiera necesarios. 
La chica danesa no alcanza la grandeza de Los miserables o la deliciosa sencillez de los diálogos de El discurso del rey, pero convence sobre las actitudes de Tom Hopper para dirigir un equipo de primera con el que consigue narrar una historia de amor tan delicada como el susurro de una media rozando la piel.

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