Crítica de ‘Taxi Teherán’: La vida en un taxi

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Taxi Teherán

Cuando oigo hablar de cine iraní, el primer nombre que me viene a la cabeza es el de Abbas Kiarostami. Confieso que me he aburrido mortalmente con todas sus películas hasta que un día me sorprendí a mí mismo fascinado viendo Copia Certificada, y aunque algo me dice que la culpable de la fascinación es Juliette Binoche, reconozco que la película tenía un pulso narrativo (con salto mortal incluido) que yo nunca le he sabido encontrar al resto de sus films. No comparto, por tanto, la veneración que la mayoría de los cinéfilos de pro tienen por un director al que han elevado a los altares del cine de autor.
Sin embargo, su pupilo Jafar Panahi, que fue su ayudante de dirección en A través de los olivos (1994), siempre me ha resultado mucho más interesante. Sus primeras películas El Globo Blanco (1995), El Espejo (1997) y El Círculo (2000) tenían cierta impronta de su maestro, pero a diferencia de Kiarostami, siempre he apreciado en Panahi un mayor apoyo en el relato, lo que quiere contar está siempre por encima de la forma o el estilo. No pretende resultar genial ni dejar su huella en cada plano como Kiarostami. En su cine, mucho más pegado a la realidad,  Panahi siempre ha ejercido una valiente denuncia de lo que ocurre en su país, ese “paradigma” de la democracia, la libertad y el respeto a los derechos humanos llamado República Islámica de Irán. 
Su cine ha ido evolucionando, es cierto que en gran medida (o en total medida) obligado por sus circunstancias vitales, hacia un modo de hacer cine más directo, hasta esta Taxi Teherán que supone una obra cumbre de lo que podríamos llamar un neo-neorrealismo (o añádanse los “neo” que se consideren oportunos). 
En el año 2009 Jafar Panahi fue encarcelado por primera vez, tras su liberación se le retiró el pasaporte para que no pudiera salir del país. En 2010 volvió a ser detenido y tras permanecer 88 días en la cárcel, fue liberado tras la presión de Amnistía Internacional y de las peticiones de multitud de personalidades del mundo del cine de todo el mundo. De hecho, se encontraba encarcelado durante la celebración del Festival de Cannes de 2010 al cual había sido invitado como jurado. Actualmente se encuentra en su país condenado a veinte años sin poder hacer cine, conceder entrevistas y viajar al extranjero. Y todo ello ¿por qué?. Pues por que a las autoridades islámicas no les gusta que un cineasta incómodo realice películas de “realismo sórdido” que es el ridículo eufemismo que ellos utilizan para referirse a la falta de libertad y democracia.
El caso es que desde el año de su condena se las ha arreglado para realizar tres películas y conseguir que sean vistas fuera de Irán. En el año 2011 realizó Esto no es una película, editada en DVD en España, en 2013 Pardé (inédita en España) y en 2015, esta Taxi Teherán, que logró presentar en la última edición del Festival de Berlín donde se alzó con el Oso de Oro. Y aunque resulta fácil pensar que entre las razones del jurado para concederle el máximo galardón pesaron bastante las circunstancias vitales de Panahi y la irrenunciable posibilidad de darle un bofetón al represor y dictatorial régimen iraní, la película tiene incuestionables valores por sí misma para ser reconocida. 
Jafar Panahi hace de la necesidad virtud y es capaz de realizar 82 minutos de puro cine a bordo de un taxi, dando una auténtica lección de creación personal ajena a la industria, al abusivo empleo de la postproducción y a la dependencia del dinero y de los medios técnicos. 

Taxi Teherán discurre durante todo su metraje en la difusa línea que separa la ficción del género documental, y si en algún momento cae hacia algún lado, lo hace hacia el de este último. La cámara de Panahi, (en realidad maneja alguna más) situada en el interior del vehículo, es girada a conveniencia del conductor (el propio Jafar Panahi) para mostrar a los personajes que suben a bordo del taxi o a las calles de Teherán donde transcurre la película. 

Los clientes del taxi, que a menudo lo comparten, componen una variopinta sociedad que sirve a Panahi para hablar de lo que quiere en cada momento. Comenzamos con una maestra y un hombre de profesión desconocida (inicialmente) que mantienen una intencionada discusión acerca de la justicia y de la pena de muerte, pero a lo largo del film, tendremos ocasión de que Panahi nos hable de la situación de la mujer en Irán, de los rituales religiosos, de la censura cinematográfica, de la piratería, de la corrupción, de las necesidades de la gente y de la vida misma a través de las voces de los que van subiendo y bajando de su taxi. 
Especialmente interesante es el momento en el que Panahi sube en el taxi a su inteligente sobrina, una pizpireta niña orgullosa de su tío que tiene que hacer un “cortometraje” para el colegio, el cual graba con su cámara de fotos compacta sometiéndose, eso sí, a todo el código de normas y restricciones que la maestra ha puesto y que son un fiel reflejo de las normas y restricciones que los cineastas iraníes tienen para poder hacer películas “distribuibles”. 
Y por si esto fuera poco, el gran mérito de la película estriba en que Panahi, a pesar de todos los condicionantes técnicos y argumentales, ha filmado una película entretenidísima sin ponerse trascendente, pesado o inalcanzablemente poético. Taxi Teherán rezuma vida en cada plano, es divertida a ratos, emotiva en otros y siempre interesante. Una lección de vida y de cine en 82 minutos. 
Ojalá Jafar Panahi pueda hacer pronto el cine que le dé la gana, ojalá pueda salir de su país, conceder entrevistas y viajar a los festivales internacionales a los que sea invitado. Y lo que quizá sea aún más importante, ojalá que las situaciones que inteligentemente denuncia dejen de ocurrir en su país y en todos los países del mundo en los que la libertad y los derechos humanos son entendidos y practicados al arbitrio de sus gobernantes.

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