60 SEMINCI. Sección Oficial. Crítica de ’45 Años’: La fragilidad de lo vivido

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en la 60 SEMINCI: 
45 Años

No es fácil. No tiene que ser fácil. 45 años al lado de una persona son muchos años. Los que llevamos bastantes menos sabemos lo que la convivencia significa, lo que erosionan las dificultades del día a día, lo que el cansancio, las frustraciones y los disgustos suponen en el desgaste de ese sentimiento tan magnificado por la literatura, el cine, la música (y toda creación artística) llamado amor y sin el que, a pesar de todo, resulta demasiado duro vivir. Siempre me han despertado una profunda admiración las parejas que tras largos años de matrimonio (o convivencia, no me interesa ahora ese debate) siguen tratándose con respeto, mirándose con admiración y demostrándose cariño el uno al otro de una manera íntima. Las exhibiciones públicas de afecto, sin embargo, suelen causarme bastante grima.

Uno podría creer y, de hecho, a mí me gustaría creer (llevado por una absoluta carencia de cautela) que tiene que haber alguna especie de punto de no retorno tras el que, una vez superado, el viaje hacia la felicidad es mecido por una especie de estabilidad conyugal inmune a cualquier agresión externa; pero de vez en cuando me sobresalto con la noticia de que una pareja que lleva muchísimos años de matrimonio y que, habiendo superado todas las clásicas crisis numéricas (en las que no creo), decide separarse en plena madurez (o incluso ancianidad) y se me desbarata la incauta creencia. 

Kate (Charlotte Rampling) y Geoff (Tom Courtenay) son una pareja de ancianos que próximos a cumplir 45 años de matrimonio deciden hacer una fiesta para celebrarlo. Se diría que han alcanzado esa supuesta placidez y llevan una vida apacible y acomodada en una bonita casa en plena campiña inglesa a una distancia prudencial de una ciudad de tamaño medio. Su día a día consiste en caminar, pasear a su perro, hacer recados domésticos y, ocasionalmente, intentar hacer el amor. Cuando en plena preparación de la celebración irrumpe un episodio del pasado de manera inesperada, la confianza (no nos engañemos, la verdadera clave de una relación) se resquebraja y aparece una grieta, una fisura impensada que hay que intentar arreglar antes de que vaya a más. 

Una carta trae al tercer protagonista de la película: el pasado. Pero el pasado como tiempo vivido y como tiempo perdido, y no tengo claro cuál de los dos resulta más doloroso. Geoff recibe la noticia de que ha aparecido el cadáver de su antigua novia y Kate asiste a un duelo que llega con cincuenta años de retraso y con el que intenta inútilmente empatizar.

El director inglés Andrew Haigh adapta para su tercer largometraje un relato corto titulado “In Another Country” del poeta británico David Constantine. 45 Años fue presentada en la Sección Oficial del último Festival de Berlín donde sus protagonistas recibieron sendos Osos de Plata acaparando los premios de interpretación de la Berlinale. Y ciertamente, es sobre el trabajo actoral de Tom Courtenay y muy especialmente de Charlotte Rampling, donde se apoya Andrew Haigh para construir este sólido drama en el que las dudas, los celos, los miedos y las nostalgias conducen un sosegado relato en el que los silencios dicen más que las palabras.

Hacía muchísimo tiempo que no veía a una actriz decir tanto con su rostro, el dominio que Charlotte Rampling tiene de la mirada, del semblante y del gesto mínimo, la sutileza de la sonrisa rota de dolor con la que padece su tormenta interior y su enorme presencia en pantalla están solo al alcance de las grandes actrices. 

Andrew Haigh dirige la película con un exquisito sentido estético y un firme pulso narrativo que no decae en ningún momento a pesar de conducirse con un tono lánguido preñado de silencios y miradas al vacío. Hay un poso de amargura en 45 Años que sin embargo no impide disfrutar de una enorme película que constituye un auténtico tratado sobre la volatilidad de la memoria, el lacerante dolor de hacerse viejo, el extrañamiento de ver cambiar el mundo hasta sentirlo ajeno y la imposibilidad de esquivar las incómodas visitas del pasado.

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