60 SEMINCI. Sección oficial. Crítica de ‘Una pastelería en Tokio’: Una oda a la vida

Las críticas de David Pérez “Davicine” en la 60 SEMINCI: 
Una pastelería en Tokio

Cuando ves una película de Naomi Kawase sabes perfectamente que es de ella, y no por ser monótona y repetirse, o no ser capaz de diferenciar sus películas, sino por algo más profundo, la esencia que emana cada una de sus películas en las que la naturaleza cobra vida y es un personaje más que vive en armonía con el resto del reparto, siempre milimétricamente adaptado a sus roles. Y Una pastelería en Tokio no iba a ser una excepción.
En su último trabajo nos presentan a Sentaro, quien dirige una pequeña pasteleria que sirve dorayakis (pastelitos rellenos de salsa de frijoles rojos y dulces llamada anko o an). Cuando una anciana, Tokue, se ofrece a ayudarle en su cocina, él accede de mala gana, pero Tokue demostrará tener magia en las manos cuando se trata de hacer anko. Gracias a su receta secreta, el pequeño negocio comienza a florecer, y con el paso del tiempo, Sentaro y Tokue abrirán sus corazones el uno al otro para revelar viejas heridas.

Acostumbrados a ver películas originales de Kawase, se esperaba que Una pastelería en Tokio perdiera parte de su magia al ser una adaptación de una novela, pero la cineasta ha sido capaz de adaptar la misma para llevarla a su terreno, consiguiendo una poesía visual en la que nos revela una dura y tierna historia, a partes iguales, con el toque justo de azúcar, donde lo importante, independientemente de las condiciones de cada uno, es vivir y disfrutar de la vida.

El vínculo entre el hombre y el medio ambiente  siempre ha sido una preocupación que ha rodeado el cine de Kawase, y ahora lleva la comida como una extensión de la naturaleza, como su propia protagonista dice: “Escuchar las historias que nos cuentan las judías”, mientras enseña a su jefe cómo hacer la pasta que da título en versión original a la película. La comida debe ser preparada con amor y dedicación, así como la vida debe ser atentamente mirada, olida y saboreada. Debemos, al igual que el anko, tratar la vida con delicadeza, dejar reposar el tiempo justo, no precipitar los resultados, y sólo de esa forma conseguiremos la felicidad y la perfección.


Kawase intenta conectar su idea con la belleza visual de los cerezos en flor que rodean a la tienda y se alinean en las calles, con la protagonista saludando a las hojas de los árboles y hablando con las judías, y gracias a ello consigue unos planos muy bellos, en los que la naturaleza adquiere la importancia que habitualmente vemos en el cine de la cineasta, y que dotan al conjunto de una armonía perfecta, desde los planos de los paseos de los protagonistas por las calles plagadas de flores a los primeros planos de la preparación de la secreta receta.
Y todas las lecciones llegan de la mano de la maravillosa señora Tokue, una anciana de 76 años de edad con un pasado oscuro pero que ha asumido sus problemas y es capaz de transmitir sosiego y felicidad a quienes la rodean. Cálidamente interpretada por la veterana Kirin Kiki, la actriz ha sido capaz de meterse en las manos de una mujer que el tiempo no ha tratado bien, y menos aún su enfermedad, logrando emocionarnos con su dulzura y dedicación a lo que hace, así como su tenacidad por conseguir llenar el vacío que parece vislumbrar en la gente que conoce, entre ellos el triste gerente de la pastelería, Sentaro, retratado con dignidad y tranquilad por Masatoshi Nagase, quien inicia la película como alguien triste y sin ilusión, pero poco a poco deja mostrar una gran cantidad de sentimientos, nos logra transmitir su emoción por un futuro que se augura mejor de lo esperado, pero también nos lleva con él a lo más hondo de sus problemas.
Ciertamente la primera mitad de la película está casi orientada a presentarnos a los personajes antes de llevarnos al drama en cuestión, pero a pesar de ser un drama en toda regla, con historias tristes como trasfondo, logra que salgamos del cine con ilusión por vivir, por encontrar nuestro camino hacia la felicidad, y por apreciar las cosas más pequeñas, pues incluso un dulce puede alegrarnos un día.
Una pastelería en Tokio es un mensaje directo al corazón para que aprendamos de la naturaleza, pero también de lo maravilloso que es vivir cada momento, sin importar lo que nos intente frenar en nuestro camino, y que miremos el mundo con otros ojos, unos ojos inocentes y sin maldad ni prejuicios.

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