Crítica de ‘Ático sin ascensor’: Morgan Freeman y Diane Keaton buscan piso en Nueva York

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Ático sin ascensor

Pocas (o acaso ninguna) cosas materiales tienen mayor capacidad de generar apego que la casa propia. Aunque no existe un arquetipo común y existen tantos tipos de vida como seres humanos, es frecuente que las personas a lo largo de nuestra existencia habitemos más de una casa; generalmente, la primera vivienda es aquella en la que nacemos, la que ocupa nuestra infancia y de la que volamos (dicen que ahora muy tarde) cuando dejamos el nido para buscarnos la vida. Después, suele haber una serie de casas intermedias, pisos de estudiantes, apartamentos compartidos con compañeros o amigos, o incluso pequeños estudios en los que vivir sólo, y, con frecuencia, cuando dos personas se encuentran y deciden vivir juntos, suelen buscar otra vivienda en la que comenzar una vida en común. 

Esta última vivienda, la que ocuparon cuando se conocieron, es la que Ruth y Alex (Diane Keaton y Morgan Freeman) se ven obligados a dejar al llegar a una edad en la que los cinco pisos sin ascensor comienzan a suponer algo más que una incomodidad.

Lo que ocurre, es que el poder de generar apego al que me refería al principio, está, casi siempre, más vinculado a lo inmaterial, el hogar, que a lo material, el edificio. El dolor de dejar el lugar donde se ha vivido una etapa de la vida es tanto mayor cuanto más sean las vivencias y los recuerdos que se dejan atrás, aunque haya factores ligados a lo material, como las fantásticas vistas al puente de Brooklyn o la coqueta terraza llena de plantas que adornan el ático sin ascensor de Ruth y Álex, que contribuyan al profundo desarraigo que produce dejar un hogar para irse a otro. 

Porque eso es precisamente su ático sin ascensor, un “hogar” en el que se han amado, en el que Álex tiene su estudio de pintor, y en el que Ruth disfruta de su jubilación con su perrita Dorothy. 

Ático sin ascensor transcurre durante los tres días en los que Ruth y Alex tratan de vender su piso de toda la vida al tiempo que buscan otro más confortable (básicamente que tenga ascensor) ayudados por una insufrible agente inmobiliaria interpretada por la no menos insufrible Cynthia Nixon

El guionista Charlie Peters elabora esta trama principal junto a dos tramas secundarias que el director Richard Loncraine utiliza para crear un trasfondo anímico (la perrita Dorothy, gravemente enferma y con incierto pronóstico está ingresada durante estos días en una clínica veterinaria) y un contexto sociológico (el puente de Brooklyn está colapsado por un camión que ocupaba un presunto terrorista islamista que al parecer se ha dado a la fuga). 

Es precisamente esta circunstancia del acto terrorista la que otro director con mayores pretensiones habría aprovechado para coser lo que Loncraine sólo deja hilvanado: una velada crítica al sensacionalismo de los medios de comunicación estadounidenses que se dejan llevar por el amarillismo y los prejuicios en la era post 11-S. 

El afán por mantener el tono amable de la película tampoco permite que Loncraine deje apuntalada con rigor una crítica a la especulación inmobiliaria y el mercadeo que se produce a la hora de comprar y vender un piso en una ciudad como Nueva York en la que los precios son estratosféricos.

La mejor baza de la película, es, sin ninguna duda, su pareja protagonista. Diane Keaton está deliciosa como una versión un tanto trasnochada de la Annie Hall que le valió el Óscar hace casi cuarenta años (Annie Hall, Woody Allen, 1977) a la que recuerda con su desbordante vitalidad y su cuidadamente descuidada forma de vestir. Morgan Freeman crea un personaje maravilloso (y ya hemos perdido la cuenta de cuantos lleva) que derrocha humanidad en cada plano y que aporta la mayor dosis de comicidad con su cínico sarcasmo y sus jocosos comentarios ante las vicisitudes que se les van planteando. La voz en off de Morgan Freeman (habría que ser estúpido para tener a Morgan Freeman en una película y no utilizar su maravillosa voz en off) introduce el relato y regresa en varios momentos del film para dar ritmo a una narración que, aunque mayoritariamente lineal, es interrumpida en varias ocasiones por unos breves flashbacks que nos muestran a Ruth y Álex en momentos trascendentales de su vida y que no terminan de encajar todo lo bien que debieran en el conjunto del largometraje. 

Con cierto tufillo a telefilm pero con una producción claramente cinematográfica y una pareja protagonista de auténtico lujo, Ático sin ascensor es una película sencilla, agradable de ver, de esas que se pueden recomendar a todo el mundo con tanta certeza de que nadie va a encontrar una obra maestra en ella como de que a nadie desagradará demasiado.

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