70 SSIFF. Retrospectiva – Claude Sautet. Crítica de ‘Nelly y el Sr. Arnaud‘ (1995)

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en el 70 Festival de San Sebastián:
Nelly y el Sr. Arnaud

En 1995, Claude Sautet acometió la que finalmente sería su última película, Nelly y el Sr. Arnaud, un refinado largometraje de difícil catalogación genérica sobre la dificultad para expresar los sentimientos, la mutabilidad de los vínculos afectivos, la diferencia de edad como barrera para las relaciones sentimentales y la soledad como estado de ánimo más que como situación física.

Sautet volvió a incluir en el título de la película el nombre de sus personajes protagonistas, algo que hizo en casi todos sus films de los 70. Y es que Nelly y el Sr. Arnaud consiste sustancialmente en eso que su título anuncia, en la relación de amistad, afecto y deseo contenido que se establece entre la joven Nelly (Emmanuelle Béart) y el Sr. Pierre Arnaud (Michel Serrault), un hombre mayor a punto de atravesar la barrera de la ancianidad.

Ambos se conocen, casi accidentalmente, gracias a una amiga común (Claire Nadeau). El punto de partida de la relación surge de un hecho que roza la venalidad; Nelly, que está casada con un vago indolente (Charles Berling) atraviesa dificultades económicas y Arnaud, hombre elegantemente adinerado, se ofrece a saldar sus deudas extendiendo un cheque que no precisa devolución. Precisamente será esta “ausencia de deuda” lo que provocará que Nelly “se sienta en deuda” y, por ello, aceptará trabajar para el Sr. Arnaud ayudándole a mecanografiar una novela de tintes autobiográficos que lleva años tratando de terminar.

Nelly, que inicialmente es tan solo una mera mecanógrafa, pronto se transforma en revisora, redactora, confidente y, en cierto modo, el estímulo que Arnaud necesitaba para regresar de forma serena a su pasado y dar fin a su novela. Las secuencias entre ambos en el salón de la casa: sentada ella escuchando expectante, de pie él dictando con una aparente seguridad en si mismo que se fisura en cuanto ella le hace alguna observación, son, sin duda alguna, las que dan identidad y razón de ser a una película elegante en la forma y melancólica en el fondo.

Menos firme en el guion es el vínculo (sexual más que afectivo) que se establece entre Nelly y el editor del libro (Jean-Hugues Anglade) que sirve para introducir en la narración un elemento de distorsión que permita hacer avanzar la trama y, en cierto modo, despierte los celos de Arnaud. No resulta del todo creíble esta relación tan instantánea y volátil, pero su falta de entidad no afecta en absoluto al conjunto del film. También instrumental, pero mejor introducido en la narración, es el personaje de Dolabella que interpreta el fantástico Michael Lonsdale, un tipo un tanto siniestro que pertenece al pasado de Arnaud y cuyas apariciones dan cierto aire de misterio al film y provocan la inquietud de Nelly.

Muchos críticos quisieron ver en el personaje de Arnaud a un alter ego del propio Sautet, la misma edad y el parecido físico entre la apariencia de Michel Serrault en la película y el propio director lo hacían prácticamente evidente y Sautet nunca lo negó de forma taxativa. Algunos fueron todavía más lejos y asimilaron el personaje de Nelly a Romy Schneider, la actriz fetiche y gran amiga personal de Sautet cuya trágica muerte dejó al director sumido en una profunda tristeza.

Lejos de elucubraciones, lo que es incuestionable es que Sautet quiso llevar a la pantalla un enamoramiento otoñal en el que la transición de lo emocional a lo físico se ve impedida por barreras invisibles, levantadas por la sociedad bienpensante (esas miradas que les dirigen cuando están cenando solos sentados a la mesa de un restaurante) y por ellos mismos que, ni apelando a lo más profundo de su afectividad, son capaces siquiera de tocarse. Ese abrazo final en el que el rostro de Serrault libera de forma magistral la pasión y la rabia contenidas sin dejarlas escapar del todo dice más que muchas páginas de guion en otras películas filmadas sin la sutileza, la delicadeza y la elegancia de Sautet.

Ambos, Serrault y Béart, están sencillamente fantásticos, Serrault en la plenitud de su madurez alcanza registros interpretativos con una sutileza y una economía de gestos pasmosa. En cuanto a Emmanuelle Béart, podría decirse que se encontraba en el mejor momento de su carrera. Después de su revelación en La venganza de Manon (Claude Berri, 1986), venía de trabajar con directores de la talla de Ettore Scola (El viaje del Capitán Fracassa, 1990), Jacques Rivette (La bella mentirosa, 1991), André Téchiné (En la boca no, 1992), Claude Chabrol (El infierno, 1994), Regis Wargnier (Los amores de una mujer francesa, 1995) o el propio Sautet en Un corazón en invierno. Era la gran estrella del cine francés del momento y probablemente nunca estuvo tan brillante ni la quiso tanto la cámara como en esta obra final de Sautet donde resulta imposible no enamorarse de ella.

Nelly y el Sr. Arnaud le valió a Claude Sautet su segundo César a la mejor dirección (los dos que obtuvo a lo largo de su carrera fueron por sus dos últimas películas) y a Michel Serrault el tercero como mejor actor. La película recibió también el Premio Especial del Jurado de la SEMINCI de Valladolid en cuya sección oficial tomó parte en 1995.


Nelly y el Sr. Arnaud podrá verse durante el 70 Festival de San Sebastián en tres pases:

  • Sábado 17 a las 23:00 en la Sala Príncipe 6
  • Martes 19 a las 23:00 en la Sala Príncipe 6
  • Sábado 24 a las 18:15 en la Sala Príncipe 6

Nelly y el Sr. Arnaud

9

Puntuación

9.0/10

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