SUNDANCE 2022. Crítica de ‘Blood’: Observar, escuchar, cicatrizar

Las críticas de Daniel Farriol en el Festival de Sundance 2022:
Blood

Blood es un drama estadounidense escrito y dirigido por Bradley Rust Gray (Jack and Diane, The Exploding Girl). La historia sigue a Chloe, una fotógrafa americana que tras la muerte de su marido realiza un viaje terapéutico a Japón, donde comparte sus días con un viejo amigo. Mientras intenta superar la pérdida, el consuelo se convierte en afecto, por lo que se cuestiona a sí misma si debe concederse permiso para volver a enamorarse. Está protagonizada por Carla Juri (Amulet, El año que dejamos de jugar), Takashi Ueno, Sachiko Ohshima, Futaba Okazaki, Elika Portnoy, Gustaf Skarsgård, Issei Ogata y Reiko Ohbs. La película se ha podido ver el 25 de Enero de 2022 dentro de la programación del Festival de Sundance 2022.

Cicatrizar las heridas

Blood es el extraño y equívoco título de este drama intimista sobre el duelo mucho más sensorial que narrativo. La sangre acostumbra a asociarse en el cine con la muerte o el terror, sin embargo, Bradley Rust Gray la utiliza aquí como símbolo de vida y de cicatrización de las heridas. La trama es escasa y sigue a Chloe, una fotógrafa norteamericana que acaba de perder a su marido. Poco sabremos de su pasado, de esa relación ni de las circunstancias de la muerte del hombre. Lo que importa es la adaptación de la mujer a su nueva realidad y la necesidad de superar el dolor para poder darse la oportunidad de volver a disfrutar de la existencia.

Chloe realiza un viaje terapéutico a Japón para visitar a Toshi, un amigo de su marido y de ella. En el país del sol naciente hallará la paz espiritual que necesita al mismo tiempo que compartirá momentos familiares, recibirá consejos y obtendrá lecciones de vida extraídas de la cultura nipona. Bradley Rust Gray nos lo cuenta todo haciendo parecer que no cuenta nada. El guion se convierte en una sucesión de estampas costumbristas que reflejan el periplo vital de Chloe con la distancia de aquel que no quiere inmiscuirse demasiado en su dolor. Apenas habrá referencias a su vida pasada (un par de flashbacks evocadores que pocos datos nuevos nos descubren), serán las cosas no dichas el verdadero motor de una historia de sanación donde la mujer se debatirá entre vivir en el pasado o darse la oportunidad de iniciar un nuevo camino junto a Toshi y su hija Futaba. Es un camino que va desde el consuelo por la pérdida al afecto romántico sin maniqueísmos y en un tono casi documentalista.

Fotografiar la vida

Blood usa una narrativa peculiar que combina lo mejor del cine independiente estadounidense con el tempo asiático de cineastas humanistas como Hou Hsiao-hsien, Yasujiro Ozu o Naomi Kawase. La mayoría de secuencias están filmadas con ópticas largas que permiten respirar y alejar al equipo de rodaje de los actores para crear así una atmósfera absolutamente naturalista que rezuma credibilidad por los cuatro costados en la interacción entre ellos. Los diálogos fluyen desde la improvisación como retazos de vida filmados en secreto. Esa búsqueda de una verdad absoluta desconecta la película de la estructura típica que tienen los guiones, no importa tanto lo qué sucede si no dejarse arrastrar por el apacible discurrir de un arroyo de sentimientos internos en la evolución emocional que tiene Chloe, encarnada por una maravillosa Carla Juri, una de las pocas actrices que aparecen en un filme donde la mayoría de intérpretes no son profesionales.

En Blood todo se reduce a saber observar y escuchar. La fotógrafa no busca captar con su cámara los lugares típicos o turísticos si no que se concentra en los pequeños detalles que enriquecen culturalmente un país como, en este caso, pueden ser la elaboración artesanal de tofu o la filosofía Kintsugi que consiste en reconstruir jarrones rotos remarcando las grietas con laca de oro en lugar de disimularlas. Eso supone toda una metáfora y enseñanza para Chloe que debe aprender a vivir con sus heridas para reconstruirse así misma. La vida junto a su marido ya es algo irrecuperable, pero no tiene que ser un impedimento para construir algo nuevo que sea igualmente bello sin tener que perder su esencia ni renunciar al pasado.

Blood es una película contemplativa, sencilla y emocional que necesita el compromiso del espectador para asimilar desde la paciencia todo ese universo de cotidianidad exótica contado en base a gestos, silencios y miradas. Si logras conectar con una propuesta tan minimalista hallarás momentos de gran belleza visual en sus imágenes naturalistas y algunas escenas donde la emoción te eriza la piel (cuando Chloe se rompe definitivamente mientras observa jugar a Futaba). Blood nos habla en voz baja de la superación del duelo, pero también de la conexión espiritual entre la naturaleza humana con su entorno como una forma de autodescubrimiento. El filme ha obtenido el Premio Especial del Jurado en el Festival de Sundance.


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Blood

7

Puntuación

7.0/10

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