Crítica de ‘Mank’: Los Fincher rinden tributo al hombre que gestó Ciudadano Kane

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Mank
 

Mank tiene hechuras de cine clásico. Eso es incuestionable. La época dorada del mejor (y del peor) Hollywood es retratada siguiendo el canon estético de las películas que en los años treinta y cuarenta realizaban los grandes estudios. Y en ese meollo, el de la Paramount, la Metro Goldwyn Mayer, la Warner o la RKO sitúa David Fincher la acción de un film complejo cuyo guion escribió su difunto padre, Jack Fincher, hace casi veinte años y que ahora, presupuesto y producción de Netflix mediante, ha podido finalmente poner en imágenes.

El Mank del título hace referencia a la apócope de Mankiewicz, pero no del más conocido Joseph L. Mankiewicz, director de Carta a tres esposas, Eva al desnudo, La condesa descalza, Cleopatra o La huella, sino a su hermano mayor, el guionista Herman, interpretado por un monumental Gary Oldman que en unas semanas competirá por su segundo Óscar frente a los, a priori, favoritos Anthony Hopkins (El padre) y el difunto Chadwick Boseman (La madre del Blues). Con menos opciones aparecen también entre los nominados Steven Yeun (Minari) y Riz Ahmed (Sound of Metal). 

En una doble trama argumental convenientemente montada, el film se ocupa del proceso de creación del guion de uno de los films más unánimemente reconocidos como obra maestra del cine, el Ciudadano Kane de un jovencísimo Orson Welles al que la RKO dio plena libertad creativa para hacer la película que le diera gana sin imponer ningún tipo de restricción, algo inaudito en el férreo sistema de estudios de la época y más aún con un director debutante. Desde ese momento, en 1940, los Fincher (el padre desde el guion y el hijo desde la realización) nos van retrotrayendo a momentos significativos de la vida de Herman J. Mankiewicz que explicitan su autodestructivo alcoholismo, una vehemente incontinencia verbal y otros aspectos de su personalidad sobre los que se edificó su reputación de guionista maldito.  

David Fincher, director de algunas de las más trepidantes (e inteligentes) películas de las últimas dos décadas, abandona su habitual nervio con la cámara para adoptar una filmación más pausada, más canónica en la puesta en escena y con una rigurosa concepción estética que alcanza lo sublime en cuanto se refiere a dirección artística, vestuario o maquillaje. En cambio, aunque sin duda será culpa mía, no consigo conectar con la lánguida fotografía en blanco y negro de Erik Messerschmidt. No pongo en duda que ha pretendido emparentarse con las texturas visuales de Ciudadano Kane y otros films de la época, pero la encuentro excesivamente desvaída, poco contrastada y tengo permanentemente la molesta sensación de que me están atiborrando los ojos de filtros.

El guion, demasiado denso en algunos tramos, tiene momentos solo aptos para cinéfilos conocedores de las muchas referencias a los más importantes magnates de la época, quien no sepa quienes fueron Louis B. Mayer (Arliss Howard), David O. Selznick (Toby Leonard Moore) o Irving Thalberg (Ferdinand Kingsley) puede encontrarse un poco perdido en algunos momentos. Precisamente eso me ocurre a mí en el tramo de película (demasiado prolijo en detalles) en el que se recrean las elecciones de 1934 a gobernador de California entre el republicano Frank Merriam y el demócrata Upton Sinclair contra el que el ladino Louis B. Mayer urdió una campaña de desprestigio con infundios. ¿Quién dijo que las fake news eran un invento del Siglo XXI?

Lo que indudablemente es un intento por retratar el ambiente político del periodo de entreguerras, con la amenaza del nazismo en Europa y la aversión al comunismo en América, alarga el metraje y complica más aún un guion ya de por sí enrevesado.

De Gary Oldman ya he adelantado que está soberbio, con una pulcra caracterización que nos evita prótesis de látex y demás artificios tan al gusto de algunos maquilladores, Oldman incorpora toda una suerte de matices que componen un antihéroe al que resulta fácil querer. Igualmente brillante está Charles Dance como William Randolph Hearst, el siniestro magnate de la prensa con el que Mankiewicz saldó cuentas a través del personaje de Charles Foster Kane, protagonista de Ciudadano Kane.

El reparto se completa con Amanda Seyfried como la actriz Marion Davies, Tuppence Middleton como la sufrida esposa Sara Mankiewicz, Tom Burke recreando a Orson Welles, Tom Pelphrey haciendo lo propio con Joseph L. Mankiewicz y una sorprendente Lily Collins en el que probablemente sea su mejor interpretación hasta la fecha.

Mank, que se fue de vacío de los Globos de Oro a pesar de sus seis nominaciones, ha sido distinguida con diez candidaturas al Óscar incluyendo mejor película, dirección, actor protagonista y actriz secundaria pero, curiosamente, lo que a priori era su mayor activo, el guion de Fincher padre, no ha sido nominado en la categoría. Lo dicho, demasiado denso.


¿Qué te ha parecido la película?

 

Mank

7

Puntuación

7.0/10

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