Crítica de ‘Ofrenda a la tormenta’: Lo mejor para el final

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Ofrenda a la tormenta
 

Una de las películas españolas más esperadas por un nutrido sector de espectadores, especialmente tras el éxito que sus dos primeras partes tuvieron en Netflix durante el confinamiento por la pandemia Covid 19, se va a ver finalmente privada de un estreno en salas de cine y ha ido a dar directamente con su metraje a la plataforma que popularizó a sus antecesoras. Ofrenda a la tormenta es el título de la tercera novela con la que Dolores Redondo cerró su literaria trilogía de Baztán y, como no podía ser de otra forma, es también el título del tercer largometraje dirigido por Fernando González Molina y protagonizado por Marta Etura para dar conclusión a la trilogía cinematográfica iniciada por El guardián invisible y Legado en los huesos

Como sus antecesoras, Ofrenda a la tormenta, se apoya en la mitología vasco navarra para sustentar la base ideológica sobre la que se llevan a cabo la serie de crímenes que ocupan la investigación policial y, por ende, el núcleo central de la narración. Al Basajaun de la primera parte y el Tarttalo de la segunda, se le une ahora Inguma, un genio maléfico que ejerce como espíritu de los malos sueños y que, en Ofrenda a la tormenta, se asimila a la causa del síndrome de muerte súbita del lactante. La sospechosa muerte de algunos bebés llevará a la inspectora Salazar (Etura) y sus compañeros de la Policía Foral de Navarra a investigar una trama en la que se dan cita poderosas sectas de gran poder económico y salvajes ritos primitivos que toman como caldo de cultivo la ignorancia, la superstición y la ambición de unos cuantos desgraciados.

Sin embargo, Ofrenda a la tormenta no es una mera continuación de las dos películas anteriores ni un simple ejercicio conclusivo para hacer caja aprovechando el tirón comercial de las novelas. La historia que cierra la trilogía lima algunos de los errores de las dos anteriores como el abuso de los flashbacks como elemento explicativo o cierta bisoñez en la construcción de algunos personajes accesorios y da un paso más en lo que se refiere a todo el entramado narrativo de la historia. Las virtudes en la dirección de Fernando González Molina que apuntábamos en esta misma página cuando escribíamos acerca de El guardián invisible han dado un paso más y al sabio manejo de atmósfera, suspense y personajes como elementos sustanciales del thriller, añade una muy eficiente administración de la carga dramática a la que no es ajena el buen hacer de Marta Etura que, absolutamente identificada con su personaje, ofrece una interpretación aún más sólida que en las dos entregas previas.

Los demás personajes principales siguen alrededor de la inspectora con mayor o menor presencia en pantalla, su inseparable ayudante Jonan al que interpreta Carlos Librado, el inefable inspector Montes (Francesc Orella), el siniestro padre Sarasola (Imanol Arias) o el grimoso juez Markina al que da vida el habitualmente entrañable Leonardo Sbaraglia, lo cual habla muy bien de su trabajo actoral. Elvira Mínguez, Paco Tous, Pedro Casablanc, Susi Sánchez y Ana Wagener también hacen acto de presencia dando relumbrón al reparto aunque su peso en la trama sea menor que en partes anteriores.

Los ciento treinta y ocho minutos de metraje se benefician del ya celebrado sentido del ritmo de González Molina y de un eficaz montaje que como se ha dicho, aligerado de flashbacks, hace avanzar el relato sin tiempos muertos. Algunos momentos especialmente dramáticos (que no conviene detallar) han sido filmados con exquisitez y, a pesar de cierta previsibilidad en el desenlace o de las trampas habituales que todo suspense necesita introducir, ofrecen momentos de auténtico buen cine apoyados en la fotografía de Xavi Giménez y en la música de Fernando Velázquez y completan la mejor película de las tres que componen la trilogia. 

Una vez vista al completo, no me resisto a terminar estas líneas sin compartir una reflexión acerca del acierto de una producción cuyo resultado final, las tres películas, se beneficia de un modo sobresaliente de la concepción unitaria de la trilogía. El mismo guionista, Luiso Berdejo, ha escrito los tres largometrajes que han sido dirigidos por el mismo director con un mismo compositor y el único cambio en la dirección de fotografía (Flavio Martínez Labiano en la primera y Xavi Giménez en las dos últimas); todos los personajes han sido interpretados por los mismos actores sin cambios de reparto y los dos últimos filmes se han filmado uno a continuación del otro. Esto, que a priori puede parecer de sentido común, no es tan habitual como pudiera parecer; no voy a hacer un repaso de trilogías que se han quedado a medias pero veremos a ver qué ocurre con las continuaciones de El silencio de la ciudad blanca (Daniel Calparsoro, 2019) por citar un ejemplo de trilogía de suspense (Trilogía de la ciudad blanca) y éxito literario reciente de una escritora española (Eva García Sáenz de Urturi), similitudes suficientes con la Trilogía de Baztán como para que la comparación sea pertinente.


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8

Puntuación

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