Crítica de ‘Dobles vidas’: De libros electrónicos y otras desgracias similares

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Dobles vidas
 
En esto del cine se producen circunstancias que me provocarían risa sino fuera porque me sacan de mis casillas. Resulta que la sociedad bienpensante ha denostado a un genio del cine como Woody Allen y su última película, ya terminada, reposa en el cajón de los productores de Amazon (aunque en el momento de escribir estas líneas comienza a sonar la noticia de que se estrenará en Italia) pero el nombre de Woody Allen es usado alegremente como reclamo publicitario para vender otras películas que, perdónenme, poco tienen que ver. Viene esto a cuento porque en el cartel español de Dobles vidas, la más reciente película de Olivier Assayas, se rotula en letras de generoso tamaño y en el centro del cartel: “Una comedia a lo Woody Allen pero con mucho más vino”. En fin, si me pusiera ahora a desgranar las mil y un diferencias entre Dobles vidas y la esencia del cine de Woody Allen ocuparía todo el espacio de esta crítica y no hablaría de una película que, peregrinas comparaciones al margen, tiene varios aspectos más que estimables.
 
Olivier Assayas (Viaje a Sils Maria) escribe un guion que bebe de cierta tradición del cine francés (Eric Rohmer sería la referencia más evidente) para desgranar ciertas cuestiones que, para bien o para mal, determinan ciertos hábitos y costumbres del mundo contemporáneo en su versión clase media-alta occidental. Con un tono distendido y de aparente intrascendencia, Assayas compone una doble disertación que a pesar de ser distinguibles una de otra, se funden para elaborar un único discurso. Por un lado las relaciones humanas entre los personajes que bajo un barniz de superficialidad esconden la complejidad de cierta indefinición entre la verdad y la mentira, lo perdonable y lo imperdonable, lo perdurable y lo cambiante. Y estos mismos límites, llevados a un constructo más teórico sobre la transformación digital de la sociedad, especialmente en el mundo de la cultura, componen la segunda de las disertaciones, presente en la mayoría de los continuos y fatigosos diálogos que llegan a saturar los oídos del espectador.
 
Y es que los personajes, escritores, editores, actrices… hablan tanto que a veces son meros vehículos del discurso, y esto, por muy interesante que sea lo que dicen y por mucha lucidez que haya en las palabras de Olivier Assayas acaba por agotar incluso al espectador más interesado en el tema. Y confieso que soy uno de esos espectadores, las cuestiones de las que hablan a menudo me han llevado a la reflexión e incluso a acaloradas conversaciones/discusiones con amigos que, por ejemplo, se han comprado un ebook y han prescindido de comprar libros de papel, algo a lo que, a Dios pongo por testigo, me niego rotundamente.
 
Entre estos personajes tenemos a un escritor que se repite a si mismo libro tras libro (Vincent Macaigne) y que no consigue que su editor de siempre (Guillaume Canet) le publique su nueva obra mientras otro escritor alardea de tener más lectores en su blog que en sus libros de papel. Una actriz (Juliette Binoche) trata de autoconvencerse de que su alimenticio trabajo en una serie policiaca de televisión no es desaprovechar su talento mientras revive mentalmente éxitos pasados y considera, medio en broma medio en serio, que Fedra es un papel para actrices viejas.
 
La desmaterialización de la cultura, el abocamiento de las bibliotecas a convertirse en meros contenedores de libros que nadie consulta porque todos están a golpe de clic digitalizados en internet, la obsesión de gran parte de la sociedad porque todo lo que lleve el marchamo de “cultural” ha de ser gratis, la diatriba entre libertad de expresión frente a la incontinencia verbal de los que hablan hasta de lo que no saben, la vacuidad de los políticos que, incapaces de encarnar unas convicciones, son productos de marketing al albur de lo que sus potenciales votantes quieren escuchar, el futuro de la crítica literaria (¿y por añadidura de la cinematográfica?) frente a algoritmos de internet que aconsejan al lector qué libro debe leer en función de gustos pasados sin moverle a ninguna reflexión. De todo esto y de muchas más cuestiones peliagudas habla Olivier Assayas en un guion incuestionablemente inteligente pero un tanto desmedido en palabras por minuto.
 
Dobles vidas se ve con agrado y con verdadero interés si a uno le mueven todas estas cuestiones, pero le falta gracia y un punto más de mala leche para funcionar como comedia y le sobran diálogos para adoptar la estructura de un ensayo literario en forma de película. Guillaume Canet y Juliette Binoche dan lustre a un reparto en el que destaca Vincent Macaigne como paradigma de un mundo analógico que se desintegra ya no a golpe de clic sino a deslizamiento de dedo sobre una pantalla.

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