Crítica de ‘En la playa de Chesil’: La desintegración del amor

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: En la playa de Chesil

He de reconocer que, como a tantos otros escritores, descubrí a Ian McEwan gracias al cine cuando en 2007 quedé impresionado por la fantástica Expiación (Joe Wright). No tardé en comprar la novela y tras su lectura comencé a recopilar muchos de sus libros que he ido leyendo espaciadamente durante los últimos años aunque todavía tengo alguno pendiente. La vinculación de Ian McEwan con el cine es, además de prolífica, ciertamente notable. No menos de ocho de sus novelas han dado de sí para siete películas y una serie de televisión desde que en 1990 Paul Schrader llevara a la pantalla El placer de los extraños con guion del mismísimo Harold Pinter años antes de ser galardonado con el Premio Nobel de Literatura.

Una de las novelas que más honda impresión me causó fue precisamente “Chesil Beach” que con el título de En la playa de Chesil se estrena por fin en España con guion del propio McEwan y dirigida por el debutante en el cine pero veteranísimo director teatral británico Dominic Cooke. La idoneidad (o no) de que sea el propio escritor quien realice la adaptación de su novela a guion cinematográfico es materia habitual de discusión (acalorada a veces) en círculos cinéfilos y literarios, y motivo de enfrentamiento entre escritores que no quieren, pueden o saben distanciarse de su obra y directores que asumen que una vez pagados los correspondientes derechos, la autoría deja de ser una cuestión a tener en cuenta y son exclusivamente ellos los que deben tomar las decisiones sobre qué, cuánto y cómo debe ser traspasado del papel a la pantalla. No voy a extenderme aquí en esta cuestión que ciertamente me interesa pero diré que, en el caso particular de McEwan, dadas las particularidades de su prosa directa, afilada, sin tiempos muertos ni prolijas descripciones, nadie como él mismo para dar forma cinematográfica a lo que en su día engendró como obra literaria. 

Además del autor del material literario de partida, hay otro ingrediente en común entre aquella expiación y esta playa, la actriz Saoirse Ronan, prometedora niña en 2007 y consolidada actriz once años después con tres nominaciones al Óscar en su bagaje además de otros varios premios y los parabienes generales de crítica y público con la mayoría de sus trabajos.

En la playa de Chesil nos sitúa en 1962, en un hotel junto a la playa de Chesil en el que Edward (Billy Howle) y Florence (Saoirse Ronan) son una joven pareja de recién casados que se disponen a pasar su luna de miel en el sentido más iniciático de todos los posibles, sus miedos, sus indecisiones y su torpeza conducirán la experiencia a un desabrido desencuentro que pondrá en cuestión todo un noviazgo marcado por sus particulares familias, las diferencias de clase entre ambos, las convenciones sociales y por el ruido de fondo de una época en la que Inglaterra pasaba de ser un Imperio a ser relegada a mera comparsa en un nuevo orden internacional dominado por los Estados Unidos y la Unión Soviética.

Ian McEwan traslada a su guion todo este entramado de fondo que sustenta lo que en realidad es una “obra para dos personajes” y, al igual que hace en la novela, desmenuza el pasado mediante sutiles flashbacks que salpican la narración central en dos actos, el primero en la habitación del hotel y un segundo en la playa que da título al film.

Durante el primer acto, Dominic Cooke establece la sutileza y la delicadeza como instrumentos para filmar algo realmente terrible, la destrucción de una relación antes de nacer víctima de una desoladora incapacidad comunicativa entre dos personajes que Billy Howle y especialmente Saoirse Ronan dotan de una vulnerabilidad y un desamparo realmente sobrecogedores. Dos personajes sometidos al angosto y claustrofóbico espacio de la habitación donde hacen estallar todo lo contenido. Hay ecos de Bergman y su capacidad para diseccionar los recovecos de las relaciones de pareja en toda la película, especialmente en esta primera parte que podría ser una precuela “interruptus” de Secretos de un matrimonio (Bergman, 1973).

En la segunda parte (la división es arbitraria por mi parte), ya en la playa, Cooke ahoga a los personajes justo con lo contrario a aquello que les oprimía en la habitación, liberados de las paredes y la leve oscuridad, todo es luz (luz inglesa, nublada, todo sea dicho) y amplitud en esa solitaria playa pedregosa en la que Edward y Florence son apenas incapaces de mirarse a la cara y se dan la espalda en planos de composición pictórica que permiten a Cooke y a su director de fotografía Sean Bobbitt recrearse con la foto fija, basta con ver el cartel de la película para hacerse una idea.

Es en el tramo final, a modo de coda, cuando la película se aparta (Ian McEwan mediante) de la novela, cuando todo decae víctima de un añadido artificioso que trata de subsanar el final de la novela, brillante en lo literario pero muy poco cinematográfico. Sobran lágrimas y efectismo en estos minutos como sobra, especialmente, un deficiente maquillaje más propio de una función de fin de curso de instituto que de un largometraje de alta producción. Nos rescata de este final el mismísimo Mozart con su maravilloso quinteto de cuerda que acompañado de Rachmaninov, Schubert, Haydn, Beethoven y Bach completan la banda sonora original de Dan Jones para la película.

Puede que En la playa de Chesil no sea una película inolvidable pero sí de las que se recuerda con agrado, su brillante pareja protagonista, la aguda prosa de McEwan y la delicada dirección de incuestionable peso teatral de Dominic Cooke dan entidad suficiente a este film delicadamente amargo.


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Crítica de ‘En la playa de Chesil’: La desintegración del amor
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8

Puntuación

8.0/10

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