Especial San Valentín: Historia del beso en Hollywood (1ª Parte)

El beso es uno de esos grandes misterios del comportamiento humano. Algunos creen que deriva de la acción de masticar la comida que algunas madres primates tienen con sus crías cuando éstas aun no han desarrollado los dientes. Otra teoría habla de cómo el beso era utilizado por las mujeres de civilizaciones clásicas para saber si su marido había bebido. E incluso Freud lo relacionó con la tendencia del recién nacido a succionar del pecho de la madre. Nunca sabremos de donde nació el acto de besar, pero lo cierto es que ya forma parte del resto de instintos del ser humano como una manera de mostrar afecto.

Durante la Edad Media y el Renacimiento se popularizó el beso como parte del cortejo entre un caballero y su dama, y pronto se convirtió en la promesa de amor y fidelidad de la pareja de recién casados.

El arte lo explotó en menor o mayor medida subordinándose a las normas del decoro y la moralidad del momento. Mientras que la pintura del siglo XVIII aprovechó su sentido estético y sensual, en la primera mitad del siglo XIX el beso se limitó al ámbito privado de la pareja. Al fin y al cabo, el beso es la práctica más cercana al sexo. La comunión de dos personas a través de tres sentidos: gusto, olfato y tacto. El mero hecho de besarse en público podía ser penado.

Pero entonces llegó el Romanticismo y ya no hubo marcha atrás. Para finales de siglo, obras celebres de arte exponían a la pareja abandonándose en la boca del otro. La imagen del beso como expresión de la atracción física entre dos personas era tan escandalosa como atractiva, y las numerosas obras con el título de “El beso”, como las de Klimt, Rodin o Munch, sobrevivieron a su tiempo convirtiéndose en imágenes explotadas hasta la saciedad. Sin embargo, el besarse seguía considerándose algo indigno de exhibirse libremente. Hizo falta que ese invento llamado cinematógrafo, nacido por la misma época, viniera a cambiar las cosas.

El primer beso del cine fue filmado en 1896 y apenas duraba un minuto. Se trataba de la grabación de una escena teatral perteneciente a la obra The Widow Jones y lo protagonizaron May Irwin y John C. Rice, dos actores de vodevil. Los encargados de preservar la moralidad del público pusieron el grito en el cielo. Un crítico de la época lo definió como “absolutamente repulsivo (…) indecente y de prodigiosa vulgaridad”.

 
Especial San Valentín: Historia del beso en Hollywood (1ª Parte)
May Irwin y John C.Rice

Por supuesto esto no frenó las ganas de los directores de atestiguar en imágenes la sensualidad del beso. En Europa se estrenó una versión de la novela de Dumas, “La dama de las camelias”, donde Margarita no esconde su pasión por su amado Armando Duval.

En Hollywood el beso no tardó en vencer al puritanismo, y los directores se animaron a filmar escenas donde la intimidad de la pareja fuera más real, era una manera magnífica de hacer taquilla. Puede que el miedo a la condenación eterna que prometían los predicadores a las puertas de las salas de proyección fuera aterrador, pero el morbo es una sensación mucho más poderosa.

Desde los desconcertantes y nada inocentes besos de la versión de Peter Pan que Herbert Brenon realizó en 1924, hasta esa escena que evoca el onanismo en El nacimiento de una nación, en la que Lillian Gish fantaseando con los labios de su amado, besa el poste de su cama, pasando por los besos de las comedias de Charles Chaplin, el telón que separaba lo privado de los público parecía haber caído.

Con la aparición del personaje de la “vampiresa”, interpretada por actrices como Theda Bara o Louise Brooks, las escenas de amor se multiplicaron adquiriendo un tono más provocativo y caprichoso. El beso se convertía en la explosión de los deseos reprimidos de esos hombres víctimas de las depredadoras sexuales que siempre encontraban un destino fatal. En 1915, Theda Bara popularizaba la frase “bésame tonto” a partir de una escena de la película de cine mudo A fool there was, donde interpretaba a una de esas mujeres malvadas que seducía a un pobrecito hombre casado.

Incluso tabúes que nos han llevado décadas borrar como la homosexualidad o sencillamente el género ambiguo, eran tratados con total normalidad por aquel entonces. Ahí tenemos el ejemplo de ese beso que Marlene Dietrich, vestida con un smoking de caballero, le da a una mujer en la película Morocco. O el beso que La reina Cristina de Suecia da a su dama de compañía en la versión de 1933 de Rouben Mamoulian. La intimidad de aquellos momentos entre amantes cada vez subía más de temperatura. La delicadeza del erotismo que se esconde en ese cigarro compartido entre Greta Garbo y John Gilbert en El diablo y la carne es un buen ejemplo de ello. La moral parecía demasiado relajada para los conservadores Estados Unidos. ¡Hollywood se estaba convirtiendo en Sodoma y Gomorra!

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