Crónica negra de Hollywood: La rubia y el productor. La muerte de Paul Bern

Mucho
antes de Marilyn Monroe, Jane Mansfield o Madonna, Hollywood ya había
dado a una rubia platino. La primera mujer que recibió tal
apelativo, a partir de la película de Frank Capra del mismo
nombre, fue Jean Harlow

  
Jane fue
una niña de clase acomodada de Missouri que, como tantas otras, voló
a la ciudad de los sueños con el fin de hacer los suyos realidad.
Hija de un dentista y nieta de un corredor de bolsa adinerado, la
joven Harlean (nombre con el que la bautizaron) estaba especialmente
unida a su madre, una mujer desgraciada en su matrimonio, pero loca
por su hija, a la que la animó a mudarse a Los Ángeles con el
fin de que se dedicara al cine. Dejaron todo en Kansas City,
y madre e hija se fueron al Oeste en busca de fama y fortuna, no sin
antes pasar por un matrimonio con Charles “Chuck” McGrew,
un rico heredero de Chicago que las acomodó en una bonita mansión
de Beverly Hills, si bien la pareja se divorciaría dos años más
tarde.

Fue en un
casting que Harlene firmó por primera vez con el nombre de soltera
de su madre, Jean Harlow. Nada salió de él, ni de las decenas de
pruebas que siguieron. En los Estados Unidos de la falsa abundancia,
a poco más de dos años de la caída de la bolsa, la joven Jean, con
apenas dieciocho años, divorciada y sin trabajo, empezó a
desesperarse. Siguiendo el consejo de su madre, aceptó papeles de
extra a siete dólares diarios. Era poco, pero de ahí pasó a los
papeles breves y por fin, en 1928, consiguió un contrato en Hal
Roach Studios
que le facilitó su primer papel importante en una
película de Laurel y Hardy.
Sin
embargo, no fue hasta un año más tarde que el director
multimillonario Howard Hughes se fijó en ella y le ofreció el papel
que cambiaría su vida, el de Helen en Los ángeles del infierno. Le
siguió El enemigo público. Su salario subía como la espuma, pero
la crítica la devoraba. Se los ganó gracias a comedias como La
jaula de oro
(Platinum Blonde en inglés) o Cena a las ocho, y a
partir de ahí su breve carrera fue sobre ruedas.
Cabría
esperar grandes romances de la que fue la primera bomba sexual de
Hollywood, pero lo cierto es que su vida en ese sentido fue bastante
discreta. Se conoció su escarceo amoroso con William Powell, y se
hablaba de distintos affairs con miembros de la mafia, pero lo cierto
es que sólo hubo un hombre importante en la vida de Jane Harlow.
Paul Levy
era un judío alemán, buen ejemplo del sueño americano. Sus padres
se mudaron a Nueva York siendo él sólo un niño. Cambió su
apellido por el de Bern, y se convirtió en un ciudadano norteamericano más. Estudió
arte dramático, pero pronto se dio cuenta de su falta de talento y
decidió centrarse en la producción. Llegó a Los Ángeles a
comienzos de los años veinte y en 1929 ya era miembro ejecutivo de
la Metro Goldwyn Mayer.

Paul Bern
y Jean Harlow se conocieron durante el rodaje de la película de
Chaplin Luces de la ciudad, donde Jean tenía un pequeño papel. Fue
él quien, prendado de la rubia, le regaló un contrato sustancioso
con la MGM. Lo cierto es que Paul Bern fue su Pigmalión, y toda su
carrera se la debía a él. Así que en 1932, la actriz de veintiún
años contrajo matrimonio con el productor de cuarenta y dos. Todo
Hollywood se quedó con la boca abierta. Era cierto que Bern había
tenido otras celebres conquistas como Joan Crawford o Mabel Normand,
pero Jean Harlow era la mujer que todo hombre se quería llevar a la
cama, y finalmente se había decidido por ese cuarentón bajito.
Algunos dirían que a Harlow le movía un deseo Freudiano hacia los
hombres con bigote que se asemejaban a ese padre distante que tuvo.
Otros creerían que era una manera de recompensar el favor que Bern le
había hecho dentro de la industria. Pero fuera como fuese la pareja
se casó y vivió muy feliz…durante dos meses.
La rubia y el productor. La muerte de Paul Bern
El cuatro
de Septiembre de 1932, el mayordomo de los Bern encontró al señor
de la casa muerto en el dormitorio de su esposa con un tiro en la
cabeza. Su cuerpo había sido empapado con el perfume de ella y no
había rastro de violencia en la escena. Antes de llamar a la
policía, el mayordomo llamó directamente a la MGM. Tal era el poder
del estudio que horas más tarde apareció Louis
B Mayer
junto a otros ejecutivos de la productora, y se dedicaron a
repetir al servicio que debían decir que el señor Bern se había
suicidado. Se encontró una
conveniente nota de suicido junto al cadáver que rezaba: “Queridísima
amada: Al parecer este es el único modo de recompensarte por todo lo
malo que te he hecho, y para limpiar mi humillación. Te quiere.
Paul. Entenderás que lo de ayer fue fingido”.
La
productora enseguida lanzó el rumor acerca de que Paul Bern era
impotente y que se había quitado la vida por no poder cumplir con su
deber marital. Jean Harlow, que supuestamente pasó esa trágica
noche en casa de su madre, dijo no tener ni idea de lo que
significaba esa nota. Por otra parte, Paul tenía fama de
conquistador, y pronto a la historia de la impotencia le surgió una
competidora. Y es que Paul Bern tenía un secreto. Como en
la novela de Jane Eyre, Bern escondía una esposa loca.
Durante
su vida en Nueva York, Paul Bern mantuvo una larga relación con
Dorothy Millet, una aspirante a actriz. Aunque su unión nunca fue
legal, si fue un matrimonio en la práctica, y ambos se referían al
otro como esposo. Sin embargo, la historia se vio truncada por los
problemas mentales de ella que la llevaron a un psiquiátrico en
Connecticut. Su marido siguió pagando su manutención, pero a su
llegada a Los Ángeles, ocultó a todo el mundo la existencia de
Dorothy. La propia Harlow no sabía nada de esa primera e
importantísima relación de su marido antes de casarse.
En el
momento del matrimonio entre Paul y Jean, Dorothy se encontraba en
San Francisco, recuperada de sus problemas del pasado, y Bern la
mantenía con 350 dólares mensuales. Si la Harlow sabía de estos
gastos, es algo que desconocemos, pero lo cierto es que era una
cantidad que el productor no se podía permitir. Más tarde se
descubrió que Paul Bern estaba en bancarrota y que el dinero de la
casa provenía del trabajo de Harlow.
¿Puede
una mujer permitir que con su dinero se pague la vida de otra? Tal
vez la respuesta esté en las fuertes discusiones que los vecinos
afirmaron oír las noches anteriores a la muerte de Bern.
Supongo
que la mentes más perspicaces ya habrán sacado sus propias
conclusiones. Jean Harlow había descubierto la historia de su marido
con Dorothy Millet, e indignada por haber sido saqueada por él, o
temiendo ese testamento que se rumoreaba que existía y que favorecía a la primera
esposa, había atravesado con una bala la cabeza de su maridito.
Pero aun
hay más. Días después de la muerte de Paul Bern, Dorothy Millet
tomó un barco desde Los Ángeles con destino a San Francisco. ¿Qué
hacía ella en la ciudad de las estrellas? ¿Y por qué dos días
después saltó por la borda terminando con su vida? ¿Es posible que los
remordimientos fueran demasiado para ella? Tal vez los celos al ver a
su marido con la guapísima rubia despertaron la locura pasada y
decidió que Bern debía morir.
Cabe
también la posibilidad, para nada disparatada, de que ninguna de las
mujeres tuviese nada que ver en la muerte del productor. Quizás,
ante el posible escándalo de una relación bígama por parte de un
importante ejecutivo, la MGM se cubriese las espaldas, y, de paso, las de su
rubia de oro. Si eso suponía terminar con dos personas y hacerlas
pasar por suicidios, no quedaba otro remedio. No sería la
primera ni la última vez que la productora lavaba con sangre los
trapos sucios de su casa.
La pena
de Jean Harlow se alivió entre los brazos de un boxeador, Max Baer,
cuya mujer amenazó con contar a todo el que la quisiera oír cómo
la actriz rubia había terminado con su matrimonio, así que la Metro
no tuvo otra alternativa que volver a casarla, esta vez con un
cineasta del que se divorciaría seis meses más tarde.
La diosa
rubia no tuvo que vivir mucho más tiempo sola. El veintinueve de
Mayo de 1937, durante el rodaje de Saratoga, Jean se desmayó y fue
ingresada a causa de una uremia que acabaría con su vida nueve días
después. Sólo tenía 26 años.

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