Crónica Negra de Hollywood: La muerte de Virginia Rappe. What a swell party this is!

Especial “Crónica Negra de Hollywood. Capítulo I”:
La muerte de Virginia Rappe. What a swell party this is! 

29 de Junio de 1933, un ataque al corazón termina con la vida de Roscoe Arbuckle en su apartamento de Nueva York. Diez años antes había sido la gran estrella de los estudios Keystone, esa fábrica de cómicos que dirigía Mack Sennet.

Cuesta pensar que durante la mágica etapa del cine mudo, alguien pudiese superar en fama al inmortal Charles Chaplin, pero Roscoe Arbuckle, con su seudónimo «Fatty» fue durante mucho tiempo la joya de Keystone, por delante del cómico británico.

Roscoe Arbuckle nació en Kansas, en el seno de una familia humilde. Entre nueve hermanos, Roscoe cometió el terrible pecado de pesar algo más de ocho kilos al nacer. Su parto ocasionó en la madre problemas de por vida, por los que su padre siempre le culpó, y que llevaron a Roscoe a relacionar siempre el sexo con el dolor.

El niño creció acercándose a la obesidad mórbida, a menudo su padre gritaba que ese gordo no era su hijo, y le convirtió en saco de golpes donde liberar las borracheras, cada vez más frecuentes.

Pero Roscoe tenía un don, una preciosa voz y una facilidad asombrosa para memorizar canciones. Siendo aún un adolescente, un cantante profesional que se hospedaba en el hotel en el que Roscoe trabajaba se fijó en él, y le animo a participar en teatros y vodeviles. Fue así como el pequeño Arbuckle empezó su vida en el mundo del espectáculo, recorriendo los Estados Unidos y soñando en convertirse algún día en un actor serio, como James O´Neill.

Sin embargo su camino fue a dar a Hollywood, y el destino se iluminó para él. Conoció a la actriz Minta Durfee, su primera mujer, y firmó con Keystone. 

A pesar de que su físico le encadenaba a la comedia, nunca permitió escenas humillantes, como quedarse atascado en un agujero o romper una silla con su peso. Ese cuerpo ya le daba bastantes disgustos en la vida real. Le asqueaba; esa inseguridad unida al miedo que había desarrollado hacia el sexo, le había convertido en impotente. Pronto se haría adicto a la morfina.

Pero todo es hermoso en las colinas de Hollywoodland, y fuera de su vida real, en ese lugar en el que dejaba de ser Roscoe para convertirse en Fatty, las fiestas, el alcohol y las drogas se movían tan rápido como las piernas de las flappers al bailar el charlestón.

El 5 de Septiembre de 1921, Roscoe se encontraba en una habitación de hotel en San Francisco, recuperándose de las quemaduras que había sufrido durante una filmación. Un amigo pensó que lo mejor sería animarle con una fiestecita. Llevó con él a dos jóvenes. Una de ellas se llamaba Virginia Rappe, aspirante a actriz de 26 años que estaba destinada a convertirse en la coprotagonista de la escena que marcaría a Roscoe de por vida.

Pronto la fiesta se fue de madre. Las chicas habían bebido demasiado. Virginia consumía morfina frecuentemente, pues se quejaba de tener una salud muy débil. Esto sumado a su problema con el alcohol, le había supuesto una fama de problemática. Roscoe pidió varias veces que se marchasen, pero finalmente, derrotado, decidió unirse a la fiesta.

Lo que ocurrió en adelante se basa en frágiles testimonios que fueron cambiando a lo largo de los juicios.

Fuera como fuese, lo cierto es que Virginia Rappe entró viva en la habitación de Roscoe, y salió de ella gritando y sangrando, directa a un hospital en el que moriría horas después.

Según testigos, Roscoe había intentado violarla, y ante su impotencia, tomó una botella de champán y la penetró con ella, causándole un desgarro que se convirtió en peritonitis.

Cuando más tarde, en el hospital, intentaron hablar con ella, tan sólo dijo entre delirios “Arbuckle lo hizo. Me hizo daño”.

Durante los dos años siguientes, una serie de juicios pusieron en entredicho las declaraciones de los testigos. Para la opinión pública, de poco sirvieron los testimonios de Buster Keaton y Charles Chaplin sobre la honorabilidad de su amigo. Al mismo tiempo, en el juicio se descubría que a Virginia le habían practicado un aborto ilegal recientemente y posiblemente la peritonitis hubiese sido ocasionada por ello. Así que mientras la prensa de Randolph Hearst (ese modelo para el Ciudadano Kane de Orson Welles) destrozaba la carrera del actor, los abogados de éste presentaron a Virginia como una mujer de vida disoluta que nada tenía de víctima.

Sólo había un hecho probado; Virginia estaba viva al entrar en el dormitorio, y salió de él moribunda. Sin embargo, nada pudo demostrar el ataque con la botella de champán, debido a que la víctima tenía en aparato reproductor destrozado por los numerosos abortos ilegales a los que se había sometido. Pero tampoco se pudo negar que Arbuckle pidió que le llevaran una botella bien fría de champán para los dos.

Lo que realmente ocurrió, sólo ellos dos lo supieron, y Arbuckle fue declarado inocente del delito de violación, pero curiosamente se le obligó a pagar una multa por violar el Acta Volstead, esa que prohibía el consumo de alcohol.

Una joven muerta y una carrera cinematográfica terminada. Roscoe intentó seguir en el cine cambiando su nombre, pero pronto se vio arruinado y obligado a mudarse a Nueva York. En sus últimos años, dirigió bajo seudónimo un par de películas, pero lo cierto es que no volvería a aparecer en una pantalla de cine. El día que Jack Warner firmó con él para un largometraje de cine hablado que supondría su regreso, Roscoe aseguró que era el día más feliz de su vida. Esa noche probablemente se acostó con un montón de promesas para el futuro, eso fue justo antes de que su corazón se parase para siempre.

La naturaleza de un hombre es a menudo desconocida incluso para él. Nadie puede asegurar que Roscoe «Fatty» Arbuckle fuese un monstruo sádico, tampoco que fuera la víctima de la prensa sensacionalista. Pero lo cierto es que esa fiesta supuso el primer gran escándalo de la crónica negra de Hollywood, y merecía ser el primero en nuestra nueva sección.

Cuando pienso en Roscoe Arbuckle, no puedo desvincularle de una historia tan sádica como morbosa, pero creo que se merece unas palabras tiernas para despedirnos de él. De todas, me quedo con las de la actriz Louise Brooks:

Siempre pensé que estaba magnífico en sus películas. Era un bailarín maravilloso en sus buenos tiempos. Era como flotar en los brazos de un enorme donut, realmente encantador.

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