60 SEMINCI. Sección Oficial. Crítica de ‘Mustang’: Cinco hermanas y un verano

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en la 60 SEMINCI: 
Mustang

La directora turca, aunque educada y asentada en Francia, Deniz Gamze Ergüven presenta a competición en la SEMINCI su primer largometraje tras dos cortos realizados hace nueve años. Para ello se vale de un guion escrito por ella misma junto a Alice Winocour basado en una experiencia personal que la directora tuvo durante la adolescencia.

Mustang es una película centrada en un verano durante la adolescencia de cinco hermanas (niñez en el caso de al menos la menor de ellas) que tiene lugar en un pueblo del norte de Turquía cerca de Trabzon (antigua Trebisonda) a orillas del Mar Negro. El final del curso escolar marca el inicio de las vacaciones y las cinco hermanas (huérfanas) regresan a la casa en la que han de pasar el verano con su abuela y sus tíos.

La abuela pronto advertirá que sus cinco nietas ya no son unas niñas y espantada ante los pecaminosos juegos con otros amigos masculinos, decretará un enclaustramiento de las hermanas en el que tratará de reconducirlas por un camino de rectitud y decoro que las convierta en futuribles esposas.

Aunque podría decirse que se trata de una película coral, pues las cinco hermanas tienen un peso semejante en el relato, éste es contado a través de la más pequeña de ellas, Lale (Güneş Şensoy) que guía con su voz en off el transcurso de la historia, y son precisamente sus ojos los que la directora utiliza para mostrar al espectador una película sobre el despertar a la vida en un ambiente opresivo por la rigidez de la abuela y especialmente del tío que ejerce de patriarca familiar.

Los muros de la casa de veraneo irán haciéndose cada vez más altos (literalmente) como consecuencia de las travesuras de las cinco chicas y la educación irá evolucionando hasta convertir el hogar en una auténtica academia de esposas. El desfile de los pretendientes con los que abuela y tío quieren ir “colocando” a las cinco hermanas no tarda en comenzar, y Lale, que por ley natural ha de ser la última, es la primera en vivir lo que está ocurriendo como el fin de la felicidad.

Sonay (İlayda Akdoğan) la mayor de las hermanas es la que abre el camino a las demás a través de la relación que mantiene a escondidas con un novio del que poco sabemos, y será la única que haga frente a su abuela cuando ésta trata de adjudicarle un pretendiente al que no desea. Selma (Tuğba Sunguroğlu), segunda en edad, es más sumisa y tendrá que aceptar su matrimonio concertado con resignación. Ece (Elit İşcan) la más débil y Nur (Doğa Doğuşlu) la que terminará colmando el vaso de la paciencia de Lale, que a pesar de ser la más pequeña será la detonante de la acción.

Es cierto que la trama se dispersa en una serie de episodios, algunos de ellos casi anecdóticos, y que ocurren demasiadas cosas en un plazo de tiempo relativamente corto como es un verano, pero la directora ha querido reducir a ese espacio temporal todos los acontecimientos que quería contar para mostrar un hábitat en el que, a pesar de la presunta modernidad de Turquía en relación a otros países de su entorno, los contactos entre chicos y chicas son de por sí pecaminosos, el modo de vestir ha de respetar un decoro muy marcado por una tradición conservadora, las aficiones como el fútbol están mal vistas entre las mujeres, la virginidad es más que un valor en sí mismo y si es necesario se pide a un médico que la certifique, los matrimonios concertados siguen existiendo como si fueran algo normal, y las niñas, en definitiva, tienen que tener como mayor (casi única) aspiración vital convertirse en buenas esposas.

Aunque en algunos momentos la película resulta un tanto chillona, el tono general es distendido y hay los suficientes momentos cómicos como para desdramatizar el tema central. La preciosa banda sonora de Warren Ellis puntea el film a golpes de violín y acompaña melódicamente los momentos más emotivos de un film fresco y entretenido sobre una situación que habitualmente es llevada al cine con mucho mayor tremendismo. Este aligeramiento del tono, no resta en absoluto nada de profundidad y resulta muy agradecible por el espectador.

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