Las críticas de Laura Zurita:
El amor que permanece
La cosa nunca acaba de funcionar cuando Anna y Magnus, recién separados, se reúnen con sus tres hijos en la aldea rural donde viven con la madre. Asistimos al paso de las cuatro estaciones en esa convivencia, mientras la vida familiar y el trabajo creativo de Anna, artista, se entrelazan a lo largo de un año.
Dirección y guion: Hlynur Pálmason. Reparto: Sverrir Gudnason, Ingvar Eggert Sigurdsson, Saga Garðarsdóttir, Anders Mossling, Ída Mekkín Hlynsdóttir, Katla M. Þorgeirsdóttir, Halldór Laxness Halldórsson, Kristinn Guðmundsson, Grímur Hlynsson y Þorgils Hlynsson. Estreno en España: 7 de agosto de 2026 de la mano de Elástica Films.
Convivencia fácil y difícil
En El amor que permanece seguimos la vida de Anna, una artista con una hija adolescente, dos hijos más pequeños, y un marido separado que adora estar con ella y con la familia. Por un lado vemos su proceso creativo, fascinante en sí mismo. Al principio la película señala que ella no usa pintura, y no lo entendemos del todo; es un descubrimiento ver cómo va creando sus cuadros, hechos, literalmente, con el tiempo y los elementos. El personaje funciona como un reflejo de la manera de entender el arte del director: Iniciar un proceso y aceptar que el tiempo, el clima y el azar terminen la obra. Su contacto con un galerista, personaje secundario que repele y resulta enigmático a partes iguales, añade otra capa a ese retrato del mundo del arte.
Por otro lado la película muestra su vida familiar, un relato cotidiano de una familia que ha atravesado una separación que aún está digiriendo. La convivencia es a la vez fácil y difícil, incrustada en la vida y en sus roturas. Lo que sí es seguro es que el amor inicial no ha permanecido, aunque su rastro siga ahí, en las rutinas compartidas y en los gestos que sobreviven a la ruptura, aunque cambien de significado.
En todo momento hay una figura simbólica, parte del universo de El amor que permanece, un muñeco del que no sabemos ni el contexto ni el significado, inquietante y enigmático, con una presencia irreal que a veces, tímidamente, se incorpora a la trama y otras veces simplemente flota ahí, sin más explicación, presente pero callado.
Experiencia extraña
El amor que permanece resulta una experiencia extraña. Por un lado está llena de escenas cotidianas, casi aburridas, como ver a nuestros vecinos a través del balcón. Otra faceta es la de documental, la del proceso creativo: cómo Islandia colabora con la pintora y se incorpora en la obra, como si el paisaje fuera un material más de trabajo.
Sobre la película flota una especie de idea de crueldad, de inquina. La manera en que la artista manipula y maltrata sutilmente a su exmarido, la muerte innecesaria de un animal, todo tiene una malicia lenta y refinada. Y la escena final es callada, cruel y angustiosa, la misma idea del mal que no necesita grandes armas para funcionar. Esta presencia continua provoca una desazón difusa que hace que la película resulte de desarrollo irregular: a veces incomoda, otras no dice nada en absoluto, y es difícil saber qué nos cuenta y de qué modo.
Islandia es bellísima, y sus paisajes dan una enorme fuerza visual, un tono salvaje y atemporal. El realizador deja hablar a la isla y al entorno, lo que proporciona en sí mismo una experiencia estética. El uso del formato cuadrado le da una cualidad cerrada, casi de cuadro dentro del cuadro, en una película que combina, en un difícil equilibrio, la poesía y la crudeza.
Lo que no funciona en El amor que permanece es su búsqueda fallida de tono y una escritura que nos cree ese mundo interno que toda película necesita. Vemos fragmentos, momentos, incluso alguna insinuación de fantasía, pero todo distante e incluso ligero, a pesar de todo el dolor de fondo. El director nos lleva a su mundo, y luego nos deja solos y perdidos allí. El amor que permanece es una experiencia más interesante que satisfactoria.
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