Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
Sección Oficial
Krux
Cuando en abril de 1945 la guerra estaba sentenciada y los alemanes empezaban a tomar conciencia de su inminente derrota, en Berlín, Hitler se atrincheró en un bunker junto a su esposa Eva Braun y sus fieles más fieles resistiéndose a rendirse y negándose a abandonar Berlín. Todo esto nos lo contó el realizador alemán Oliver Hirschbiegel en 2004 en la magnífica El hundimiento donde Bruno Ganz recreó a uno de los mejores Hitlers de la historia del cine.
Podríamos decir que Krux, primer largometraje de Tony Vahl, es la versión rural de aquel film urbano, de aquel momento, de aquella toma de conciencia, por parte del pueblo alemán, de la inminencia de la derrota.
Aquí Vahl nos sitúa en un innominado pueblo en el que aparte de las mujeres y los niños solo han permanecido unos pocos hombres: el cura, el alcalde, el maestro y un anciano pastor que, por edad, no podía ir al frente. Es decir, salvo el anciano, han permanecido los hombres que ostentaban los poderes fácticos.
Las señales de la inevitabilidad de la derrota llegan al pueblo de diferentes formas. Desde el aire caen unas octavillas de propaganda que arrojadas por la aviación enemiga y desde el río comienzan a llegar cadáveres de soldados caídos en combate. La idea de la derrota se apodera del pueblo y es entonces cuando, siguiendo las directrices del partido nazi, comienza a transmitirse a los vecinos la idea de que todos deberán morir antes de que los vencedores lleguen al pueblo. El alcalde les habla de sacrificar el ganado, de no dejar nada de comer ni de beber y, en definitiva… ni un alemán vivo.
La película se abre de forma muy potente, la joven Greta (Jella Haase) recibe un corazón humano envuelto en una tela, de su prometido fallecido en la batalla. A la mañana siguiente se celebra una suerte de boda/funeral en la que ella, vestida de novia, se casa con él representado a través de su casco. Esta secuencia inicial marca la pauta visual y estética del film, Tony Vahl cuenta todo este ambiente opresivo alternando las secuencias más explícitas (el alcalde repartiendo cápsulas, se supone que de cianuro o el maestro repartiendo sogas en el aula y enseñando a los niños a anudarlas convenientemente) con un montón de metáforas en las que emplea todo tipo de animales, incluidos unos planos con la maqueta del pueblo en los que una serpiente avanza penetrando entre las calles y las casas. Niños aprendiendo a nadar, mujeres lavando camisas ensangrentadas y la radio oficial nazi que dicta las instrucciones que el pueblo debe seguir: antes morir que capitular.
Pero, acaso lo más interesante del film, no sea todo lo que se ve, que está muy bien contado, sino todos los planteamientos existenciales que hay detrás. Son precisamente los cuatro hombres los que personifican las diferentes formas de reaccionar: la obediencia ciega del alcalde a las directrices del partido nazi, las dudas del maestro (el único que se atreve a sintonizar emisoras extranjeras y escucha un discurso de Thomas Mann al pueblo alemán), la soterrada oposición del cura que antepone la idea de que solo a Dios corresponde quitar la vida y anuncia que no va a enterrar suicidas en el campo santo o el anciano pastor que, cordero en brazos, se planta en la iglesia para decirles que él no piensa participar en ningún suicidio colectivo.
La idea del individuo y su decisión propia e inalienable frente a la idea de la colectividad sumisa a las directrices de un régimen (aquí la metáfora se transmite con una colmena) gobierna la puesta en escena de Vahl y define la encrucijada (Krux) que propone el título porque como dice Greta: «a lo mejor la vida continúa y todo va bien».
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