74 SSIFF. Sección Oficial. Crítica de ‘El mal padre’: Mucho más que una dramedia familiar

Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
Sección Oficial
El mal padre

Hay muchas maneras de ser un mal padre pero, dejando a un lado situaciones turbias como el maltrato o los abusos que se adentran en el terreno de lo penal, los peores perfiles de “mal padre” son el padre ausente (el que no está aunque esté) y el abandonador (el que no está porque se fue). Ambos los cumple Santiago Balmes, un filósofo de postín al que da vida Eduard Fernández en una de esas interpretaciones descomunales que, en su caso, hace ya mucho tiempo que dejaron de sorprender.

Santiago, el padre, revestido a si mismo del aura de patriarca que nunca fue, hace reunir a sus tres hijos (luego descubriremos que hay una cuarta) para invitarles a pasar con él las que probablemente sean las últimas navidades de su vida porque la enfermedad ya le ha visitado anunciando una muerte relativamente próxima.

Los tres hijos, que tampoco parecen tener entre ellos vínculos fraternales inquebrantables aunque se lleven razonablemente bien son Damián (Francesco Carril) un perpetuo aspirante a actor que, a sus 44 años, sigue dependiendo, para ganarse la vida, del dinero de papá (sí, de papá, del dinero del mal padre porque si algo tienen los malos padres es que, cuando pueden, suelen tratar de disfrazarse de buenos padres a base de dinero), Clara (Meritxell Calvo) tiene un carácter horrible y no se cae bien ni a si misma y sigue, también pasados los cuarenta, intentando ser madre sin saber muy bien si quiere serlo. El tercero es Alberto (Adam Jezierski), privilegiado por el guion que inicia y termina el film en él, que sí está a punto de convertirse en padre, ha tenido un poco más de suerte que sus hermanos porque él sí ha encontrado a una pareja (María Maroto) que le pone los pies en la tierra.

El caso es que tras las reticencias iniciales, los tres acceden a quedarse unos días en la casa de la playa dónde pasaron los veranos de su infancia junto a su padre y a Diana (Cristina Plazas) la mujer por la que abandonó a su madre a la que odian sin disimulo.

Tras colocar a los personajes en el escenario, el guion de Roberto Bueso y Óscar Díaz Cruz comienza a brotar escenas llenas de diálogos punzantes, ácidos, secos, más o menos sarcásticos pero siempre inteligentes aunque, en ocasiones, se adentren en el terreno de los lugares comunes. Pero a través de estos diálogos (lo que se dice) y de los silencios y las miradas (lo que no se dice), se van perfilando con detalle unos personajes profundamente humanos que transitan desde la ternura del naif Damián hasta el rencor despiadado de Clara pasando por el escepticismo impenitente (y agotador) de Alberto.

Para cuando aparece Sofía, la cuarta hija de Santiago, la única que tuvo con su segunda mujer, el ambiente ya está lo suficientemente caldeado como para que la caldera estalle en cualquier momento. Y de aquí, precisamente de los vínculos tensionados entre todos los personajes, es de donde Roberto Bueso consigue sacar los mejores momentos del film.

En el centro de todo reposa el que acaso sea el meollo fundamental del film y su razón de ser, la transmisión del modelo de paternidad como referente: el pánico de Alberto a convertirse en su padre porque “eres el único referente que tengo como padre y lo único que tengo claro es que no quiero ser como tú”. Somos lo que hemos mamado, lo que hemos aprendido, y es muy difícil (aunque no imposible) librarse de eso.

Lo demás es relato y conviene no contar ya mucho más. El mal padre es un arquetipo en el que, en sus múltiples variantes, caben muchos padres que, durante generaciones, abdicaron de la ternura, del cariño, de la presencia y de compartir con sus hijos lo más valioso que podían compartir: su tiempo. A cambio, se revistieron de un aura de virilidad mal entendida, de intelectualidad en unos casos o de autoridad basada en un respeto impuesto. Todos esos padres caben en El mal padre. Y hablo en pasado como si se hubieran extinguido como los dinosaurios… pero no creo que sea así. Afortunadamente también hubo (y hay) padres buenos, los que tuvimos la suerte de tenerlos, lo sabemos.

Una película como esta corre el riesgo que la descomunal interpretación de Eduard Fernández se coma todo lo demás. Y no sería justo porque Carrill, Calvo y Jezierski hacen tres interpretaciones muy reseñables y la película no debería quedarse en la etiqueta de dramedia familiar.

El mal padre

7.5

Puntuación

7.5/10

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