Crítica de ‘Las cartas de amor no existen‘: Divertida melancolía

Las críticas de Laura Zurita:
Las cartas de amor no existen

Jonás, parisino de cuarenta y tantos, sigue locamente enamorado de su ex, Léa. Después de una noche de borrachera, llama a su puerta para confesarle sus sentimientos, pero Léa le rechaza. Despechado, acaba en la cafetería de debajo de su casa y comienza a escribirle una carta de amor, olvidando todo lo que tenía que hacer ese día. Con la ayuda de un divertido camarero y algunos vecinos del barrio, Jonás se enfrentará a sus relaciones pasadas, a un futuro incierto y, sobre todo, a sí mismo. Lo que empieza siendo un último intento de recuperar a su ex, se convertirá en toda una reflexión sobre su vida.

Las cartas de amor no existen está dirigida por Jérôme Bonnell  y protagonizada por Grégory Montel, Grégory Gadebois y Anaïs Demoustier. La vimos en un prestreno organizado por la distribuidora, Elamedia, y Días de Cine, en el Instituto Francés de Madrid.

La obra está muy bien construida, siguiendo los cañones clásicos de unidad de acción y de tiempo. La unidad de espacio, casi, también.

Unidad de acción

Las cartas de amor no existen se ocupa de lo que hace Jonás durante un día, en el que va escribiendo una carta. Se apuntan ciertas claves de hechos que han ocurrido en el asado, pero sin las sobre explicaciones verbosas que a veces sufrimos. Solo se dan las claves necesarias para entender, y concentrarnos, en lo que está sucediendo en el presente.

Las cartas son centrales como recurso, unos MacGuffin en la mejor escuela de Alfred Hitchcock esto es una herramienta narrativa, que sirve como excusa para que los personajes avancen en la trama. Su contenido es menos importante que los recuerdos que despiertan, las emociones que evocan, y la actitud de Jonás ante ellas.

Aparte de escribir, Jonás mira. Mira lo que hacen otros personajes por la calle, o a través de las ventanas. en lo que se une a otras obras en los que los espectadores se convierten en mirones, más o menos voluntarios, como La ventana indiscreta o Someone’s Watching Me. Y aún más, porque nosotros podemos ver tanto lo que Jonás ve como sus reacciones ante ello, con lo que, a pesar de su aparente simplicidad, las escenas tiene varias capas, lo que contribuye al interés de la película.

Unidad de tiempo

Todo sucede en un día de la vida de Jonás. Hay momentos de emoción intensa, y, entre ellos,  hay tiempo para un café, algo de picar, una charla, ver a algunas personas… La narración en la que los acontecimientos parecen ir arrastrando al personaje,  tiene su propia lógica, tan caprichosa como inapelable. Este modo de contar  nos recuerda a la estupenda Jo, qué noche, del maestro Scorsese, en que el protagonista, a partir de unos encuentros más o menos casuales, va encontrando fragmentos de sí mismo.

La película tiene muy buen ritmo, que no decae en ningún momento, pero no es tampoco atropellada, se toma el tiempo para que comprendamos lo que está pasando, y, aunque pueda parecer superficial, no lo es en absoluto. Bajo el tono de aparente ligereza, se cuenta mucho sobre las relaciones humanas, una mirada algo pesimista porque muchas de ellas aparecen, de una manera u otra, fallidas.

Unidad de espacio

Aunque esta no se cumple completamente, casi toda la acción de Las cartas de amor no existen transcurre en un bar de barrio.

En este bar destaca la figura impagable del dueño del bar (Grégory Gadebois), que, con su gran presencia escénica, sabe expresar mucho con una mirada, un pequeño gesto o un monosílabo, y que no deja de sorprendernos durante toda la película. Sabe hacerse invisible, como buen profesional de la hostelería, y también pasar a la acción cuando es necesario. Cuando la puerta se cierra tras él, nos gustaría saber más sobre su vida, pero quizás en ello, en ese misterio, descanse buena parte de su encanto.

Y este bar está inscrito en otro elemento importante de la película, la vida del barrio. Ajenos al drama de Jonás, los pintorescos vecinos de la calle entran y salen, viven su vida cotidiana. Son muy reconocibles para los que vivimos en ciudades, no nos asombraría encontrar entre ellos a nuestros propios vecinos, el jubilado marchoso o la señora con bata y rulos. Es muy divertido ver cómo las acciones de los vecinos subrayan las emociones del protagonista, guiños al espectador de los que ellos no se dan cuenta.

La melancolía

Se puede decir que Las cartas de amor no existen es divertida de una manera melancólica. La melancolía es, como uno de los personajes nos recuerda ya cerca del final, el placer de la tristeza, y ese sentimiento paradójico y adictivo parece recorrer casi todas las relaciones de la película.

La relación con Léa se ha roto y, después de unos minutos, dudamos que haya sido realmente feliz. A lo largo de la película vamos recibiendo fragmentos de información que chocan a Jonás (y a nosotros), sobre Léa y otras relaciones.

Son también reveladores, aunque breves, los contactos de Jonás con su hijo y su exmujer, con la que sí parece poder comunicarse. Entre ellos flota una emocionalidad atribulada pero verdadera. Sin embargo en esto también, Jonás parece haber perdido el tren, en todo sentidos.

El guion de Las cartas de amor no existen ofrece algo nuevo y fresco, se aleja de las previsibles comedias románticas, y salimos del cine con una sonrisa algo triste.

Conclusión

Una obra fresca en la que se nos cuenta una historia diferente sobre las personas y sus relaciones, con un pintoresco barrio de París como telón de fondo.


¿Qué te ha parecido la película?

Las cartas de amor no existen

8

Puntuación

8.0/10

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