Crítica de ‘Los ojos de Tammy Faye’: Ponga un Óscar en su vida, haga un biopic

Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
Los ojos de Tammy Faye

Tras un fugaz estreno en salas de cine a principios de febrero, hace poco más de una semana se estrenó en la plataforma Disney + el largometraje Los ojos de Tammy Faye, el más reciente film del actor, guionista, director y productor Michael Showalter, por el que Jessica Chastain ha sido galardonada con el Óscar a la mejor actriz en la 94ª edición de los Premios de la Academia de Hollywood.

Y aunque no tiene ningún sentido poner en cuestión los inmensos méritos de la magnífica Jessica Chastain cuya interpretación es la única razón de ser de una película más que cuestionable, vuelve a ponerse sobre la mesa la irritante tendencia de los Óscar (y el resto de los premios cinematográficos en general) a premiar concienzudas imitaciones de personajes reales (más o menos famosos) en rutinarios biopics escritos, dirigidos y producidos a mayor gloria de su estrella protagonista para que, siguiendo lo que ya parece un procedimiento establecido, terminen recogiendo la dorada estatuilla en el Dolby Theatre de Los Ángeles. Este año ha ocurrido en las dos categorías de interpretación protagonista ya que, en la de mejor actor, Will Smith ha sido premiado por interpretar en El método Williams a Richard Williams, padre de las hermanas tenistas Venus y Serena.

Un polémico padre de dos deportistas célebres y una polémica telepredicadora muy popular en EEUU durante los años 70 y 80 del pasado siglo. Dos famosos de segunda línea (al menos a nivel internacional) a los que se les hace un buen lavado de imagen de cara a la opinión pública. Pero no terminan aquí las similitudes: Jessica Chastain compró en 2012 los derechos de la vida de Tammy Faye Bakker para ser llevada al cine y es productora ejecutiva de la película, cargo que también desempeña Will Smith en la suya hasta el punto de pagar de su bolsillo primas económicas al resto del reparto.

Es decir, el mensaje está claro, estrellas de Hollywood que quieran ganar el Óscar: busquen un personaje real, no necesariamente muy famoso pero con una vida controvertida, compren los derechos de adaptación, pongan pasta en la producción, busquen a un guionista que escriba una historia conmovedora y ejemplarizante y a un director que no tenga reparos en dirigir cada secuencia con el propósito de su lucimiento, no reparen en gastos con el vestuario, peluquería y maquillaje para parecerse lo más posible al referente real, imiten sus gestos, su cadencia de la voz, su manera de moverse y lo más probable es que en marzo del año que viene estén paseando por la alfombra roja de los Óscars.

Vamos a la película. Si biopics (como ocurre con cualquier género) los hay buenos, malos y regulares, Los ojos de Tammy Faye no es de los mejores. El guion de Abe Sylvia no acierta ni con la presentación de los personajes ni con el planteamiento argumental, el flujo narrativo se desentiende de que la película resulte entretenida y sirve únicamente a sus dos propósitos fundamentales: el lavado de la imagen de Tammy Faye y el citado lucimiento de Jessica Chastain como protagonista.

El primero de los objetivos me tiene sin cuidado, ni conocí a Tammy Faye ni me han entrado ganas de conocer su figura tras ver el film; el segundo de los objetivos, sin embargo, queda fuera de todo cuestionamiento. La Chastain ofrece un auténtico recital interpretativo, desde la jovencita un tanto ingenua y simplona hasta la decadente gloria televisiva olvidada por el gran público. A lo largo de los (muy excesivos) 128 minutos, Jessica Chastain canta, baila, hace espectáculos de marionetas y vive una vida personal turbulenta, repleta de vaivenes emocionales, al lado de su siniestro marido Jim Bakker al que interpreta un esforzado Andrew Garfield que quizá resulte demasiado luminoso y carismático para un personaje con tantos dobleces y zonas oscuras.

Tampoco la anárquica dirección de Michael Showalter hace ningún esfuerzo por profundizar en los hechos que ocurrieron. Sabemos que hubo una trama de corrupción inmobiliaria, que Jim Bakker ocultaba sus inclinaciones sexuales y que por aquellos años, una serie de organizaciones presuntamente religiosas ejercían una poderosa influencia ideológica y económica sobre la clase política. Pero todo este interesante escenario queda difuminado como telón de fondo de lo que realmente importa a la productora ejecutiva de la película, es decir, los propósitos mencionados un par de párrafos más arriba.

El resto del reparto se completa con personajes funcionales sin demasiado interés al que dan vida actores que no pasan de solventes como Cherry Jones, Vincent D’Onofrio o Fredric Lehne. Tampoco son dignos de destacar la banda sonora, la dirección de fotografía o el montaje. Si algo es realmente meritorio en este telefilm deluxe (la Chastain aparte) es el maquillaje y peluquería de Linda Dowds, Stephanie Ingram y Justin Raleigh que, merecidísimamente, se alzaron con el Óscar en la categoría. Uno de los principales problemas de estos biopics que abarcan tanto tiempo de la vida del personaje en cuestión es que, en el tramo final, el necesario envejecimiento al que se somete a los protagonistas resulta tan artificioso como poco creíble. No ocurre así en esta película. La caracterización física de Garfield y Chastain es muy verosímil y el maquillaje de esta última, seña de identidad del personaje, realmente asombroso. No es mal balance, una película mediocre con dos apartados meritorios se alza con dos Óscars.

Otro biopic que se lleva el gato al agua, que pase el siguiente.


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Los ojos de Tammy Faye

5

Puntuación

5.0/10

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