Crítica de ‘Tailor (El sastre)’: Una narración en clave ligera de un drama humano

Las críticas de Laura Zurita:
Tailor (El sastre)

Tailor (El sastre) es una película griega dirigida por Sonia Liza Kenterman sobre Niko (Dimitris Imellos), un sastre cuyo negocio, una tienda señorial en el centro de Atenas, ha visto mejores días. Muy en contra de la voluntad de su padre, también sastre, se ve obligado a aliarse con una vecina, Olga (Tamila Koulieva-Karantinaki), y salir a las calles de Atenas a buscar clientes.

Como base de la historia hay una realidad bien triste, la gran cantidad de negocios (y vidas) que se vinieron abajo en la crisis económica que casi quiebra Grecia. Muchos de ellos saltaron a los mercadillos, más o menos voluntariamente, y los regateos, los trueques y la imaginación estaban a la orden del día. Eso que a veces llamamos eufemísticamente “reinventarse”, un cambio brusco y obligado de orientación y empleo, a veces un fracaso encubierto, formaba parte del día a día de los ciudadanos.

La directora ha elegido contar una historia tan dura en clave de humor. No un humor de carcajada, pero sí de sonrisas cómplices, y de esas había muchas en la sala. Las comedias, el humor en general, implican reconocimiento de rasgos humanos comunes, y de patrones de comportamiento, por lo que no es extraño que la historia tenga un cierto grado de previsibilidad, y que eso mismo nos entretenga y reconforte.

Humor deudor del cine mudo en ‘Tailor (El sastre)’

El protagonista, Niko, un hombre muy particular, vive un tanto alejado del mundo. Es elegante, trabajador, tiene buenos modales, pero también tiene un cierto grado de trastorno obsesivo compulsivo y parece permanentemente despistado. Y, a pesar de, o quizás gracias a su gran distancia de lo normal y cotidiano, Niko tiene toda nuestra atención y simpatía desde el primer momento. Su semblante serio, casi hierático, entronca con grandes figuras del cine mudo, de hecho, recuerda mucho a un Buster Keaton muy fotogénico de cabeza mediterránea y cuadrada. Y eso dice mucho de su talento, hace falta ser muy buen actor para acarrear todo el tiempo ese rostro casi inmóvil y esa postura envarada, y ser a pesar de todo muy expresivo.

También recuerdan al cine mudo las escenas que son más divertidas y emotivas de Tailor (El sastre), aquéllas en las que los gestos y las imágenes son mucho más importantes que el diálogo. La directora está dotada de grandes dotes de observación, y enfoca pequeños gestos para explicar determinadas características de sus personajes (la actitud de Niko hacia las hebras sueltas en un tejido, en cualquier tejido) o del desarrollo de la acción (primeros planos de unos dedos inquietos que nos cuentan una historia de amor y seducción). El taller de Niko es una mezcla de imaginación, organización obsesiva y un poco de surrealismo, e hizo las delicias del público. Y los vestidos de novia son verdaderos poemas sin palabras, comentarios visuales de una cultura que, también en este sentido, nos resulta muy reconocible.

Un atisbo de esperanza tras la crisis

La historia de amor es quizás uno de los puntos débiles de la película, no se tiene muy claro cuándo empieza ni cómo termina, pero le aporta un punto reconfortante y dulce a la historia. Y viene bien, porque a pesar del aire divertido y de la bonhomía de nuestro protagonista, los devastadores efectos de la crisis se siguen sucediendo como telón de fondo e irrumpen en la trama cuando menos lo esperamos.

El final de la película, sin embargo, nos ofrece un atisbo de esperanza, y una cita muy cinéfila, aunque renovada. El héroe marcha hacia el atardecer, aunque el caballo, el desierto y el mismo héroe, poco se parecen a los clásicos. Ni falta que hace. En resumen, Tailor (El sastre) es una obra reconfortante y entretenida, que nos presenta la cara amable de una historia triste, y que se puede fácilmente ver en familia.


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Tailor (El sastre)

6.5

Puntuación

6.5/10

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