Crítica de ‘Kinetta’: La muerte escenificada

Las críticas de Daniel Farriol:
Kinetta
 
Kinetta es la ópera prima en solitario del realizador griego Yorgos Lanthimos (Langosta, Canino), con guion del propio realizador junto a Yorgos Kakanakis. La acción nos sitúa en una pequeña población costera fuera de temporada en la que suceden unos asesinatos. Está protagonizada por Evangelia Randou (The Capsule, Attenberg), Aris Servetalis (Apples, Alps), Costas Xikominos y Hector Kaloudis. La película es una rareza que nunca llegó a estrenarse en España y nos llega ahora a través de Filmin desde el 1 de Enero de 2021.
 

Kinetta, la primera piedra del nuevo cine griego

El director griego Yorgos Lanthimos es una de las figuras más personales y extravagantes del cine actual. Su desembarco mundial lo realizó con Canino (2009), aquella surrealista y poderosa parábola sobre la condición humana que sorprendió a propios y extraños. Aún sigue siendo considerada por muchos como su mejor obra. Tras ella llegaron Alps (2011), Langosta (2015) y El sacrificio de un ciervo sagrado (2017), llegándole el reconocimiento definitivo con La favorita (2018), drama de época mucho menos interesante que su trabajo anterior que le permitió acercarse a un público más amplio. Pero antes de Canino el director ya había realizado dos filmes que habían trascendido muy poco. Su debut fue un encargo que realizó a cuatro manos junto a Lakis Lazopoulos llamado My Best Friend (2001), pero fue Kinetta (2005) la película que puede considerarse como el inicio de un estilo propio que derivó en la corriente cinematográfica conocida como Nuevo Cine Griego o Nueva Ola de Cine Griego.
 
Kinetta es un lienzo de pruebas donde confluyen todas las obsesiones y particularidades que Yorgos Lanthimos desarrollaría durante su filmografía posterior. Es una obra extraña, única e imperfecta. Hay imágenes fascinantes combinadas con planos que parecen grabados por un amateur. La trama se esboza de manera abrupta, casi sin continuidad, asumiendo el protagonismo la relación que mantienen los personajes con el entorno. La acción nos sitúa en un pequeño pueblo costero llamado Kineta, para el título le añade una t. Es un lugar de veraneo conocido por sus plagas de mosquitos en otoño y que tras la crisis económica sufrió una gran despoblación. La película parece ubicarse en una época indeterminada, fuera de la temporada de turistas, adquiriendo el paisaje un aspecto de atemporalidad lúgubre y solitaria, carente de toda vida. 
 

El silencio abrumador

Kinetta tiene a tres protagonistas principales. El primero regenta una tienda de fotografía, el segundo es un policía fetichista y la tercera una empleada de hotel. Son personajes que vagan en su día a día como almas en pena, casi sin pronunciar palabra ni mostrar emociones humanas. Se relacionan, pero apenas se comunican entre sí. El silencio abrumador de sus vidas vacías solo se acalla cuando suenan las canciones de Tzeni Vanou, una música tan llena de nostalgia como evocadora de un tiempo pasado que posiblemente fue mejor.
 
Porque tanto el cine de Lanthimos y el de otros coetáneos suyos como Ektoras Lygizos, Alexandros Avranas, Yannis Economides, Athina Rachel Tsangari o Argyris Papadimitropoulos, surge de la convulsión social existente en un país en quiebra cuyos ideales se desmoronaban al mismo tiempo que los pilares económicos que lo sustentaban. Una juventud sin presente ni futuro, entre la que aparecieron cineastas que buscaban sacudirlo todo para afrontar una realidad absurda, cínica y surrealista que describe las fobias y obsesiones del ser humano. Es un cine que rehuye el convencionalismo narrativo y se aparta de forma consciente de cualquier estructura clásica de guion. Prefiere explorar sus imágenes desde la experimentación y el minimalismo escénico. Se abordan temas peliagudos como el miedo, la angustia, la soledad, la violencia y la sexualidad desde la insolencia que otorga el no tener nada que perder. 
 

La muerte escenificada

Kinetta no es una película fácil. El estilo Lanthimos, ya de por sí complicado, aún no está depurado y cuesta entender algunas de sus decisiones formales. Se abusa de una cámara en mano que se mueve tanto como para provocarte mareos. Hay planos deliberadamente feos. Sin embargo, también hay algo magnético y perverso que te conecta con esa extraña sucesión de imágenes. La fotografía de Thimios Bakatatakis, colaborador habitual del director y de la aclamada The Lodge (Severin Fiala y Veronika Franz, 2019), es clave para lograr esa sensación tan perturbadora. Tonalidades frías y apagadas que difuminan el espacio, encuadres atípicos que resultan incómodos para ubicar a los personajes.

Argumentalmente se nos ofrecen pocos datos para entender lo que está sucediendo. Será el espectador quién deberá intentar recomponer algunas de las piezas. Sabemos que se han cometido unos asesinatos reales y que los tres protagonistas se dedican a escenificarlos de una forma teatral, ya sea como parte de una investigación o como algo que les acopla a la vida. Todos los personajes tienen sus rarezas, obsesiones y parafilias en las que necesitan refugiarse para subsistir. La realidad y ficción avanzan en paralelo hasta construir su verdadera personalidad, creándose una interrelación de dependencia hacia esas muertes representadas. Autodestrucción, dolor humano y sometimiento al poder, son algunos temas que aparecen en la película y pueden extrapolarse tanto a nivel humano como político. Muchos dirán que se trata de una obra menor de Yorgos Lanthimos, pero no debe obviarse que fue el inicio de algo más grande, la propia y aplaudida Apples (Christos Nikou, 2020) no existiría 15 años después sin Kinetta


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Kinetta

7.3

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